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La Dama de la Muerte, de Carlos Segura Ochoa

La Dama de la MuerteCuando era adolescente, entré en una página web que te decía exactamente el día y el año de tu muerte. Me reí y me asusté, las dos cosas a la vez. Sin embargo, según se iba acercando la fatídica fecha, el terror me invadió y ese día en concreto no salí de casa. Esperé y esperé, pero no pasó nada. No morí. Aun así, una cosa me quedó clara: no se debe jugar con la Muerte. 

Sí, la Muerte. Esa gran desconocida. Esa parte de la vida que tanto ignoramos y a la que tanto tememos. Nos aterra porque sabemos que es inevitable, y al igual que una vez nacimos, en algún momento tendremos que morir.

Pero, ¿y si la Muerte no trabaja sola? ¿Y si la Muerte te propusiera un trato escalofriante? Ser su ayudante. ¿Aceptarías? ¿Y si fuera un trato imposible de rechazar? Toda tu vida cambiaría a partir de entonces porque te convertirías en La Dama de la Muerte.

Y justamente ese es el título de la novela que hoy os traigo, escrita por Carlos Segura Ochoa. Una novela por la que me sentí atraída desde el primer momento. Tenía que darle la oportunidad a Carlos de leer su libro y adentrarme en su trama. Una trama protagonizada por Luna, una joven abogada que debe afrontar una situación nueva y abrumadora: convertirse en Dama de la Muerte. Mil cosas pasan por su cabeza desde ese momento. Dudas e inquietudes ante su nuevo «trabajo». Ética y moralidad, pena y tristeza, miedo y respeto.

Ser la Muerte en lugar de que te den muerte. Parece una elección sencilla, pero si nos ponemos en el lugar de la protagonista y sopesamos todo lo que conlleva, la verdad es que se me encoge el estómago de angustia solo de imaginarlo.

Está claro que lo que busca el autor con esta historia es que reflexionemos sobre la vida y la muerte, sobre lo que tenemos y no apreciamos, sobre el destino y el libre albedrío, sobre el ser humano y sus elecciones. Una historia que me ha recordado en algunos aspectos al libro Siega, de Neal Shusterman, que nos lleva a un futuro donde existen los segadores, aquellos elegidos para llevar a cabo la función de la Muerte y así evitar la superpoblación. También, por supuesto, me han venido a la mente las películas de Destino Final e incluso un episodio de la serie Sobrenatural en el que Dean debe ejecutar el papel de la Muerte durante un breve período de tiempo.

Todo ello me hizo pensar en las consecuencias que pueden tener los actos de valentía y rebeldía contra la propia Muerte y todas las vidas que se pueden ver afectadas por el camino, porque la Muerte es justa, es implacable y es necesaria. Eso mismo nos muestra también esta historia a lo largo de sus veinticinco capítulos, todos encabezados por extractos de consejos y reflexiones de la misma Muerte.

Extractos que me han resultado muy originales y adecuados porque nos permiten conocer los pensamientos y el punto de vista de la misma Parca como otro personaje más. Incluso os diré que, según avanzaba la lectura, iban aumentando mis ganas de que llegara el siguiente capítulo para deleitarme con un nuevo extracto.

Y no solo eso, sino que la historia en sí me enganchó desde sus primeras páginas por su sencillez, porque es directa y va al grano. No hay cientos de personajes, nombres o lugares complicados en los que perdernos. Y qué decir de mi personaje favorito: Etreumal. Me ha conquistado por su humor negro y por su relación con Luna, pero cerraré el pico para no destriparos nada.

En resumidas cuentas, La Dama de la Muerte, de Carlos Segura Ochoa, es una novela fácil de leer, con un buen ritmo que nos mantiene alerta y nos llena de curiosidad para recordarnos después que la Muerte no es nuestra enemiga. Es solo aquella que nos libera del sufrimiento, que llama a nuestra puerta para traernos paz cuando el dolor es insoportable. Aunque, claro, la Muerte también puede ser cruel si te ríes de ella, si intentas engañarla.

Por eso mismo, vive la vida antes de que te mire a los ojos, vive cada día como si fuera el último y no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Ama cada instante por si acaso la vida se te escapa de las manos en el momento más inesperado. O peor aún, por si vives demasiado sin haber disfrutado.

 

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