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Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares

Dormir al sol

Dormir al sol¿Sabes esos autores que parece que siempre te persigan pero que, por encontronazos del destino o regates que te da la vida sin ningún tipo de razón o causa o previsión evidente, todavía no has leído? Pues hoy voy a hablar de uno de ellos. Y voy a hablar de él porque por fin la vida se ha dejado de regates y me lo ha plantado delante en forma de “novedad”, aunque mejor sería decir como relanzamiento en formato bolsillo por una editorial experta en este tipo lanzamientos: Alianza. El autor en cuestión es Adolfo Bioy Casares, y el libro, Dormir al sol, publicado originariamente en 1973. Ya lo avanzo: encontronazo perfecto.

Dicen de Dormir al sol que es una de sus obras cumbre, enclavada en un segundo periodo artístico que tuvo el argentino y que hacía que sus nuevas novelas desprendieran un aire en cierta medida fantástico. Pero claro, tenemos que coger con pinzas ese término, “fantástico”, porque la fantasía aquí dentro es más un leve e inesperado quiebro a la realidad que otra cosa más esperable como podría ser magia, brujería o elementos paranormales. No, aquí todo es costumbrismo en un barrio de Buenos Aires, todo es indagar de forma genial en el interior de un hombre, Lucho Bordenave, explorar el pantanoso camino del amor, entrar de lleno en la vida con mayúsculas. Y en cierto momento, pam, lo fantástico. Con unos diálogos que ya en sí mismos podrían ser arte, Bioy Casares nos presenta aquí a ese tal Lucho Bordenave, quien está escribiendo una carta (que ocupará aproximadamente el 95% de la novela) a alguien que por el momento no sabemos quién es pero a quien quiere convencer de que es verdad lo que cuenta. ¿Y qué es lo que cuenta? Pues a eso vamos.

Bordenave empieza a relatar a esa persona (luego resultará ser un amigo de la infancia, quien contesta a su carta con otra carta, en ese 5% restante) su historia de amor con Diana, su esposa. Sabemos que Diana estuvo ingresada de joven en un psiquiátrico, sabemos que Lucho se sabe «un lerdo» y por eso habla como tal, sabemos que su mujer tiene comportamientos extraños, que Lucho se pregunta constantemente si de verdad la ama. Durante ese cuestionamiento íntimo aparece Standle, un adiestrador de perros alemán. Se me olvidaba comentar que una de las obsesiones de Diana son los perros. Quiere uno, siempre ha querido uno; pero no lo tienen. Aparece Standle y la convence con sus batallitas sobre perros. En ese convencerla Diana se va con él y, sorprendentemente, acaba ingresada en lo que durante toda la novela se llamará el «Instituto Frenopático». Lucho no comprenderá el porqué de aquello (nosotros tampoco) y a partir de ese momento todo será un echar de menos a Diana y un intentar recuperarla a toda costa. Entre medio, Lucho comprará un perro que, casualmente, se llamará Diana. Tras muchos quebraderos de cabeza, recuperará a su mujer, pero ya no será la misma. Y será entonces cuando el pobre Lucho, a quien amaremos y odiaremos por partes iguales, descubra que los doctores del Frenopático lo que han hecho con su Diana es ponerle el alma de otra mujer, una mujer a quien habían educado en la vida de Diana, una mujer mucho más sumisa. Sí, es extraño. Ahora entendemos aquello de «fantástico», ¿verdad?

Pero claro, han cambiado a Diana, y ya no será la misma. En principio, todo tiene que ir mejor para Lucho, o eso le han prometido. Su mujer ya no tendrá esas obsesiones que tenía antes, ya no se marchará de casa sin avisar, ya no lo tratará como le trataba. Y todo eso es cierto, pero quizá Lucho se enamoró de aquella Diana, la de antes, la que tenía “taras”, como todos tenemos. Ahí está «la imposibilidad del amor» de la que se habla en la contraportada del libro como tema fundamental de la obra. La imposibilidad del amor pero también de la comunicación, porque todo será complicado para Lucho cuando quiera decir lo que quiere decir. Y todo le saldrá mal. Lucho acabará, también, ingresado en el Frenopático. Y esto no es spoiler. Y podrá escapar. Y pasarán más cosas. Y todo en poco más de 200 páginas. Con suspense, intriga, filosofía y humor. Acaba todo con la respuesta a la carta. Y tu cabeza acabará de explotar.

Dormir al sol, que coge el nombre de una táctica que tiene el doctor del Frenopático para dormir (pensar que eres un gran perro estirado al sol en una gran madera que baja por un gran río y que te va meciendo y durmiendo), es, básicamente, una pequeña locura. Pero es una pequeña locura que encierra dentro de una simpleza sorprendente muchísimas cosas: verdades grandiosas sobre el amor, concepciones vigentísimas sobre las relaciones personales, pensamientos universales sobre uno mismo y sobre la vida tanto en pareja como en sociedad. ¿Quién somos cuando estamos solos? ¿Quién somos cuando estamos en pareja? ¿Quién somos cuando estamos en grupo? Esas máscaras, todas esas capas que puede tener un ser humano (o en este caso un hombre, porque, eso sí, se centra mucho en el hombre, quizá demasiado) las explora un «lerdo», y ese «lerdo» no te puedes imaginar cuánto te enseña. Y cuánto te va a enseñar. Porque Dormir al sol es uno de esos libros egoístas que se guardan enseñanzas para nuevas lecturas de ojos que ya han pasado por ellos. Leedlo todas las veces que queráis, la verdad es que es muy bueno.

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