
Los años, de Virginia Woolf

Un brillante relato sobre un tema tan universal como el paso del tiempo, sobre lo que se pierde, lo que cambia y lo que permanece.
Para ser fiel al espíritu de Los años, no debería hablar directamente del libro o de su autora. De hecho, no debería hablar de nada concreto. Sería más apropiado comenzar, con flema británica, por el tiempo, por el calor asfixiante de este verano, por el cielo despejado, atravesado por apenas un par de nubes perezosas, predecesoras de otras más oscuras que ya se apiñan en el horizonte, presagiando los celajes de un invierno que aún tardará en llegar. A vista de pájaro, podría describir el azul intenso del mar, plano como el fondo de un plato, las olas lamiendo mansas la arena de las playas atestadas de familias que apuran sus pocos días de descanso estival, los campos agostados, los caminos polvorientos.
Descendería después sin prisa y recorrería las calles casi vacías; los pocos transeúntes anhelando el refugio de una sombra, el cansino trasiego del tráfico, las tiendas cerradas por vacaciones. Al ponerse el sol vería a la gente, como llamadas por un reclamo inaudible, abandonar sus casas y ocupar terrazas y restaurantes. Entonces seguiría aproximándome y entraría en mi propia casa, describiría los muebles y la decoración, deteniéndome en algunos objetos queridos. Ahí estaría yo ocupado en alguna actividad cotidiana; leyendo este libro de Virginia Woolf, por ejemplo. Aparecerían amigos y familiares y mantendríamos conversaciones intrascendentes. Pero nunca ocurriría nada en mi relato, el verano pasaría, yo leería otro libro y después otro más, los años se sucederían…
Me temo que un texto así no funciona; mi verano no tiene el romanticismo de la lluvia en Londres o en Oxford, el ajetreo de mi ciudad carece de atractivo (¿cómo comparar un vulgar atasco con el desfile de cabriolés, victorias y landós dirigiéndose hacia la Ópera) y por supuesto, no me parezco en nada a los personajes burgueses, siempre tan elegantes y correctos, que protagonizan las novelas de Virginia Woolf. Y, sobre todo, porque yo no sé escribir como ella.