
Llevo delante del ordenador más de una hora. Pensé que me resultaría muy fácil escribir esta reseña. Pero no. Llevo más de sesenta minutos mirando la barrita intermitente del procesador de textos. Como si estuviera esperando a que mis dedos comenzaran a deslizarse por el teclado y escribieran algo con sentido. Llevo más de un mes pensando en esta reseña, a pesar de que no fue sino hasta ayer que terminé el libro. Desde que empezara el año pasado, he escrito unas cuantas reseñas ya, pero esta es especial. Esta tiene que ser perfecta. En esta me tengo que dejar el alma.
El otro día me preguntaron que si en mis reseñas decía la verdad o si usaba mi imaginación para hilar algunas de las historias de los libros. Os puedo decir que, más o menos, el noventa por ciento de lo que escribo es totalmente cierto. Todas las reseñas las baso en mis experiencias personales, aunque a veces la imaginación que surge al estar delante de un papel en blanco hace que experimente con otras técnicas. Pero hoy os vengo a contar la verdad. Pura y llanamente.
La semana pasada volví de un viaje inolvidable. Pasé unos días en Kenia, viviendo experiencias que ni siquiera podría haber soñado. Con la ocasión del viaje, decidí leer Memorias de África. Era el momento, ya que tampoco había visto la película. Mi intención era leerlo antes del viaje, pero por unos motivos u otros, no pude. Así que lo leí en España, al regreso, con los sentimientos todavía a flor de piel. Y es la mejor decisión que podría haber tomado.
Isak Dinensen es el seudónimo tras el que se esconde la baronesa Karen Blixen —Meryl Streep en la adaptación cinematográfica—. En el libro nos cuenta la aventura que vivió al buscar su futuro en África, una tierra lejana y desconocida que aportaba tantas oportunidades como desgracias. Allí, todo lo vivido y aprendido en Dinamarca de poco serviría para sobrevivir entre las costumbres de las tribus de Kenia. Tendría que aprender a adaptarse y a entender aquella maravillosa tierra que tanto le prometía.
Después de una semana en España, todavía cierro los ojos y puedo ver la sabana de Masai Mara, con Serengeti como lejano horizonte. Puedo sentir la lluvia densa y tropical que limpió el cielo de una Kenia que rezaba por ver el agua de nuevo. Puedo oír los cánticos de bienvenida que los masáis nos regalaron cuando nos acogieron en su poblado durante unas horas. Puedo revivir el miedo que sentí al atravesar en barca el lago Naivasha, donde viven decenas de hipopótamos. Puedo ver de nuevo la puesta de sol a través de las acacias y la inmensidad infinita del territorio Kikuyu.
Y lo mejor de todo es que al leer Memorias de África volví a experimentar todas esas sensaciones de nuevo. Karen Blixen es una magnífica narradora, que parece tener una facilidad enorme para ponernos en su piel y enseñarnos a través de su pluma lo que sus ojos veían. Mujer blanca y cazadora en un territorio de hombres negros, supo agradecer todo lo que Kenia le dio. Luego aparecería Denys Finch-Hatton —ya sabéis, Robert Redford—, un cazador profesional, que sería un pilar imprescindible en la historia de Karen.
No sé si es el libro ideal para aquellas personas que estén buscando una historia de amor como las de antes. Aquí, la protagonista, es la ambientación. Karen nos describe Kenia con profundidad, tanto que es capaz de transportarnos allí. Hace un trabajo que bien podría ser considerado de investigación, mediante el que nos hace cómplices de la vida en la tribu. Nos explica con asombrosa exactitud las diferencias entre la tribu Kikuyu y la Masai. También entre las tribus del norte, las de Somalia. Tribus tan cercanas y a la vez tan distintas. Religión, costumbres, aprendizaje, cultura… todo diferente.
Si no conoces Kenia, es una oportunidad maravillosa para dejarte cautivar por sus paisajes de la mano de Karen. Si has tenido la suerte de pisar sus tierras y descubrir sus sabanas, leer este trocito de literatura contemporánea te ayudará a revivir todas aquellas sensaciones que seguro se quedaron grabadas en tu piel. Yo todavía necesito bajar de la nube. Asumir dónde he estado, qué he visto y qué he hecho. Aunque en mi mapa ya he puesto una banderita en este país tan increíble, todavía no he asimilado el hecho de que yo haya estado allí. Me imagino que, cuando viajas a un sitio tan mágico, al final parece que todo ha sido un sueño. No sé si he cumplido mi objetivo de dejarme el alma en esta reseña, pero os aseguro que la he escrito con los pelos de punta, reviviendo cada segundo que respiré en aquella lejana tierra y teniendo la esperanza de que, si esto ha sido un sueño, todos los que vengan sean así.




Así que érase una vez un pueblecito noruego perdido en el fondo de un fiordo. En él, dos hermanas continúan la labor de su padre, un recto pastor puritano que logró mantener unida y en paz a toda la comunidad durante décadas. Educadas en la más estricta austeridad, su única misión en la vida ha sido prolongar la labor del padre a través de continuas obras de misericordia. Por eso, cuando una noche aparece en su puerta una joven, empapada y asustada, buscando refugio, se ven obligadas a acogerla. La misteriosa joven, una francesa llamada Babette, ha perdido a su familia en la revuelta de la Comuna de París y no tiene dónde ir. El hecho de ser extranjera, y quién sabe si también una revolucionaria, despierta inevitablemente el recelo de las hermanas y la comunidad, pero es un sacrificio más por el prójimo que deben hacer. Aún así, pronto la joven se ganará el corazón de todos los feligreses con su sencillez y abnegación. Trabajando incansablemente, con fidelidad y entrega absolutas, Babette se convertirá, con el paso de los años, en la sombra de las dos hermanas. Y de repente, después de quince años prestando sus servicios en silencio, Babette pide un favor a sus señoras: quiere preparar una cena especial para toda la comunidad. Este inocente gesto va a conmocionar a toda la aldea y se va a convertir en la semilla de un transformación tan profunda como maravillosa.