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El momento en que todo cambió

El momento en que todo cambió

El momento en que todo cambió, Douglas Kennedy

El momento en que todo cambió

Esta es una historia profundamente conmovedora, es difícil que su lectura no cueste al menos una lagrimita incluso al más curtido de los lectores porque lo que Douglas Kennedy no invierte en alardes estilísticos ni en profundidad psicológica lo invierte en carga emotiva (y es interesante porque los libros con índices de venta comparables a este suelen invertir esos ahorros en ritmo) y lo hace de forma terriblemente efectiva aunque tal vez un tanto primaria. Pero, intencionadamente, he usado el término historia, y no texto o novela, porque es esa la fuerza de este libro, El momento en que todo cambió, la historia que cuenta, no cómo lo hace. Si uno escuchase esta misma historia narrada en malgache por una prostituta toxicómana en avanzado estado de intoxicación etílica en un tugurio del barrio chino de Manila, aun no entendiendo una palabra del idioma, muy probablemente se emocionaría igual. Tal es la fuerza de esta historia de amor entre Thomas Nesbitt y Petra Dussman.

 

La novela tiene otras cosas, tiene acción, espionaje, personajes secundarios brillantes (Alastair Fitz James Stuart, el pintor homosexual, toxicómano y excesivo con el que el protagonista comparte piso en Berlín y que a la postre resulta ser el personaje más sensato de cuantos habitan El momento que todo cambió) y son ingredientes bien combinados por Douglas Kennedy, pero son accesorios. Este libro es la historia que se expone en la tercera parte, lo que uno lee antes no deja de ser un texto introductorio sin especial tensión (me pregunto si no será intencionado, una estrategia de Douglas Kennedy para atrapar al lector por sorpresa llegado el momento), y lo que uno lee después, aun reservándonos todavía sorpresas y aclaraciones interesantes, vive del encuentro entre los protagonistas y su historia de amor en Berlín.

Y está Berlín, claro. Berlín con muro, un escenario literario como pocos y atractivo como casi ninguno en una época igualmente magnética (para ser leída mucho más que para ser vivida). Esta historia, aun dicho lo escrito anteriormente, no sería la misma en otro lugar, no habría sido posible sin muro, sin ese muro. Thomas Nessbit, el protagonista, es un joven escritor neoyorkino especializado en literatura de viajes que se establece en Berlín con objeto de escribir un libro sobre la ciudad y allí conoce a Petra Dussman, una traductora exiliada de la RDA, con la que protagoniza la historia de amor alrededor de la que gira el argumento. La idea que le da título, El momento en que todo cambió, si no central sí tiene mucho peso en la narración, porque el autor parece preguntarse cual es realmente ese momento. Y parece responderse que no es en verdad aquel en que se conocen ni aquel en que se enamoran, parece que el momento fundamental que marca sus vidas, sus desgraciadas existencias, es aquel en que se traicionan a sí mismos. Cuando Thomas le cuenta su experiencia a un amigo (otro personaje muy colateral pero muy interesante, aunque no tan entrañable como Alastair), éste le comenta que nunca lo va a poder superar. Y hay momentos en la novela, esos momentos en los que el lector aun supone mucho más de lo que sabe, en los que piensa que lo que no va a poder superar es lo que le han hecho, pero no, y en eso hay que concederle a Douglas Kennedy un punto de sabiduría, el dolor irreparable es el que uno se inflige a si mismo, la traición que uno no puede superar es aquella en la que es tan traidor como traicionado, aunque traicionados haya más.

Desfila por las páginas de El momento en que todo cambió un muestrario bastante completo de seres infelices cuya única fortaleza emocional está, cuando la hay, en sus hijos. Hay momentos en que uno piensa que es un truco para potenciar la intensidad de la relación amorosa entre los protagonistas que de hecho llega un momento en que de tan edulcorada comienza a resultar un tanto artificial (lo cual cobra sentido en su debido momento) y uno llega a temer que tanto azúcar y tan rápido suponga un riesgo elevado de caries, pero en ese momento llega el puñetazo a la mandíbula del giro argumental que hace olvidar el peligro odontológico, no en vano es tan agudo que le hace a uno saltar todos los dientes y, ya se sabe, muerto el perro se acabó la rabia. Douglas Kennedy administra bien los tiempos cuando se centra en la historia que cuenta, no es posible exponer muchas de las cosas que pienso sobre El momento en que todo cambió sin revelar partes sustanciales de su trama, lo que sería imperdonable, y aunque no profundiza en exceso en la construcción de los personajes, lo cierto es que alguno de ellos es memorable (desde Alastair a Bubrinsky, personaje de recorrido breve pero demoledor, tanto en lo positivo como en lo negativo).

Si bien las dos primeras partes carecen de tensión narrativa y las últimas se leen con la impaciencia de creer que todo el pescado está ya vendido en la tercera, la lectura de esa, que redime y justifica al conjunto del libro, es intensa, magnética y se disfruta tanto que resultaría un tanto arrogante por mi parte insistir en las debilidades (que por otro lado tal vez no sean tales sino efectos buscados por el autor) de un libro con cuya lectura he disfrutado. Y no sé si lo soy o no, pero en todo caso no me gusta parecerlo, así que me limitaré a retarles a que sobrevivan indemnes al encuentro con Thomas y Petra: alguna que otra lagrimita no es un precio excesivo a cambio de la emoción y del buen rato que les proporcionará esta lectura.

Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es

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