Soy la Malinche

Reseña del cómic “Soy la Malinche”, de Alicia Jaraba

Quizás cómics como Soy la Malinche son la mejor oportunidad para hacer una profunda revisión decolonial y con perspectiva de género de la historia que nos han contado, que poco o nada tiene que ver, en ocasiones, con lo acontenido. Las lógicas de poder donde han interseccionado el sexo, la etnia, la edad o la clase quedan reflejada en el hecho de que una esclava hable al mismo nivel que Moctezuma, en un lugar y un tiempo recogido en los libros de texto como aquel en el que las mujeres debían guardar silencio. Alicia Jaraba, la autora, intrigada por esta legendaria figura latinoamericana recorre algunos pasajes de su vida en Soy la Malinche, un cómic histórico de corte intimista.

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Pero lo primero es ubicarse. Estás en México, a comienzos del siglo XVI. Mayas, aztecas y otros pueblos indígenas habitan el territorio, cada uno con su lengua propia y su forma particular de entender el mundo. La Malinche nace y crece en uno de esos pueblos. Como hija de un cacique es libre. Al menos hasta los 10 años. Entonces es vendida como esclava a un noble maya. Sola, entre desconocidos, la usan trágicamente para trabajar el campo y satisfacer sus deseos sexuales. En torno a los 20 años de edad es “regalada” como obsequio a los invasores españoles, capitaneados por Hernán Cortés. 

Pero no volverá a ser una “simple esclava” al servicio de los hombres. Tomará el rumbo de su destino y del de su pueblo, convirtiéndose en intérprete y consejera de los españoles colonizadores, y con ello, en pieza clave de la mal llamada “conquista” de México. Gracias a su labor de traducción y a sus conocimientos de la realidad política y cultural local, la Malinche contribuyó a que los españoles se entendieran con los indígenas, e incluso formaran un ejército mixto para luchar contra el enemigo común, el totalitario Moctezuma. Esta heroína es un personaje histórico controvertido donde los haya. Unas personas la alaban como madre fundadora de México, otras la denostan como enemiga colaboradora con los invasores españoles. Incluso han logrado que la palabra ‘malinche’ sea sinónimo de ‘traidor/a’, como le atribuye el DRAE, que necesita una revisión urgente de sus sesgos. Soy la Malinche trata de indagar en lo que debió sentir y pensar la protagonista y cuestionarte el relato canónico.

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Siendo el oficio principal de la autora la traducción es destacado el valor que el cómic concede a las palabras, a su poder como lengua materna, a su capacidad para nombrar y crear mundo. Es curioso, por ejemplo, que el nombre indígena que le pusieron sus padres fuera Malinalli, que significa “hierba torcida”. ¿Por qué entonces le llaman la Malinche? La respuesta es grotesca, mezquina y otras faltas, pero así está contado en el cómic. Porque para usarla como esclava sexual y violarla sin incurrir en pecado (OMG), los españoles tuvieron antes que bautizarla. Diosas. Lo hicieron con el nombre de “Marina”, que pronto pasó a “Malina”, porque a los indígenas les costaba pronunciar la “r”. Además, en reconocimiento de su poder, la llamaban con la terminación “-tzin”, equivalente a “don” / “doña”, y así pasó a “Malitzin”. Pero como a los españoles les resultaba dificil esa “tz”, la reemplazaron por “ch” y se quedó en “Malinche”. 

Sirva esto para señalar la enorme presencia que tiene la lengua en Soy la Malinche. Sus páginas están atravesadas por muchas lenguas muy diferentes, y cada una es reflejo de una cultura y forma de pensar, como no podía ser de otra manera. El castellano que hablaba Hernán Cortés no tiene nada que ver con el maya, ni con el náhuatl de los méxicas o aztecas, ni con ninguna otra lengua indígena, pero también había diferencias significativas entre estas. Por eso, la lengua aparece como una barrera, pero también como un puente. Manda quien “toma” la palabra y las mujeres, en determinados grupos, tenían prohibido hacerlo. Por eso, sorprende que la Malinche sea “Celle qui Parle” (“la que habla”), como han titulado en Francia el cómic Soy la Malinche.

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