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La vampira de la calle de Poniente

La vampira de la calle de Poniente

La vampira de la calle de Poniente, de Luis Antón del Olmet y otros

La vampira de la calle de PonienteTodo país que se precie debe preservar la memoria de sus asesinos en serie más sangrientos. Los ingleses tienen a su Jack el Destripador; los alemanes, a Peter Kürten; los húngaros, a Elizabeth Báthory; los americanos, a su carnicero de Milwaukee; y así podríamos seguir hasta completar una macabra vuelta al mundo. Resulta, por tanto, inexplicable que en España la historia de Enriqueta Martí no haya permanecido en la memoria colectiva, y se haya convertido en una especie de antigua y olvidada leyenda donde las tramas ocultas de la alta sociedad se mezclan con las portadas de El Caso en un ambiente que algunos han querido teñir de paranormal.

La vampira de la calle de Poniente se abre con el hallazgo, sana y salva, de Teresita Guitart, una niña que llevaba dos semanas desaparecida, en un caso que había conmocionado al país. Esta conmoción se debía no sólo al drama personal y familiar de la familia Guitart, sino a que esta desaparición era una más en una larga serie que las autoridades se empeñaban en negar. Con el arresto de Enriqueta Martí, la secuestradora, después de que, en este ambiente de histeria colectiva, una vecina cotilla creyera ver en un balcón a la niña que toda la ciudad andaba buscando, el caso parece resuelto. Pues vaya, dirán algunos, qué interés puede tener el libro, si en la primera página ya sabemos quién es la mala y ya la han arrestado. Pues sí, les diré yo. Es más, la palabra interés se queda corta: este libro me ha tenido casi tan en vilo como tuvo a la opinión pública española, y sobre todo a la barcelonesa, en aquel remoto 1912. Porque si bien con el rescate de Teresita se ponía un final feliz al secuestro, la felicidad dura poco en casa del policía. Empieza ahora un macabro culebrón, o mejor dicho folletín, que es como el mismo periodista describe en más de una ocasión la historia.

Por aquel remoto año de 1912, la ciudad de Barcelona contaba ya con más de medio millón de habitantes, tras sufrir, en las décadas previas, un crecimiento acelerado que a duras penas había podido asimilar. La ciudad salía de un período turbulento, marcado en especial por la Semana Trágica de 1909, pero no podía decirse que la situación política se hubiera calmado mucho. Además, la miseria más absoluta vivía puerta con puerta con el esplendor de la alta burguesía, y en cuatro pasos podía uno salir del barrio más bajo de la ciudad y asombrarse ante las glorias del modernismo.

El libro se abre con breves informaciones de la redacción del Diario ABC al respecto de las investigaciones. Estos informes iniciales intentan ceñirse a los datos (aunque, para disfrute del lector no siempre lo consiguen) y, a pesar de ser anónimos, no tienen un ápice de anodinos. Ved esta descripción que se hace de Juan Pujaló, el marido de Enriqueta:

Es un hombre extraño y absurdo. Unas veces se muestra comunicativo y locuaz, y habla y habla divagando, incurriendo en contradicciones (…), otras veces permanece en un rincón sombrío, meditabundo, counsumiendo con fruición granos de maíz o de trigo, pues es vegetariano convencido, aunque no sigue en absoluto las reglas.

Pero la cosa se anima de verdad con el primer artículo del enviado especial del ABC a Barcelona, el reporter (¡ay, si ni siquiera existía la palabra ‘reportero’! ¡Por fin entiendo lo de El reporter Tribulete!) Luis Antón del Olmet:

Ríe Barcelona.
La gran ciudad me acoge como una madre benévola a su hijo pródigo, entre abrazos y carcajadas. (…) Barcelona, ciudad patricia y eternamente juvenil, no consiente arrugas en su ceño. La revolución, el crimen, la tragedia, pasan por su faz lozana y coqueta como pasan los mohines enfurruñados por los joviales rostros… (…) ¡Quién pensaría que yo, al cruzar las Ramblas tan apuestamente dentro de un carricoche saltarín, vengo con un designio macabro! ¡Con el de seguir el sangriento rastro de un crimen!

Y al igual que el reporter Tribulete, que en todas partes se mete, nuestro periodista se presenta en el ayuntamiento y consigue hablar con el alcalde, va al despacho del gobernador civil y lo mismo, hace entrevistas en la misma cárcel a los acusados, o se mete como Pedro por su casa en la escena del crimen, una vez la policía ha acabado su reconocimiento, y empieza a toquetearlo todo (por lo visto tampoco existían los verbos ‘sellar’ ni ‘acordonar’).

Ni siquiera en la novela negra al uso acostumbramos a encontrar unos protagonistas principales sean tan diferentes entre sí. Tenemos, por una parte, a la escalofriante Enriqueta Martí, perturbada, fría y sádica; por otro al genial Luis Antón del Olmet, posiblemente el reportero más dicharachero de aquella época, un hombre que, en esta crónica tan pronto se nos presentaba como un periodista objetivo y riguroso:

Yo voy, lector, haciéndote conocer los personajes que danzan en esta farándula brutal y horripilante, procurándote ambientes, haciendo una labor de análisis rigurosa y exacta.

como nos tomaba por ese amigo a la barra del bar:

No es para llegar a viejo esta vida. Esa secuestradora me ha secuestrado mi libertad. Todo el día en coche, a escape, subiendo, bajando. No veo más que huesos, sangre y manteca or todos lados.

Y entre muchos otros, como el absurdo y vegetariano marido de Enriqueta, o su siniestro padre, tenemos por último un personaje grandioso y miserable, a ratos silencioso y a ratos ensordecedor; exquisito y pestilente, elegante y harapiento, acogedor y despiadado, llamado Barcelona. Tan interesante es el retrato de aquella ciudad extraña y al mismo tiempo tan reconocible, que el valor del libro como documento histórico es insoslayable. Hay que señalar, no obstante, que la edición se habría beneficiado de la inclusión de material gráfico, como fotos de la ciudad en aquella época así como de algunos de los implicados.

La vampira de la calle de Poniente no pretende desentrañar el misterio de Enriqueta Martí. Es más, a la luz de lo que hoy sabemos del caso, estas crónicas pueden confundir ligeramente al lector. ¿Los mató o no los mató? ¿Hizo pócimas con ellas o no? ¿Estaba de veras implicada la burguesía catalana? ¿Hubo negligencia policial en la investigación, o algo más? Y al final, ¿entre todas la mataron, o ella sola se murió? Con este libro el lector hace mucho más que descubrir un caso macabro de nuestra historia: lo vive tal y como lo vivió aquella sociedad que durante un mes abrió el periódico por la sección de sucesos. Y lo cierto es que uno se pregunta si, con esta recopilación de crónicas, los chicos de Ginger Ape no habrán creado un nuevo género literario. No es novela, no es ensayo; es crónica, sí, pero muy sui generis. Las espeluznantes revelaciones a lectores los lectores de la época nos dejan a nosotros horrorizados, compartimos su confusión, su indignación es la nuestra.

En suma, el lector de La vampira… emprende un fascinante viaje al pasado, muchísimo más vívido que cualquier novela histórica, donde se enfrentará a un mundo que había olvidado y que reconoce; a una sociedad que a ratos le repele, porque sabe que en ella están sus propias raíces; a unos ciudadanos tan distantes como parecidos a nuestros vecinos de hoy en día; en definitiva, a una ciudad que se añora y que se quiere, que se conoce, por sus cronistas, y se teme, por sus vampiras.

 

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