
Riquete el del Copete es un cuento muy popular de Charles Perrault, pero yo no lo conocía. No descarto que lo haya leído en algún momento de mi vida, o incluso alguna historia que lo versionara, porque alguno de sus momentos me suenan remotamente, pero sea como sea, lo había borrado de mis recuerdos. Y por una vez me voy a alegrar de esa amnesia selectiva, porque ha sido un gustazo descubrirlo de la mano de Amélie Nothomb.
Quienes hayáis leído alguna vez a Amélie Nothomb sabréis que es una autora muy peculiar. Yo lo comprobé con El crimen del conde Neville, novela en la que hacía un guiño a El crimen de Lord Arthur Saville, de Oscar Wilde. Y en esta ocasión vuelve a tomar una historia popular, como es Riquete el del Copete, para actualizarla en todos los sentidos. La ironía y lucidez de Nothomb, como siempre, nos arrastran desde el primer capítulo y hacen que la lectura sea una experiencia nueva, tanto si se conoce el cuento original como si no.
El Riquete el del Copete de Nothomb no transcurre en un lugar lejano ni en tiempos remotos como todas las fábulas infantiles, sino en la Francia actual, donde Honoré y Énide tienen a su primer y único hijo: Déodat. El recién nacido es tan horrendo como inteligente, y esta es la excusa perfecta para que la autora nos haga ver el absurdo mundo de los adultos, en especial cuando son padres primerizos, a través de los ojos de un bebé. Después asistimos al crecimiento de Déodat y a su adaptación a esa realidad que hay de puertas afuera, donde su fealdad causa repulsión y rechazo, hasta que él los supera a base de inteligencia. Aun sin pretenderlo, todas las mujeres acaban sucumbiendo a sus encantos.
Pero Déodat no es el único protagonista de esta historia. También conocemos a Trémière, que es el caso contrario: su extraordinaria belleza irrita a todos, y para despojarle de su perfección le cuelgan el sambenito de estúpida. De esta forma, se convierte en una niña solitaria y abstraída, lo que refuerza aún más su imagen de tonta de remate.
Las similitudes entre la obra de Amélie Nothomb y la de Perrault son manifiestas desde el principio, pero incluso así, el cuento hace acto de presencia dentro de la trama. Tanto Trémière como Déodat lo leen y se sienten identificados con sus personajes: ella, con la princesa bella y boba, obviamente, y él con el horrendo pero encantador protagonista. El parecido es tan evidente que todos le adjudican a Déodat el apodo de Riquete, de ahí el título del libro.
Al igual que el cuento de Perrault, la historia de Amélie Nothomb pone de relieve el encanto de la inteligencia y cuestiona el don de la belleza, que por exceso o por defecto puede ser una condena. Pero Nothomb también habla de la infancia, de la maternidad, de la escuela como terreno hostil, de la naturaleza del deseo y del amor. Y es que Riquete el del copete parece una historia sencilla, pero gracias a una escritora tan brillante como Amélie Nothomb, esconde reflexiones sobre temas universales. Una interesante actualización de un clásico y una historia disfrutable por sí sola.

El primer libro que leí de Amélie Nothomb fue Cosmética del enemigo. Lo encontré por casualidad en la casa de un amigo al que había ido a visitar. Yo por aquel entonces, con los dieciocho años recién cumplidos, tenía una lista de libros leídos que se nutría básicamente de novelas negras, fantasía y más novelas negras. Tenía una amiga que siempre me decía que debía variar mis gustos literarios, descubrir cosas nuevas, pero yo no encontraba ni el momento ni el libro que me llevara a esas cosas nuevas que me estaban esperando. Pero unos meses después de esa charla en la que, básicamente, me dijo que era una “conformista literaria”, llegó a mis manos Cosmética del enemigo. Lo empecé con un poco de reticencia y no sabiendo muy bien qué iba a encontrar. Así que, antes de seguir, me metí en Internet para ver qué decía la gente sobre él. Leí una y otra vez estas dos palabras: “obra maestra”. Por lo que me entró un miedo horrible: no sabía si iba a ser capaz de apreciar todo lo que 
Las expectativas altas son difíciles de cumplir. Eso me ha pasado a mí con 







