
Ella, Drácula, de Javier García Sánchez
Hablo mucho, demasiado incluso, de mis autores fetiches. Y es curioso porque, de un tiempo a esta parte, sólo he hablado en una ocasión de Javier García Sánchez, un autor poco conocido en el país, o al menos no en los círculos donde todo es boato y fuegos artificiales, y nos regala en ocasiones, pocas, muy pocas me atrevería a decir, historias que llegan a un rincón al que es muy difícil que consigan llegar los autores. Él consigue abrirse paso por un camino que en la vida, cuando leemos, se nos antoja casi como un regalo, como uno de esos presentes envuelto en papel de regalo y que necesitamos descubrir con todo ese entusiasmo que sólo dan las grandes historias que, de vez en cuando, llegan para quedarse. En el terreno de la literatura, abonado en ocasiones por minas que nos explotan en la misma cara, es una satisfacción encontrarse con historias que, a pesar de parecer riscos escarpados, nos llevan de la mano para que podamos apoyarnos como debemos por los salientes que la vida nos regala. Hablo, ya lo he dicho, mucho, demasiado, de mis autores fetiches. Pero eso no implica que no se lo merezcan, que no haya una razón poderosa para que yo hable y hable y no me canse. Porque lo que aquí traigo hoy es una historia que, a pesar de haber sido leído hará hoy ocho años, sigue tan vigente y tan fuerte en mi cabeza que es imposible que se vaya de mi mente. Porque bastó una palabra, bastó un nombre, para hacer que el mundo se detuviera y cayeran todas las barreras que se habían creado cuando la literatura no conseguía salvar la desazón de estar creciendo a una rapidez que no debía ser. La magia de este autor es lograr, con el noble arte de enlazar frases, crear una historia que describe el alma humana, la oscuridad que reina en su interior, y todo con un simple personaje.

