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Los crímenes del monograma

Los crímenes del monograma, de Sophie Hannah

los-crímenes-del-monogramaSe suele calificar la obra de Agatha Christie como literatura ligera o popular -en el sentido más peyorativo del término; poco exigente intelectualmente y sólo capaz de proporcionar una satisfacción momentánea (como si eso fuera poco, por otro lado)-, y su estilo provocan aparente desdén; sin embargo, algo tendrá de especial su obra cuando es tan difícil de imitar, no digamos de superar, en cuanto a ingenio, pistas falsas, creación de suspense y redondez de la resolución final. Quien haya leído y aprecie a Christie sabe que la de Torquay sigue siendo la vara de medir en todos esos estándares y en algunos más.

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Agatha Christie. Los cuadernos secretos

Agatha Christie. Los cuadernos secretos, de John Curran

agatha-christie-los-cuadernos-secretosEs recomendable, antes de leer Agatha Christie. Los cuadernos secretos, haber leído asimismo, si no todas, al menos sí las novelas por las que Agatha Christie se ganó su merecida fama como gran dama del suspense, no sólo porque aquí se destripan muchas de ellas, sino porque es sencillamente imposible disfrutar de este libro sin tener conocimiento -y, a poder ser, recuerdo fresco- de las obras de Christie.

Porque precisamente, lo que se nos ofrece en Agatha Christie. Los cuadernos secretos es una mirada analítica, exhaustiva y precisa al método de trabajo de la autora inglesa. Curiosamente, al contrario que su personaje más famoso, el detective Hércules Poirot, la autora padecía -o más bien disfrutaba de, a juzgar por lo que aquí leemos- lo que el belga habría llamado “una lamentable falta de orden y método” al organizarse para su escritura. Aquí es donde entran en escena los cuadernos a los que alude el título.

Se trata de más de 70 cuadernos de todo tipo en los que Christie apuntaba listas de personajes, ideas -algunas veces, meros apuntes con fines memorísticos que no es posible comprender-, posibles títulos… En ocasiones, sus anotaciones son sólo eso, anotaciones hechas mientras la señora se ocupaba de otras cosas, ya que en los cuadernos hay constancia de retazos de la vida cotidiana de la novelista, con listas de la compra, de muebles de los que había que hacer mudanza, citas y quehaceres para ese día, etc. En otras ocasiones, Christie llegó a escribir en esos cuadernos auténticas novellas, esbozos muy completos y detallados de lo que luego sería su siguiente novela. Otro procedimiento muy usual en ella era describir escenas sueltas, asignando a cada una una letra, y anotar acto seguido la correlación apetecida de ellas, utilizando para ello las letras de referencia.

Un recorrido por esos cuadernos es lo que realiza el estudioso y apasionado de Christie John Curran, quien, habiendo conseguido que Mathew Prichard, nieto de la autora, le franqueara el acceso a ese material, trabajó días enteros con ellos, habiéndoselas con la difícil caligrafía de dame Agatha (dan fe de ello los facsímiles de algunas páginas, que se reproducen en este libro) y produjo luego su propio libro.

Un tipo de hallazgo especialmente interesante que hizo Curran fue el de las tramas e, incluso, los desenlaces posibles que Christie contempló para algunas de sus obras, que, obviamente, habrían dado lugar a novelas totalmente distintas de aquéllas que finalmente vieron la luz y que son las que durante décadas han disfrutado sus seguidores.

Agatha Christie. Los cuadernos secretos contiene otro pequeño premio para el diletante: la primera versión -que no fue la que se publicó- de La captura de Cerbero, relato que cierra la muy irregular aunque curiosa colección Los trabajos de Hércules, y un relato titulado El incidente de la pelota del perro, que, corregido y aumentado, se convirtió luego en El testigo mudo, novela protagonizada por Poirot. (Ojo: son narraciones breves, no novelas, como proclama la portada).

La lectura de Agatha Christie. Los cuadernos secretos seguramente será gozosa para los amantes de la inmortal obra de una autora que escribió sobre mucho más que unos asesinatos, dibujando retratos de la Inglaterra de su época y de su mentalidad, sus prejuicios, su vida cotidiana y sus clases sociales. No se puede dejar de comentar asimismo que los apuntes más crípticos y más telegráficos de la autora poca luz arrojan sobre sus procesos creativos y poco pueden aportar a una obra que ya es de por sí suficientemente extensa, completa y disfrutable.

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De cine y literatura 2

Testigo_de_cargo_cubierta

De cine y literatura 2

Testigo de cargo


Testigo_de_cargo_cubiertaTestigo_de_cargo_cartulaEl libro: Testigo de cargo,  de Agatha Christie

Editorial: RBA
Páginas: 208 p.
ISBN: 9788498678888

La adaptación: Testigo de cargo, de Billy Wilder (dir.)

Año: 1957
País: Estados Unidos
Reparto: Tyrone Power, Marlene Dietrich, Charles Laughton, Elsa Lanchester
Duración: 114 minutos
Premios: 6 nominaciones a los Oscar

Por Leire Kortabarría

He aquí una buena lección de cine y de cómo adaptar un texto ya publicado; en este caso, una obra de teatro de la gran dama del suspense, Agatha Christie, y basada a su vez en la novela breve o relato largo de la propia autora.

“Testigo de cargo”, la película, se basa escrupulosamente en la historia de suspense y drama judicial ideada por Christie, pero elimina y añade todo lo necesario para que la película tenga su propia personalidad: la de un intenso drama y thriller del subgénero juicios, sí, pero, a la vez, un drama humano y una película sobre el amor, tema que se refleja en las subtramas paralelas sobre dos parejas muy distintas: una, la de Leonard Vole, hombre joven y apuesto acusado de asesinar a una anciana para quedarse con la herencia, y su mujer, la refugiada alemana Christina, encarnada por una Marlene Dietrich más gélida que nunca y, también, volcánica como en ningún otro filme; la otra, la del abogado defensor de Vole, un magnífico Charles Laughton, y su enfermera, la entrañable señorita Plimsoll, interpretada por Elsa Lanchester y esposa en la vida real de Laughton.

En una película tan cuasiperfecta, es difícil quedarse con una sola faceta. Es, sin lugar a dudas, un gran clásico del cine, con la elegancia y el arte del Hollywood de la edad de oro, las grandes estrellas –que eran, además y sobre todo, actores como la copa de un pino– y los directores que hacían de cada película una obra de autor. Como toda gran obra, cuenta su propia historia y tiene su propia personalidad. Y, por muchas películas de suspense que hayamos visto los espectadores de hoy en día, por aprendida que tengamos la lección, reto a cualquiera a que vea esta película sin que se le hiele la sangre en un momento dado. Es lo que tienen las cosas bien hechas: nunca envejecen.

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