
Arrugas, de Paco Roca

Estimado Paco Roca:
El miedo es algo poderoso. Te paraliza el cuerpo, agarrota los sentidos, y te deja en un estado de inconsciencia. Así pasé parte de mi vida, mientras veía cómo mi marido progresaba, iba recorriendo los pasillos de la residencia con la mirada perdida, como si buscara un punto en el horizonte que se le había perdido. Y yo, como si fuera un fantasma que circulaba a su lado, sin cadenas en los pies, pero arrastrándolos de la misma forma, simplemente le miraba. Intentaba hacerme una idea de lo que pasaba por su cabeza, por ese nudo de neuronas que empezaban a deshilacharse como una bobina de lana que ya se está quedando vieja. Él se perdía, y yo no podía encontrarle. Él me dejaba, y yo no podía atraerle. Y al final… al final… sólo me quedó introducirme en su mundo de fantasía.
Su “Arrugas” me ayudó a comprender las palabras del médico. Me dijo, con un tono de lástima que me escoció en lo más profundo del corazón, que mi marido tenía Alzheimer, que poco a poco iría desgastándose, y lo más duro, que no había una cura para aquello. ¿Alzheimer? ¿Quién era aquel hombre que se había instalado en el cuerpo de mi esposo y que le devoraba parte de los recuerdos? Y es que mis palabras no podían acomodarse, coger la postura adecuada para que se sintieran cómodas, y me quemaban en la garganta. ¿Cómo podía poner nombre a lo que sucedía? Porque poner nombre a las cosas es hacerlas reales, y por mucho que el médico que nos atendía intentara suavizarnos la noticia, yo no quería escucharle. No, no, y no. Me negaba a entender que algo de esto pudiera estar sucediendo. Y al principio creí que no lo soportaría. Pero llegó su “Arrugas” y las palabras se convirtieron en imágenes.

