A pie de página. Placeres en el desierto de la lectura

Reseña del ensayo “A pie de página. Placeres en el desierto de la lectura”, de Fernando Castro Flórez

Todo lo que he leído, sin excepción, del que fuera uno de mis profesores de Estética en la UAM a finales del siglo XX, jamás me ha decepcionado. A pie de páginaPlaceres en el desierto de la lectura, no iba a ser menos. ¿Es otro canon de literatura? ¿Otro académico escribiendo sobre los libros que le gustan? Si se ha pasado esa sospecha por tu mente, está claro que nunca ni le has leído ni le has escuchado.

Editorial tradicional y autopublicación Libros y Literatura

Para empezar el libro editado por La caja books, el autor se declara un copista, que hizo sus pinitos intelectuales pegado a la Espasa Calpe de la biblioteca de Plasencia. Sorprendente leer este comienzo cuando tanto sus clases como sus proyectos artísticos como sus infinitas conferencias si algo no han sido son una burda copia, un pastiche o peor, una vulgar repetición. ¿O este es otro prejuicio de una posmodernidad líquida y gaseosa a la vez? Este tono humorístico, cínico y sarcástico es su marca, que dirían los neoliberales. No se le puede tomar en serio ni menospreciar el absoluto rigor con el que escribe.

¿Has escrito un libro y quieres que lo leamos?

En esta ocasión cada ¿capítulo? ¿escena? (me cuesta clasificar las entradas de su no-índice, aunque aparezca en la primera página como “índice”) gira en torno a un aspecto de la experiencia poliédrica de la lectura, que es el anverso o el reverso de la escritura. O como dice, esta acontece en la grieta de las otras. “Ciertamente, no se trata ni de lo propio ni de la propiedad, sino de una impropiedad que enlaza lectura y escritura (…) Me esfuerzo en poner en juego las diferencias textuales para poner en pie otras páginas” (33). LOVE. Como ávido lector muy gafas que ha podido incluso con Hegel, abre muchas posibilidades lectoras, existenciales incluso mundos. Si pecas de esa enfermedad que él reconoce no padecer, de la bibliofilia, es decir, comprar, acumular, consumir y no leer, te aconsejo que no lo leas porque te va a crear necesidades. Y lo sabes.

Me emociona leerle de nuevo y rememorar ese mítico día en que nos trajo la noticia publicada en un periódico nacional de cuyo nombre no me da la gana acordarme, que contaba cómo el muñeco de Piolín del Parque de la Warner de París, si no recuerdo mal, había recibido una paliza. La moral no asomó ese día a clase, al menos no ensució la mirada estética ni la capacidad de disección de cada fenómeno que tiene Fernando Castro. Quienes estábamos en clase recurrimos a esos comentarios cada vez que perdemos el norte como personajes amantes de la filosofía. Pero de la que nos gusta. “Se trataba de leer de otra manera o, por lo menos, de trazar líneas de fuga de un canon filosófico que exigía obediencia absoluta” (p. 28).

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