
Cuenta la leyenda que, el ser humano, tiende en momentos de su vida a la autodestrucción. Que la violencia forma parte ineludible de aquellos que nos gobiernan, o de nosotros mismos, poco importa la agencia del acto, sólo la consecuencia. Y así vivir se convierte, de la noche a la mañana, en una batalla, una guerra, imaginada o no, donde la supervivencia, o el simple acto de ver un día más, es una especie de ganancia entre tanta pérdida. Algo así debe suceder cuando uno escribe. Leí, hace no mucho, que la escritura es un acto de autolesión, un acercamiento al Thanatos, un impulso hacia una muerte que se considera una muestra de valentía por algunos, una prueba de estupidez para otros. Me imagino siempre que puedo a los escritores encerrados en un habitáculo, cerrándose al ruido, y combatiendo los fantasmas que anidan sus cabezas, sus cuerpos, aquello que se guarda en el esternón. Y me imagino a Jesús Carrasco a solas, dilucidando, pensando en cómo la violencia nos ha hecho lo que somos, o ha creado tantas pesadillas que un simple acto, una variación en nuestra realidad, un pequeño detalle, consigue cambiarlo todo por dentro y por fuera. La tierra que pisamos ejerce un punto de presión en ese intervalo de distancia entre el terreno llano y el precipicio, y nos anima a sumergirnos en una guerra que bien podría ser la de la humanidad porque, al fin y al cabo, de lo que aquí hablaremos es de ser libres dentro de nuestras propias cadenas.
