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No tengo miedo

No tengo miedo

No tengo miedo, de Niccolò Ammaniti

No tengo miedo

Los juego infantiles implican a una pandilla de chavales de un pueblo perdido en el Sur de Italia en una trama trágica y violenta que, al menos al principio, escapa a su compensión.

No tengo miedo.  Me llamo Michele, tengo nueve años y no tengo miedo.

No tengo miedo del Calavera, Antonio Natale, que ya tiene doce años y es el jefe de la pandilla.  Puede zurrarme cuando quiera, porque es más fuerte y es el jefe.  Los demás —somos seis, todos los niños de Aqua Traverse— no se van a enfrentar a él, pero no me asusta.  Además puedo hacer todo lo que él hace, y lo haría si no fuera porque siempre tengo que esperar a mi hermana María y cuidar de ella.

No tengo miedo de mi padre, que pasa muy poco tiempo en casa porque siempre está conduciendo su camión y, aunque me alegro mucho cuando vuelve, suele enfadarse por todo y, a veces, prefiero que no esté.

No tengo miedo del calor asfixiante que te derrite los sesos cuando te alejas del pueblo —cuatro casas con una tienda y una cuba que trae el agua una vez a la semana— montado en mi vieja bici, yo solo o con los otros, pedaleando hasta que empieza a refrescar y sabes que los mayores ya te están buscando a gritos.

“No sabía qué temperatura hacía, porque a los nueve años no entendemos mucho de grados centígrados, pero sí que aquel calor no era normal.

Aquel maldito verano de 1978 se hizo famoso por ser uno de los más calurosos del siglo.  El calor penetraba las piedras, resquebrajaba la tierra, marchitaba las plantas, mataba a los animales y abrasaba las casas.  Los tomates que cogíamos del huerto no tenían jugo y los calabacines eran pequeños y duros.  El sol te dejaba sin aliento y sin fuerzas ni ganas de jugar ni hacer nada.  Y las noches transcurrían de forma parecida.

Antes de las seis de la tarde los adultos no salían a la calle en Aqua Traverse.  Se recogían en sus casas y echaban las persianas.  Sólo nosotros nos aventurábamos  a salir al campo  desierto y ardiente.”

No tengo miedo de los monstruos.  A veces, por la noche, pienso en la bruja Piruja, el hombre del saco, Lázaro, el comemuertos…  Cuando voy solo en bici, creo ver a los ogros o a los gigantes de las colinas acechando entre los trigales.  Pero no les tengo miedo.  Bueno, un poco sí, pero mi padre me ha explicado que no existen:  “Olvídate ya de los monstruos, Michele.  Los monstruos no existen.  De los que tienes que tener miedo es de los hombres, no de los monstruos.

No tengo miedo de lo que he encontrado en mi última excursión…

Niccolò Ammaniti no tiene miedo.  Ya lo ha demostrado en otras novelas; no le tiembla el pulso al retratar el lado más oscuro de la sociedad italiana y de los personajes que la forman, desde los más poderosos, como en Que empiece la fiesta, a los más humildes —pero no menos siniestros— de No tengo miedo.  Tampoco se echa atrás a la hora de ponerse en la piel de un niño de nueve años y contarnos un suceso terrible a través de unos ojos que comienzan siendo infantiles al principio de la novela y terminan albergando una mirada prematuramente adulta.

Ni siquiera tiene miedo a la hora de retratar la crueldad y la miseria más profunda del ser humano —la que nace de la codicia, el rencor o el miedo— con un humor tan salvaje y descarnado que apenas hace reír, porque no es ese su objetivo.  Hace falta valor para darle a una historia tan descarnada ese tono paródico, pero si se hace bien, y Ammaniti sabe cómo hacerlo, el resultado es mucho más impactante de la simple crónica, por realista que sea.

Ammaniti no tiene miedo porque sabe lo que hace.  Sabe combinar los juegos infantiles con el desarrollo lento pero inexorable de una tragedia que debería ser ajena al mundo de los niños pero que nunca lo es, y sabe hacerlo sin recurrir a los burdos trucos habituales en las novelas protagonizadas por niños; aquí la inocencia es auténtica y no un recurso para ocultar parte de la trama al lector.  Es auténtica y, por tanto, es frágil.  También sabe Ammaniti trazar el sutil paralelismo entre los equilibrios de poder de la pandilla y los del mundo de los adultos, basados prácticamente en las mismas premisas estúpidas.  Los líderes de los adultos se diferencian en muy poco de los matones que someten a las pandillas de chavales.

A veces yo también tengo miedo.  No lo tengo a la hora de recomendarles esta novela, porque estoy seguro de que, sea lo que sea lo que le pidan a un libro, en No tengo miedo lo encontrarán.  Sin embargo hay cosas, cada vez más, que sí me asustan.  “De pequeño soñaba siempre con monstruos.  Y también ahora, de mayor, me ocurre a veces, aunque ya no sé cómo librarme de ellos.”  Los monstruos de los adultos viven entre nosotros y no es fácil distinguirlos.  Y, sobre todo, sabemos que no se desvanecerán al encender la luz; sólo podemos mantenerlos a raya con un poco de humor.

Javier BR
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4 comentarios en “No tengo miedo

  1. La miseria más profunda del ser humano… Y un niño de protagonista… Y tu maravillosa reseña, como siempre. Muchas razones para querer leer este libro.
    Besotes!!!

  2. Un niño protagonistas… pero la novela no fuerza una mirada ñoña o falsamente infantil: Michele es un niño pero se da cuenta de las cosas. Es una gran novela, Margarita, creo que te gustará. Gracias por tu comentario.

  3. ¡Hola, Javier!¿Qué tal? Como siempre, leyendo tus reseñas me entran deseos de leer no ya el libro que comentas, ¡si no uno escrito por ti! Igualmente tomo nota de este, en esa larga lista (que afortunadamente) no para de crecer… Y esa misma es una manera de librarse de los monstruos: Sumergirse en un buen libro que te introduce en otros mundos y otras realidades. Un abrazo, S.

  4. ¿Un libro escrito por mí? Jaja, eso sí que daría miedo. Por suerte, al igual que los monstruos, no existe. Muchas gracias por tu comentario, Susana.

    Un abrazo.

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