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Mansa chatarra

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Mansa chatarra, de Francisco Ferrer Lerín

mansa chatarraLa tierra, tan productiva como asesina, está regada en ocasiones por pequeñas píldoras de genio que rara vez se encuentran si no es escarbando mucho, manchando nuestras manos con las partículas y el olor a podredumbre que, transformado en letras, abunda en estos parajes tan desiertos e inexplicables. Pero he ahí, a lo lejos, un pequeño reducto donde yo, cada vez que quiero evadir mis pensamientos malsanos, me refugio y acabo convirtiéndome en un ermitaño a la vieja usanza, pertrechado con mi manta raída, con mis zapatillas de felpa, y el café a buen recaudo, al lado, mientras el aroma va impregnando la garganta que, poco tiempo después, irá narrando en voz baja lo que está leyendo. Mansa chatarra es un juego de espejos, y lo es porque lo que es sueño quizá no lo sea, o incluso lo que se traduce en las páginas del libro sea una visión descorazonadora, terrenal, ligado a la naturaleza salvaje del hombre, indistinguible de lo animal – ¿qué somos si no animales civilizados a golpes? – y que planea por el cerebro de quien lo lee como quien va observando los doblones que, en un barco pirata imaginario, descubriríamos que llevan años dispersos y desconocidos en una isla desierta. Será pues, sin que yo diga más que obviedades al hacer la reseña, una de esas situaciones en las que el libro gana al lector, por goleada, por varias razones que, si bien son imprescindibles, aparecerán más adelante, en el cuerpo de lo que sigue en la reseña, porque si se trata de poder hablar a expuertas de un libro que lo merece, en ese cuerpo, mitad letra mitad bestia, es dónde encontraréis lo necesario para disfrutar de lo que acontece y de lo que se nombra. Que es mucho mejor – y eso no sucede todos los días – que lo que no se nombra.

 

Hay un punto inicial con este libro. Un día soleado, cuatro personas a bordo de una mesa con cerveza, y un regalo del que aún hoy estoy en deuda. Y no lo considero devuelto por estar haciendo esta reseña, sino que todavía queda mucho camino por delante por recorrer. No es desconocido por los lectores que ahí, al otro lado de la pantalla, aparecen cada día, que mi adoración por la editorial Jekyll & Jill es evidente. Pero lo es porque construyen sus libros y los dan al público para que puedan convertirse en una experiencia mucho más allá de la simple lectura. Eso es lo grande. Pero si uno, además, tiene que hablar de la joya Mansa chatarra acaba evidenciando que, tras la lectura de estos relatos que Francisco Ferrer Lerín ha ido soltando a lo largo de toda su carrera y que aparecen ahora aquí reunidos, es impensable quedarse como se estaba porque algo ha cambiado dentro, ahí, pero no en el corazón, no hablamos de sentimientos que halagan, sino desde las tripas, desde ese estómago en el que se depositan todas nuestras miserias. Porque la agudeza del autor va ahí, al centro, a describir una realidad – con la mezcla perfecta de sueño e irrealidad – que se antoja demasiado violenta, gruesa, árida como el suelo por el que nos desplazamos, con el millón de aristas que las piedras pueden hacer que nuestros pies se cuarteen y consigan la dureza que les dará la posibilidad de pasear, llegado el momento, por los últimos textos que aquí aparecen.

Francisco Ferrer Lerín puede no ser un autor fácil, de prosa simple y poética lineal, pero eso no es el motivo que nos ha traído aquí. No pretendo, pues, desanimar al respetable a alejarse del libro, sino todo lo contrario. La fuerza, que con simples palabras colocadas con la precisión de un cirujano en pleno trabajo de autopsia, que destilan las pequeñas tormentas encontradas dentro de los relatos de Mansa chatarra conviven con el remanso de paz y control que requieren la serie “Domicilios” o  con la sexual experiencia en la serie de relatos “Sueños” que son los que convierten a una literatura llana en escarpadas montañas donde subir y bajar, impidiéndonos detenernos, observar el paisaje y creer que estamos a salvo. No lo estamos, y esa es la verdadera naturaleza de lo que se escribe. Y no lo estamos, a salvo digo, porque además lo que necesitamos es vernos en peligro, en un peligro lo suficientemente cercano al precipicio que nos haga saltar o quedarnos donde estamos, pero en ningún momento nos mantenga parados

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