
Hace cuarenta años, de Maria van Rysselberghe

Una hermosa y sencilla historia de amor narrada desde una sensibilidad diferente.
Me gustaría que el recuerdo de mi felicidad
perdurara más allá del tiempo.
André Gide
¿Tienen los artistas algún tipo de sensibilidad especial de la que carecemos el resto, algo que les permite no solo crear, sino también vivir de manera diferente? De ser así, eso explicaría por qué Hace cuarenta años sobresale por encima de otros cientos de historias autobiográficas similares sobre amores imposibles.
Lo digo porque a mí, en principio, los relatos decimonónicos de amantes desesperados, desgarrados por tener que elegir entre seguir a su corazón o comportarse como los decentes burgueses que se supone que son suelen desesperarme un poco. En cuanto empiezan a acumularse páginas y páginas de ¡oh! amada mía, te adoro, pero no soy digno de tu amor y ¡oh! querido mío, sólo de pensar que algún día podrías sostener mi mano entre las tuyas me siento desfallecer, a mí me entran unas ganas terribles de gritarles ¡oh!, pánfilos míos, decidíos ya de una vez, que no tengo todo el día.
Sin embargo, el breve relato con el que Maria van Rysselberghe trata de rendir homenaje a lo que sintió cuatro décadas antes me ha resultado encantador, entre otras cosas porque no tiene nada que ver con el estereotipo romántico del amor irrealizable. ¿Será precisamente porque los implicados fueron personas profundamente ligadas al mundo del arte y poseían esa rara sensibilidad a la que me refería al principio?
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