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Aracnefobia, de Celia Añó Espí

Aracnefobia

Aracnefobia

Esta es mi primera reseña como miembro del jurado de los Premios Guillermo de Baskerville 2019 en la categoría de Novela Corta. El propósito de estos premios es aumentar la visibilidad de aquellos libros publicados en editoriales independientes que no gozan de tantos medios como las grandes para promocionarse, y como en Libros y Literatura nos gusta dar a conocer a todo tipo de autores, acepté la propuesta de Libros Prohibidos de valorar y reseñar a sus tres finalistas. Comencé mi labor leyendo Aracnefobia, de Celia Añó Espí.

Los protagonistas de esta novela son Aracne, la refinada hija de la Viuda de Armeló, y Adrien, el encargado de protegerla. Estos dos jóvenes se odian desde el primer día, pero el clímax de su animadversión tiene lugar en la Noche de Brujas.

La sinopsis ya marca el tono de la novela: «Quizás Aracne no le echó un ojo como debía a su sirviente. Quizás Adrien no tuvo mucha mano al tratar con esa chica caprichosa». Si no has leído Aracnefobia, seguramente no notes la ironía de estas palabras, pero ya te la explico yo: Aracne es ciega y a Adrien le falta un brazo.

Que los dos protagonistas tengan una incapacidad es algo rompedor, sobre todo porque la trama no se centra en ello: es solo una característica más que define sus formas de ser y de proceder. Pero enseguida me di cuenta de que ese no era el único elemento que hacía que esta novela corta fuera diferente: después del capítulo uno, ¡iba el dieciocho! Me sentí desconcertada. Por un momento, me temí que hubiera un fallo en mi libro digital. Sin embargo, seguí leyendo y, cuando al capítulo tres le siguió el diecisiete, lo entendí todo: Aracnefobia se narra en dos líneas temporales. Por un lado, la versión de Aracne avanza cronológicamente. Por otro lado, la de Adrien se desarrolla en sentido inverso: del final al inicio. De este modo, lo que va a pasar queda relegado a un segundo plano y lo que verdaderamente atrapa al lector es saber por qué cada uno de los personajes ha llegado a ese extremo.

Por supuesto, las versiones de ambos personajes son diferentes y sesgadas. La realidad de Aracne la conocemos a través de todos los sentidos, excepto el de la vista, que es el que suele predominar en cualquier obra. Celia Añó Espí ha sabido plasmar esa otra forma de percibir el entorno, que a mí me ha hecho sumergirme mucho más en la historia. Y las dudas que me suscitaba la protagonista femenina las expresaba Adrien, que se preguntaba qué había ocurrido exactamente en la mansión durante la Noche de Brujas, pero que no tenía ninguna duda de que Aracne debía pagar por ello. Y, al encajar las piezas de una y otra versión, fui sabiendo más (aunque no lo suficiente) de la enigmática Viuda de Armeló, venerada por todo el pueblo porque obraba milagros a favor de quienes se los pedían, a cambio de sacrificios demasiado grandes que les marcaban el resto de sus vidas. Merecería un libro para ella sola.

Cuando concluí la lectura de Aracnefobia me planteé si de verdad se necesitaba esta estructura compleja para narrar el desencuentro entre Aracne y Adrien o solo era un alarde de la autora. Y tras darle vueltas durante varios días puedo afirmar que es precisamente esa estructura la que hace que esta novela corta se quede en la cabeza: exige una lectura concentrada, nos hace redescubrir una y otra vez a los personajes y que nos fijemos en el camino, olvidándonos del desenlace. Sobre todo, demuestra que el héroe de una historia puede ser el villano de otra, porque cualquier cuento tiene dos caras y múltiples verdades. Y en esa riqueza de matices está el valor de las buenas historias. Por transmitirme esas sensaciones y por descubrirme el Proyecto Válidas de Literup, una iniciativa para mostrar protagonistas con incapacidades, ha sido una gozada leer Aracnefobia, de Celia Añó Espí.

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