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Fuego

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Fuego, de Mats Strandberg y Sara B. Elfgren

fuegoEres una bruja y nadie puede saberlo. Y para colmo, eres adolescente y mientras todo tendría que girar en torno a buscar tu identidad, resulta que tienes que evitar el Apocalipsis, que los demonios invadan la tierra y nos lleven a la extinción más absoluta. Tienes poderes, pero no sabes utilizarlos. Además, y por si fuera poco, las demás brujas, esas con las que tienes que estar unida, no son tus mejores amigas sino un grupo de inadaptadas con las que no te hubieras cruzado nunca en la vida. Las historias fantásticas se nutren de los problemas reales para construir una historia que cree un mundo distinto, un universo que hace que las sombras sean más alargadas y que convierta un pequeño detalle en un elemento mágico que decidirá el destino de la batalla entre el bien y el mal. Disfruto mucho con este tipo de historias por una sola cuestión: me permite evadirme de lo que me rodea e imaginarme esa otra realidad que puede existir si nos la imaginamos por un segundo. Fuego es uno de esos libros que llevaba esperando mucho tiempo, desde que leí su primera parte que consiguió posicionarse en los primeros puestos de lo mejor de aquel año. Y ahora su continuación demuestra que, en materia de literatura fantástica, afortunadamente no todo está dicho y que los jóvenes, a la par que disfrutar, pueden encontrar una historia que les haga reflexionar. Porque ser bruja no tiene que ser fácil, pero ser adolescente tampoco.

Las Elegidas vuelven a un nuevo curso, pero algo ha cambiado en Engelsfors. Un nuevo grupo, llamado Engelsfors Positivo, ha aparecido en el pueblo y todo el mundo parece deseoso de apuntarse. Ellas investigarán qué hay detrás de esta asociación y lo que pueden encontrar es algo mucho peor de lo que ya tuvieron que vivir el año pasado. Porque los demonios siguen con su batalla y esta vez están más cerca que nunca.

 

De acuerdo, lo admito, soy un admirador acérrimo de la literatura juvenil. Me sorprende sobremanera, yo creo, porque cuando yo era joven no tenía este tipo de historias para poder echármelas a la vista. Así que imaginaos cuando aparece algo como Fuego y un poco antes, El círculo, y yo lo descubro, abro su primera página y me quedo ensimismado con la historia que guarda dentro. Yo no soy joven, no he pretendido nunca volver a esa época, pero resulta que un libro como este hace posible que me retrotraiga un poco y me vea viviendo en mi instituto las aventuras de estas chicas como si fuera yo un protagonista más de la historia que han creado Mats Strandberg y Sara B. Elfgren. Quizá, sólo por eso, ya debiera rendirme a la evidencia de que soy un adicto a la lectura, pero es que además, los elementos que se ven en esta novela hace gala de realismo, de ser poco empalagoso, de contar la adolescencia como se merece, como de verdad nos sentíamos en aquellos días en los que las hormonas se disparaban y no sabíamos ni en qué momento vital nos encontrábamos. En definitiva, que no sabíamos ni quiénes éramos, buscándonos todo el rato sin llegar a dar con la evidencia que nos diera una respuesta sincera. Así que entre maleficios, conjuros, hechizos y demonios, se dibuja un retrato adolescente de los que hacen historia, por su cruda y dura verdad, que se agradece con tanta protagonista literaria más abocada a convertirse en sumisa que a ser la reina de su propia vida.

La diversión se nos asegura en un solo capítulo. Ese principio con el que comienza Fuego nos acompañará a través de las seiscientas páginas que recorren una batalla épica entre el bien y el mal y que desdibuja los límites que separan a cada uno. ¿Quién es el bueno y quién el malo en esta historia orquestada por Mats Strandberg y Sara B. Elfgren? Descubrirlo, seguir los pasos de las protagonistas es la clave para encontrarnos una gran historia con los suficientes matices como para convertir esta saga en una de las más conocidas. ¿Recordáis esas series con las que disfrutábamos cada tarde, mientras merendábamos o habíamos terminado de comer? Así es como me siento cuando hablo de este libro, porque cuando yo era más joven, lo fantástico era más audiovisual que escrito y ahora, cuando los años ya me hacen peinar alguna que otra arruga por el paso del tiempo, parece que vuelvo a estar sentado en ese sofá en el que las batallas contra el bien y el mal se reflejaban en la pantalla. Y así paso estos días, pensando en lo fantástico, en lo que era ser adolescente, en todo lo que me ha regalado, por pequeño que parezca, esta novela para jóvenes que ya no lo son tanto.

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