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El mundo perdido, de Christophe Bec, Fabrizio Faina y Mauro Salvatori

A veces nos sentimos nostálgicos y nos da por añorar nuestra infancia, nuestros primeros paseos con la novia, o aquellos tiempos en que, sin internet ni móviles, todo era mucho más fácil, o así nos parecía. Sin embargo, existe otro tipo de nostalgia, la nostalgia que nos llena de añoranza por un tiempo no vivido. Conozco lectores que cada mañana remueven el café entre recuerdos del Imperio austrohúngaro. Hay políticos de 40 años que se emocionan hablando de su revolucionaria presencia en el París de mayo del 68. Y hay millones de personas, sin distinción de edad, que rememoran entre suspiros aquellas caminatas entre helechos gigantes, contemplando el vuelo en zigzag de libélulas de tres palmos, y con la emocionante sensación en el cuerpo de que en cualquier momento, tras el repecho de una colina, nos podíamos encontrar con una manada de entrañables triceratops.

Desde que se descubrió que el mundo era un pelín más viejo de los que nos dice la Biblia, y desde que a mediados del XIX a algunos exploradores les diera por encontrarse fósiles de huesos descomunales a mansalva, el mundo de los dinosaurios no ha dejado de fascinar al hombre. Esa fascinación dio lugar en 1864 al clásico de Verne Viaje al centro de la tierra y, medio siglo más tarde, a El mundo perdido, otra maravillosa obra de Conan Doyle que, para bien o para mal, ha quedado eclipsada por las versiones cinematográficas de Spielberg y las que siguieron. Sin embargo, el original, cuya adaptación a novela gráfica nos trae ahora Yermo Ediciones, tiene aquel sabor de la genuina aventura del que, en mi humilde, carecen tanto Parque Jurásico como sus secuelas.

En esta excelente adaptación, con guión de Christophe Bec e ilustraciones de Fabrizio Faina y Mauro Salvatori, tenemos todo lo que se le puede pedir a un libro de aventuras. El profesor Challenger, explorador intrépido y algo bravucón, acaba de regresar de un viaje a un remoto lugar de Sudamérica, donde, en medio de una tribu de caníbales, se ha encontrado con un misterioso personaje que ha sido herido mortalmente por una criatura de dientes gigantescos. Antes de expirar, este personaje le transmite un enigmático mensaje que deja a Challenger rumiando durante todo el viaje de vuelta a Inglaterra. Allí, haciendo honor a su apellido, Challenger desafía al profesor Summerlee en mitad de una conferencia. Summerlee, un respetado científico chapado a la antigua e incapaz de aceptar la posibilidad de que las cosas no sean como él ha leído, se ve obligado a aceptar el desafío de Challenger. Así, en compañía de a Lord Roxton, cazador y mujeriego, y Ned Malone, el romántico reportero que nos narra la historia, nuestros héroes se embarcan rumbo a la aventura.

Y qué aventura. Antes de que empiece la fiesta de verdad tenemos el viaje de rigor al corazón de la selva, que siempre es un viaje a nuestros orígenes y a la esencia del ser humano. Tras salvar insalvables saltos de agua, cocodrilos y serpientes calibre ferrocarril y desfiladeros de paredes que caen al Hades, nos llegamos a la impresionante mole de una inaccesible meseta que nos recuerda mucho a un tepui venezolano. Y a partir de ese momento, olvidaos de lo que os hayan contado las películas.

Este El mundo perdido nos devuelve a aquellos tiempos no tan lejanos en que la aventura de verdad no necesitaba efectos especiales de séptima generación, sino palabras, ilustraciones y talento. A disfrutar.

 

 

 

 

 

Por Juan Campbell-Rodger

Por orden de importancia: padre de familia numerosa, lector, salsero, profesor de inglés aficionado.

Algunos datos más: soso, huraño y narizotas. Poco hablador, no por timidez, sino porque me aburre oír mi voz. Antaño viajero. Tengo un futuro esplendoroso detrás de mí. Me encanta hacer enemigos a través de facebook. Zurdo. Observador. Convencido de que callarme mis tonterías me hace parecer más inteligente. No entiendo el mundo. Me gusta sentarme en el balcón y ver el vuelo de los vencejos. Hombre de convicciones endebles. Sólo los libros me entienden.

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