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El canto del cuco

El canto del cuco, de Robert Galbraith

El canto del cucoQuise reseñar este libro no por ser un seguidor incondicional de quien se esconde tras el pseudónimo que identifica a su autor, sino precisamente por lo contrario, creía que el hecho de no haber leído ninguno de los anteriores éxitos, por tratarse de obras de un género muy diferente al actual, me permitirían sustraerme de la identidad de la autora que es lo pertinente desde el momento en que decidió publicar El canto del cuco con pseudónimo y no fue ella, que se sepa, quien reveló la verdadera identidad de Robert Galbraith. Pero no me ha sido posible abstraerme de ese hecho por una buena razón, la desbordante imaginación que se le conoce a la autora y la inteligencia que se le presume (o al menos su innegable habilidad para agitar los medios literarios) justifican el planteamiento de la novela y le proporcionan al lector un estímulo extra para avanzar en su lectura o incluso para abordarla ya que es innegable que el planteamiento inicial es lo suficientemente tópico como para que la novela no muestre de buenas a primeras el indudable atractivo que atesora. Que una autora consagrada, aunque sea en otro género, decida abordar una historia ambientada básicamente en lugares comunes puede ser valorado de muchas maneras pero tras leer El canto del cuco yo diría que en este caso es una acto de coraje nacido de la voluntad de la autora de mostrar su talento allí donde más difícil resulta brillar, en un terreno trillado. No se puede decir que Robert Galbraith sea muy original, pero a cambio se puede afirmar sin temor a equivocarse que la señora Rowling es muy valiente y que sale airosa del reto que ella misma se plantea.

Enredado en estas disquisiciones, admito que probablemente innecesarias, lo cierto es que para cuando uno se quiere dar cuenta la historia ya le ha atrapado. El canto del cuco tiene los ingredientes necesarios en una novela policiaca y ése, la historia que atrapa y cuyo desarrollo y desenlace se impacienta por conocer, es sin duda el más importante. Otro son unos personajes bien construidos, aunque ya queda dicho que un tanto tópicos (detective privado brillante pero con su vida personal en franca descomposición, secretaria nueva inteligente y entusiasta, caso de asesinato sin resolver que todo el mundo considera un suicidio, en fin, cosas que suenan) que sin embargo poco a poco van adquiriendo rasgos identificativos propios que les aportan cierta personalidad y les hacen más atractivos. En el caso del detective protagonista, Cormoran Strike, diría que es su cojera (tiene una prótesis porque perdió parte de la pierna en acto de servicio en su vida militar) lo que comienza a facilitar que se le mire con otros ojos, aunque la complejidad psicológica se la aporta su pasado familiar turbulento como hijo ilegítimo de una estrella del rock con infancia digamos que disfuncional incluida. No voy a jugar al psicoanálisis de todo a cien, pero resulta curioso que sea la parte de su vida que él detesta la que en realidad le abre en la investigación las puertas que de forma natural le estarían cerradas, pero creo que es un tema que se relaciona con otro de los puntos de originalidad de la novela, el mundo de la moda y la fama, el retraso escasamente amable que de los famosos hace Robert Galbraith en El canto del cuco y su contraste con los que podríamos llamar protagonistas positivos de la novela, el detective y Robin, su secretaria. Tan brillante ella como metódico él.

Otro de los atractivos es Londres, la ciudad que recorren los protagonistas y la historia de forma detallada dejando muestras sobradas en las páginas de su diversidad. Porque es una novela con gran variedad de ambientes y muy dispares entre sí.  Probablemente no sea más que un imperativo geográfico o una casualidad, pero no puedo dejar de señalar que una de las causas por las que el detective protagonista se me ha hecho entrañable es que su despacho, que es a la vez su vivienda ya que duerme en un catre desmontable junto a su mesa de trabajo, sea tan literario como que está junto a  Charing Cross Road, aunque no me he atrevido a comprobar si a la altura del número 84

La historia avanza a un buen ritmo, las sorpresas y los hallazgos se dosifican sabiamente y se llega al final de forma tan fluida como natural, sin trampas ni personajes misteriosos de última hora que justifiquen lo injustificable. El canto del cuco es una novela sin demasiados problemas de verosimilitud pese a la complejidad que le da a la historia las múltiples facetas de la vida de la víctima y de los demás protagonistas que en un momento u otro se hace necesario abordar. Tiene sus complejidades, sus reflexiones sobre la fama y la familia y la diversidad de realidades sociales que se retratan, y también tiene muestras de un gran sentido del humor (que pienso que Robert Galbraith debería sacar más a pasear) pero su mayor fortaleza es que es terriblemente entretenida, que cuesta cerrarla sin saber un poco más, sin acercarse al bien logrado desenlace que la corona.

Nunca se sabe pero parece que esta novela tiene vocación de saga, al menos quedan ganas de saber cómo evolucionan los personajes, y sospecho que de ser así y una vez liberada de esa vocación de reto con la que he jugado al principio de la reseña la siguiente o las siguientes entregas serán cada vez mejores, porque (aunque es probable que no sea otra cosa que sugestión) el mayor pero que le encuentro a este El canto del cuco  sea una cierta contención, un ligero encorsetamiento en los parámetros típicos de la novela negra, no sé si como medio de esconderse tras el pseudónimo o como guía gracias a la que sentirse segura en un ambiente al fin y al cabo desconocido, que tal vez no haya permitido que el talento narrativo de la autora se desarrolle en toda su capacidad.

Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es

 

 

Por Andrés Barrero

Colaborador de Librosyliteratura desde 2011 y autor de la novela Todo el mundo odia a Yoko Ono, pese a que se considera fundamentalmente escritor de cuentos. Y de Huelva. Cuando oye "peste, carbunco y rabia" sabe muy bien que contestar, pero su trochería predilecta para definirse es hacerlo como tolstoiano no practicante.

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