
La hija de la criada, de Barbara Mutch

El Karoo es eterno. Y así como el sol se pone cada día, las historias que leemos nos recuerdan que hubo tiempos infames, tiempos donde la vida cambiaba en un minuto que podía significarlo todo. Era algo inevitable. Pero a la vez, dentro de este pequeño mundo, encontramos personajes que nos llegan a un rincón del alma, a algún escondrijo por el que se cuelan, te invaden, y llegan a hacerte suspirar. Los viajes que propone la literatura son, a veces, una ocasión única para vivir la valentía, la fuerza, las lágrimas, y el dolor, de aquellas personas que con su esfuerzo crearon un mundo mejor cuando nadie daba un duro por ellas. Son éstas las que, como si fueran las teclas de un piano que se tocan con desenfreno, nos hacen movernos, convierten nuestro interior en mareas que barren con todo, y nos dejan sin aliento cuando nuestras manos cierran un libro y nos quedamos pensando en el final, en la historia que hemos dejado atrás que, como si fuera una pequeña herida, nos dejará una cicatriz a lo largo de nuestra vida. Esta es una de ellas. Porque así como el sol se pone cada día, esta historia permanece aunque no lo pretendamos.
Cathleen se traslada a Sudáfrica, donde entablará una relación especial con su criada negra Ada. Cuando ésta se quede embarazada de un hombre blanco, los destinos de estas dos mujeres se verán unidos por lazos muy estrechos, mientras el mundo se muestra convulso, y el apartheid se convierte en una realidad. Y es que hay algo mucho más fuerte que el color de la piel, y es el poder de la herencia de la sangre.


