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El rey recibe, de Eduardo Mendoza

El rey recibe

Me ha gustado leer El rey recibe. Me gusta como escribe Eduardo Mendoza. Caí rendida a sus pies al leer La ciudad de los prodigios, un libro que llegó a mis manos casi por casualidad. Después llegaron poco a poco los demás, y todos y cada uno de ellos por un motivo o por otro me han parecido estupendos, aunque nunca he ocultado mi devoción especial por La verdad sobre el caso Savolta; alguien que puede escribir estas dos novelas en un intervalo de 10 años sin que un lector pueda asegurar cual de las dos se escribió primero, creo que dice mucho de la maestría y buen hacer de este autor que a día de hoy ha recibido todos los premiso importantes que se pueden otorgar en este país… Le falta el Nobel de Literatura, pero… todo se andará 😉

No crean que porque les hablo de estas dos novelas el resto las pongo en un segundo plano ¡Para nada! Verán, El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras, y sobre todo Sin noticias de Gurb, son libros estupendos que han llegado al público con facilidad, literatura que ha formado a muchos lectores en este país. Libros, además, entretenidísimos y siempre he pensado que es extraño que este estilo no se prodigue más en la literatura española y sus autores, teniendo en cuenta de donde han bebido, literariamente hablando, la mayoría de ellos.

Dicen que a Eduardo Mendoza le habían propuesto escribir sus memorias y que este podría ser el resultado. Está claro que no podía escribir unas memorias al uso, así que ha hecho lo que mejor sabe hacer, nos ha contado el tiempo que le ha ido tocando vivir desde la mirada de uno de sus curiosos personajes, uno que, en parte, bien pudiera ser él mismo.

Este primer libro se titula El rey recibe, y se centra en dos décadas, los años 60 y 70, y en dos ciudades, Barcelona, que es la ciudad que lo vio nacer y Nueva York, ciudad a la que escapó tras ganar una oposición como traductor en la ONU.

Decían que sería una trilogía, aunque el propio autor ha manifestado: “ya veremos. Estoy trabajando ya en la segunda entrega que no se demorará mucho en el tiempo. Pero al final igual son cuatro. No tengo prisa y escribiré lo que me dé la gana, como he hecho siempre. En principio, no quiero ir más allá del año 2000 porque creo que han de pasar 20 o 25 años para que la actualidad se convierta en novela”. Y es por esto que yo creo que en realidad más parece un largo libro dividido en partes en el que el autor nos va a ir narrando lo que él ha ido viviendo pero contado desde un singular personaje llamado Rufo que, como siempre, mirará su entorno con esa mirada crítica y sarcástica tan especial y que tan bien caracteriza a este autor.

Es curioso, en relación a Mendoza opino como Juan Marsé: “Me gusta Mendoza porque nunca desatiende los problemas esenciales del oficio: la claridad, la vivacidad, la intención, el humor y el sentido común literario” ¿Ven?, ¿se puede decir mejor? Yo no sería capaz…

Otra de las cosas que le dan personalidad propia a El rey recibe, son esas frases intercaladas en los diferentes idiomas que el autor domina a la perfección, frases que si se traducen aportan mucho del pensamiento del autor, imagino, pero que nada le quitan a la historia si el lector desconoce el idioma y prefiere no traducirlas. En mi caso he tenido que utilizar el traductor en alguna que otra ocasión.

Es cierto que Mendoza nos va a pasea por los años setenta en Nueva York, y por ello seremos testigos del inicio de la igualdad racial, el feminismo, el surgimiento del movimiento gay, y que en relación a España nos mostrará al elenco de personajes famosos de los últimos años del régimen, pero que nadie venga a buscar a un Galdós, porque no lo encontrará, porque lo que de verdad importa a la mirada de Eduardo Mendoza no son tanto los hechos como la forma en que los viven los personajes a través de los que nos los hace llegar la historia. Es la forma, es el fondo y son los peculiares personajes lo que hacen siempre diferente una narración de este autor.

Un comentario en “El rey recibe, de Eduardo Mendoza

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