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Gregario, de Charly Wegelius

Gregario

GregarioNos gustan las historias de héroes, aquellas con las que somos capaces de rozar el aroma de la gloria que nunca alcanzaremos. Nos encantan las de perdedores también, tan catárticas, que nos recuerdan que perseguir la cima y no alcanzarla puede ser algo más doloroso que una vida anónima. Charly Wegelius, ciclista profesional, no fue durante su carrera ninguna de las dos cosas. Ni tan bueno como para subir a un podio de los Campos Elíseos ni tan malo como para que se escribieran sobre él bellas historias trágicas. Fue, la mayoría de las veces, uno más. Un corredor de equipo, un trabajador, que ayudaba a su líder en momentos determinados y el resto se perdía entre el centenar largo de cuerpos anónimos que componen un pelotón ciclista. Y sin embargo su biografía, Gregario, que acaba de publicar Contra, no tiene desperdicio.

El ciclismo no ha sido nunca un deporte maltratado por las letras. Al contrario de lo que sucede con otras disciplinas, en las que los buenos libros se pueden contar con los dedos de una mano, podría decirse que la bicicleta ha dado al menos uno o dos clásicos por generación. A pesar de ello, en los últimos años los temas de los libros más conocidos parecían estar reducidos a dos: las biografías de grandes corredores (actuales y pasados) o la descripción detallada y descarnada del dopaje que guardaban las estrellas bajo la alfombra. Por eso agradezco enormemente que haya aparecido un Charly Wegelius en mi vida y que, sin dejar de lado estos dos extremos de la cuerda, me haya regalado ciclismo del bueno en forma de memorias.

Uno de los aciertos principales de Wegelius es el tono. Coloquial pero correcto, directo pero sin perder las formas. Con la impresión de ser alguien que comienza contando un cuento y a mitad de camino se da cuenta de que termina mal, pero no puede dar marcha atrás. Porque la biografía este británico de ascendencia finlandesa, un bicho raro en el pelotón, parece el reverso de Cenicienta. Es una historia plagada de hoteles con cucarachas en el Tour, de ciclistas arruinados, de resultados amañados. De pequeñas alegrías anónimas, soledad y dolor de piernas. En resumen, según sus propias palabras, de que el ciclismo profesional, precisamente “no es un puto cuento de hadas”.

Gregario se estructura más o menos cronológicamente siguiendo el ascenso de Wegelius en el escalafón ciclista. Pasa de ser un juvenil que venía de un país “extraño” para el ciclismo en ruta a un gregario cotizado y querido en los mejores equipos. Eso sí, cuanto más asciende Wegelius, siempre a la sombra de los líderes, más piensa en la futilidad de su esfuerzo y más nota la mierda que le rodea. No es todo negro para él, que no escatima en comentarios elogiosos a aquellos que le ayudan por el camino (uno de ellos Tom Southam, coautor del libro). Pero tampoco deja de lanzar recados a quienes le hicieron la vida más cuesta arriba, y entre los que se puede citar, por ejemplo, a Cadel Evans y a los responsables de la federación británica. Eso sí, quien sale peor parado de las críticas es el propio Wegelius: otro de sus puntos fuertes es la capacidad para la autocrítica, algo que da al libro mayor aire de sinceridad. Resulta especialmente llamativo y jugoso el capítulo en el que explica cómo se deja comprar durante un Mundial, uno de los episodios más embarazosos de su carrera. Encuentra una explicación lógica y nos la ofrece, pero también asume que representó, quizá, el mayor fallo que cometió en sus años de profesional. Más incluso que su propio caso de dopaje, o casi dopaje, o nada de eso (lean el capítulo 7 y saquen sus propias conclusiones). En ese sentido Charly Wegelius no señala a nadie, así que no dispara con bala en cuanto a una de las “patatas calientes” de todo libro ciclista, pero tampoco le duelen prendas en hablar de ello bastante abiertamente.

Quizá habría que esperar una réplica de alguno de los aludidos para comprobar si el cien por cien de lo que cuenta Wegelius sucedió tal cual. Hasta entonces, si nadie lo remedia, Gregario me parece un libro de diez que, aviso, solo disfrutarán de verdad los aficionados al tema. Una buena manera de pasar el “mono” que queda siempre después del Tour. Y, por qué no, de mirar de otra manera el podio final, entornando los ojos para atisbar más allá del fulgor del amarillo.

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Cartas a Eva Haldimann

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Cartas a Eva Haldimann, de Imre Kertész

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Cada vez que leo libros que reproducen diarios, cartas o memorias, me invade una mezcla de sentimientos. Por un lado, me imagino como uno de esos voyeurs que indagan en la vida ajena sin ningún miramiento. Por el otro, me creo un lector obsesionado por saber algo más sobre uno de mis autores preferidos. E Imre Kertész lo es. No sé por qué, no hay una razón aparente. Pero desde luego, desde que hace años leí uno de sus libros tuve la necesidad de saber más cosas sobre su vida, sobre su situación personal, sobre aquello que le hizo escribir palabras tan bellas como las que aparecían en “Sin destino”, uno de los relatos más sinceros sobre el holocausto y que creó en mí una especie de obsesión por aquello que contaba. Eso suele pasarme con pocos autores, de hecho, diría que solamente me ha sucedido con dos en toda mi vida, por ello, cuando leí las “Cartas a Eva Haldimann” me senté tranquilamente en mi sofá, cogí sus páginas entre mis dedos y mis ojos empezaron a posarse por la vida del autor que, hace tiempo, me causó un gran impacto… en el corazón.

Porque en un compendio de cartas puede suceder cualquier cosa. Y así, mientras Imre Kertész desmenuza su labor editorial, su profesión como escritor, aparecen las sombras del antisemitismo, de la xenofobia, y del dolor que supone, en pleno siglo XX, haber sido un superviviente de uno de los más horribles crímenes de toda la historia.

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Una vida

Una vida

Una vida, de Simone Veil

Una vida

La vida es más que un libro. No alcanzarían las páginas para escribir todos los momentos que vivimos, las personas que conocemos y los momentos en que fuimos felices y tristes. Se suele decir que todas las vidas son igual de importantes, las anónimas y las conocidas. Sin embargo, hay vidas especiales que, por suerte, pudieron plasmarse en un libro aunque esa tarea parezca imposible.

Simone Veil no es  sólo  una mujer. Es una persona que atravesó por mucho más de lo que alguna vez podríamos imaginarnos. A los 83 años tomó todas sus vivencias (que no son pocas, y muy deslumbrantes) y las plasmó en un libro que se llama Una vida, como si la de ella pudiese compararse con la mía, por ejemplo.

¿Por dónde empezar con la vida de Simone Veil? Tal vez podríamos comenzar por la parte de su familia. Una niña que creció con otros hermanos en Francia, en una familia que, como define la misma escritora, eran judíos y laicos. Sin embargo, ninguna clasificación permitió que pudieran escaparse de la persecución nazi  cuando llegó la Segunda Guerra Mundial. Su familia fue separada y enviada rápidamente  a campos de concentración. Sería imposible escribir en esta reseña lo que tuvo que atravesar esta mujer en esos campos donde el aire parecía imposible de respirar. Un lugar lleno de odio, muerte y esclavitud.

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