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Cómo dejamos de pagar por la música, de Stephen Witt

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Tú también has robado música alguna vez. Todos lo hemos hecho. Alguna vez. Por ver lo que era, por tener antes que nadie el disco del que todo el mundo iba a hablar, por simple deseo de acumulación, por infinidad de razones. Tú también has robado música alguna vez. Y es absurdo que, en pleno siglo XXI, alguien no lo reconozca. Pero no es que yo vaya a criticar a nadie. No seré yo el que tire la primera piedra porque sí, yo también he descargado música de alguna página que he encontrado en internet. El negocio de la música mueve, al año, cantidades ingentes de dinero. En los últimos años, las pérdidas que ha sufrido debido a la piratería casi no pueden contabilizarse y, cuando se hace, las cifras bailan en función de a quién le interese informar de ello. Stephen Witt analiza cómo se ha llegado a esta situación eliminando el toque subjetivo y la crítica, y contándonos la historia desde que el mp3 se convirtió en un elemento que nadie quería en sus vidas – empresariales, se entiende – hasta nuestra época, esa que se ha caracterizado por filtraciones, redadas, intereses políticos, y música, sobre todo la música que, en un continuo cambio de tendencia, ha sabido reinventarse, quizás, sólo al final de una carrera que ha dejado a demasiada gente por el camino. Pero como suele decirse en el teatro – ya sea sobre las tablas o en el de la vida – el show debe continuar. Pero para ello, será mejor que conozcamos cuál es el origen de toda esta banda sonora.

Hoy en día tú, con un solo click, puedes descargarte miles de canciones. Qué digo miles, millones. Pero, ¿te has planteado alguna vez cómo hemos llegado a este punto? ¿En qué momento y de qué modo nació la piratería? ¿Cómo hemos llegado a un punto en el que nuestro disco duro se ha convertido en el mayor ladrón de la historia?

Hay que entender una cosa cuando se lee Cómo dejamos de pagar por la música: elimina los prejuicios hasta que no se llegue al final del libro. Parece absurdo lo que estoy diciendo, pero cuando yo empecé a leerlo pensé que lo que iba a encontrar era una defensa de las discográficas, un mensaje de “niño malo no robes” que hizo que entrecerrara mi ceño y pensara que Stephen Witt me la estaba intentando meter doblada. Siguiendo la lectura uno se encuentra ante un panorama que no se esperaría y que, me temo, ninguna editorial de las grandes estaría dispuesta a publicar – no por lo polémico sino por lo real -. En este ensayo se nos cuenta la vida de tres hombres que se convirtieron en piezas clave de toda la música que hoy conocemos, de toda la industria discográfica que hoy se encuentra siempre en crisis, de cómo estos tres hombres, cada uno por su lado, contribuyeron a la creación y desestabilización de la escucha de millones de canciones que, como dicen los románticos, se han convertido en la banda sonora de nuestra vida. Un análisis descriptivo perfecto sobre los entresijos de una industria tan vapuleadora como interesada en, me temo, poco que ver con la música.

Desconozco si Stephen Witt ha tenido algún problema con la publicación de este libro. Y digo “problema” porque uno no escribe lo que se encuentra en Cómo dejamos de pagar por la música y no se crea enemigos. Pero precisamente de esa valentía es de la que se hace gala en este libro que, agradecido como lector, deja en evidencia a un sector que no ha sabido seguir los cambios generados por la sociedad en su forma de vivir la música hasta que ya ha sido, parece, demasiado tarde. Pero mucho más allá de la polémica que pueda surgir, la historia que encierra este libro es la de toda una generación, o mejor dicho varias generaciones, que comprobaron lo que la música podía darles y lo que ellos podían quitarle a los que querían aprovecharse. La descripción de la historia de la música, o al menos la de la historia de la industria musical, nos lleva a plantearnos lo que significa la música, en lo que para nosotros se ha convertido la música y sus descargas, lo que la piratería ha contribuido – y no me he equivocado de verbo – a las ventas de música y lo que la música, aunque me repita, ha hecho por una industria que sólo intentaba ver beneficios mientras se arruinaba con decisiones surrealistas. Esta, por tanto, es la historia de cómo nosotros dejamos de pagar por la música, eso es cierto, de cómo al menos llegamos a ver “bien” llegar a un enlace y descargarnos el último álbum de nuestro cantante o grupo favorito. Pero también es la historia de cómo tres hombres decidieron arruinar algunos sueños para crear otros que no duraran demasiado.

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