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Mis documentos, de Alejandro Zambra

Mis documentosEn ocasiones da la impresión de que leer a Alejandro Zambra se asemeja a pasar la noche en un bar escuchando a un buen amigo. Unos tragos tranquilos, la luz baja, su voz monocorde abordando historias familiares, que pueden ser las propias hasta que un detalle, un destello diferente, ilumina el relato por un momento y luego se pierde de nuevo en el torrente de la narración. Esa aparente sencillez consigue libros en los que la ficción y la biografía se confunden, falsamente ligeros, perfectamente decantados. Ya era esta la impronta que me habían dejado sus novelas (Bonsái, La vida privada de los árboles, Formas de volver a casa) e incluso la película hecha a partir de la primera, y es la que también se extrae de Mis documentos, un conjunto de once relatos que lleva unos años dando vueltas por las librerías y ahora llega a los Compactos de Anagrama.
La era del ordenador personal, entre los ochenta y el principio de los noventa, nos trajo más que nunca la impresión de que podríamos poner un orden perfecto en nuestra vida. Los que fuimos adolescentes entonces, nacidos en la incertidumbre del correo postal y las fichas bibliográficas, tuvimos ese fugaz convencimiento al descubrir la carpeta de “Mis documentos” en nuestros PCs, y fuimos acumulando en ella, arrastrada de ordenador en ordenador, retazos sueltos de ese todo que llamamos vida. De igual manera se configura este volumen: astillas que parecen salir de un árbol común y han terminado en la misma caja, pero que pueden haber sido arrancadas de distintas partes del tronco en momentos muy diferentes de tiempo. Anotaciones, fotografías, pedazos de memoria en el sentido más amplio, el que no solo trata de nosotros mismos sino de los que eran como nosotros en un determinado momento del tiempo, algo que desborda el corsé de la biografía. Porque no hay que perder de vista que en todas las historias hay algo de inventado, y nunca sabemos con Zambra dónde está la línea.
Uno de los aspectos más positivos de las colecciones de relatos es la posibilidad de hacer borrón y cuenta nueva con el final de cada uno. El chileno no renuncia a su voz, íntima, calmada y profunda, con un toque de humor, pero aprovecha la ocasión para picar en temas muy diversos. Reflexiones sobre la familia, el hastío de pareja y el oficio de escribir se mezclan con digresiones sobre el tabaquismo, el fútbol o el sentimiento patrio de los chilenos, sin que el conjunto se resienta dada la brevedad de cada excursión. El nexo común, además del estilo, es la memoria, y la tecnología se configura como el hilo que las atraviesa y las ata a esta carpeta particular en la que han quedado definitivamente fijadas. Relato por relato, “Vida de familia”, la desventura de un cuarentón sin propósito en la vida que hace nido en una casa prestada, sobresale sobre el resto, y quizá solo cojea “Instituto nacional”, demasiado abandonado a la acumulación de nostalgias sin enlazar.
En los tiempos que corren, tan inclinados al ego, la autoficción lleva tiempo subida a la cresta de la ola literaria que comienza a cansar. Por otro lado, siempre quedarán caminos casi imposibles de tomar desde otro punto de partida que no sea la primera persona. La memoria es uno de ellos, y por eso Mis documentos tiene mérito literario y lo seguirá teniendo más allá de las modas y sus ciclos. No representa ni mucho menos los cimientos del edificio literario de Zambra, sino una de las ventanas desde las que mejor espiar el interior. Pero con eso basta.

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