
Tren a Pakistán, de Khushwant Singh

Más que una novela histórica; un libro humano y terrible sobre la hipocresía del poder y lo fácil que es sembrar el odio.
El tren es un elemento recurrente dentro de la literatura contemporánea; largos viajes, despedidas en la estación, túneles o caminatas siguiendo las vías son situaciones que forman parte de nuestro imaginario común por su capacidad de sugestión aparentemente inagotable.
Además, el ferrocarril es uno de los iconos de la India. Todos guardamos en la retina la estampa de esas vetustas locomotoras de vapor británicas, reliquias de la época colonial, arrastrando con dificultad un rosario de vagones atestados de viajeros; familias enteras cargadas con sus enseres, hacinadas dentro de los vagones o en equilibrio sobre sus techos, en viajes que duran semanas.
Pero, en 1947, con el Indostán sumido en el caos y la violencia provocados por la división de la colonia británica en una India hindú y un Pakistán musulmán, los trenes se convirtieron en el único medio de transporte para los millones de desplazados que huían de las matanzas y, más tarde, fueron el instrumento de una macabra “competición” entre musulmanes y sijs.

