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El cementerio de las tumbas vacías, de José Manuel García Durán

El cementerio de las tumbas vacías

El cementerio de las tumbas vacíasSi existe una herramienta como la navaja de Ockham que dice que la hipótesis más sencilla que explica todos los hechos es la correcta, igualmente debería existir una definición para saber cómo llamar a la hipótesis más hermosa que explica esos hechos. El cementerio de las tumbas vacías no es una tesis histórica, no lo pretende, pero sí que logra explicar un hecho cierto, el robo de la Mona Lisa, de la forma no sé si más hermosa, pero si más conmovedora posible. Y no porque José Manuel García Durán recurra a tramas complicadas, personajes heroicos o situaciones inverosímiles, no, la historia que nos cuenta es la de unos personajes sencillos que tal vez no supieron o no pudieron vivir su vida, pero que desde luego supieron amar.
Lo curioso es que esa capacidad de amar de estos personajes no les supone una felicidad deslumbrante ni duradera, se trata de una trama dura con momentos ciertamente tristes, pero aun así hermosos. Corríjanme si me equivoco, pero diría que con lo que he dicho hasta ahora de esta novela se podría construir una definición bastante aceptable del talento literario.
Pero empecemos por el principio, partiendo de un panteón en el que todas las tumbas están vacías, o al menos no contienen los cadáveres que le son propios, El cementerio de las tumbas vacías nos lleva de paseo por el Louvre, por el ambiente artístico de principios del siglo pasado, por el Nueva York emergente de entonces y por el París que era, sin duda, la capital artística y cultural del mundo. Y lo hace de la mano de algunos personajes reales, como Picasso, y otros inventados, algunos de cierto poderío económico, de ascendencia aristocrática, y de otros muy humildes. He aquí un hallazgo, uno piensa en el Louvre y piensa en los artistas y sus obras, en sus gestores y a lo sumo en sus visitantes, pero aquí aparece una cara a menudo desatendida, la de los ordenanzas, los vigilantes, las limpiadoras, en fin, unos trabajadores que en aquella época y en aquel ambiente lograron formar una familia cuyo nexo de unión era el amor por el museo y muy especialmente por La Joconde.
Y también explica el robo, que ocurrió realmente y que mantuvo desaparecida su obra insignia durante dos años. O más bien no el robo, que tiene poco que explicar y su sencillez es alarmante (quien espere una trama tipo Ocean’s eleven que se vaya olvidando) sino que cuenta una historia que podría explicar sus motivos. Una hermosa historia, juraría que lo he dicho ya.
No quiero contar gran cosa de la trama, no por desvelar hechos que interfieran en la lectura, no por quitarle intensidad a la intriga, verdaderamente podría ocurrir, pero no por trepidante y adictivo es literatura policiaca ni novela histórica al uso. Si no quiero extenderme mucho es porque disfruten de primera mano de las vidas de estos personajes sencillos que viven, que sueñas y que aman en El cementerio de las tumbas vacías. Uno disfruta viviendo el hervidero artístico de París, claro, pero no disfruta menos acompañando a Jean Claude y Ambroise en sus tareas de apicultura o siendo invitado a unas cenas de aniversario terriblemente mágicas.
Hay hechos y personajes históricos en esta novela, pero José Manuel García Durán los enfrenta de una manera muy literaria: no tiene el escritor la responsabilidad de explicar la historia, no tiene ni siquiera la obligación de encontrar la versión más bonita, triste, hermosa, conmovedora, terrible o empática de la misma. Lo que el buen escritor debe hacer es lograr que el lector viva la historia junto con los personajes, que la sienta con ellos, y yo les puedo asegurar que he tenido unos días a la Mona Lisa en mi casa y que he hablado mucho con ella. No me hagan mucho caso, pero juraría que me ha sonreído.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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