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La suerte de Omensetter, de William H. Gass

La suerte de OmensJusto hoy debuto en el blog. Tranquilidad, trataré de ser muy breve. Pero, no obstante, y para ir cogiendo confianza con usted, antes le contaré algo. Puede llamadme Lalo Cura.

Un día cualquiera hará cinco, seis años o incluso siete, mientras yo hacía que hacía un informe, pero en realidad lo que hacía era leer reseñas de la gente de LIBROS Y LITERATURA, William Faulkner entró de repente en mi despacho y literalmente me abofeteó el trasero delante de la señora de la limpieza. «Déjate ya de historias, chaval», dijo con voz ronca. «Me das pena y tal», y luego se fue. Desde entonces, Faulkner es el nuevo jefe y yo, efectivamente, me he dejado de historias y hasta de fumar.

Siguiendo los extraños pasos del señor William, cogí la línea 6 de metro y entre estación y estación, me encontré con otro William. Gaddis. También conocí a John Barth y a Donald Barthelme entre otros. Gente rara y difícil que me zarandeó que no veas hasta hacerme caer llegando a la Avenida de América. Descolocado y sin entender nada de nada, quise subir a la superficie de mis tranquilas e inofensivas lecturas de antaño para coger un poco de aire contaminado, pero aparecí en el condado de Yoknapatawpha, en Missisipi, por donde pululaban hombres rudos de los que llevan tirantes grasientos, almas todas ellas dolientes y lejanas, hechas de fuego y de una ira que palpita en la frente cuando escupen tabaco y se limpian el sudor y el calor del campo con sus enormes pañuelos. Sonaba un inconfundible blues del Delta, creo que era Midnight Special”. Me abrazaron y me hicieron caricias y de todo.

Allí, o muy cerca de allí, conocí después a otro William, el tercero. Gass (que no Gaddis). Ese del que hoy le quiero hablar a usted. La Navaja Suiza nos presentó y ya va para dos años. «¿Dónde estoy?» recuerdo que le dije. Estás “En el Corazón del Corazón del País” muchacho, me dijo él, pero yo aún no lo entendía muy bien. Solo sé que me atrapó su lírica voz, su memoria, sus inquietantes escenas, su frío relatar y su cadencia imposible. Me había sentado para siempre al fuego de aquella mágica forma de contar historias pero después de aquel encuentro, aunque le busqué con ahínco por aquí arriba, solo encontré cantantes que hacían poesía, o puede que al revés o puede que nada.

Y entonces he aquí que, ¡oh, Señor!, ¡oh, Mártires indies que nos traéis droga pura! Hace unas semanas, por fin tuve suerte. La Suerte de Omensetter, la llaman. Los de La Navaja lo habían vuelto a hacer, sí, así que Gass y yo volvimos a vernos. Yo, más viejo, sí. Él, por el contrario, mucho más joven. Debutando de hecho.

Entonces me volvió a hablar de aquellos hombres rudos y desesperados del Sur de Estados Unidos. De Gilean, en Ohio. Y me presentó a Israbestis Tott, el viejo cartero del pueblo y a Henry Pimber, lleno de amor y de penas. Y a Jethro Furber, pieza principal de la historia, el atormentado reverendo de Gilean. El envidioso y maligno cura de Gilean. Loco y salido hijoputa. Simplemente, puede que un niño infeliz. Enseguida todos ellos se pusieron a hablar a la vez. Del bien y del mal, del amor y de la memoria y del sexo y el deseo, por supuesto que de la muerte y sin duda, de Bracket Omensetter. A veces dialogaban (y de qué manera lo hacían) pero otras me susurraban sus miedos y desvaríos al oído. Otras más, incluso, hacían las dos cosas a la vez.

Todos quisieron contarme a su manera quién era en realidad aquel extraño ser (cuyo apellido significa “el que trae los presagios”), ese negro que un día de primavera llegó al pueblo arrastrando una vieja carreta llena de cachivaches, con una mujer embarazada y dos niñas mezcladas entre aquella montaña de trastos. ¿Quién era y sobre todo a qué se debía la suerte de Omensetter?, ¿era un elegido de Dios?, ¿un ser raro, un desvariado, un hechicero guarro?, ¿un negro ignorante, en realidad?, ¿un farsante, un asesino?, ¿o era un simple buen hombre que confiaba sobre todo en la vida y en lo que la naturaleza nos depara? ¿Qué pasó entonces en Gilean aquel invierno?

Cuando aquellos tres se fueron, me quedé un rato mirando por la ventana totalmente drogado. Aturdido todavía, por el ruido (y la furia) de aquella historia, por la catarata de frases interminables que habían caído sobre mi cabeza. Los símbolos. Metáforas extrañas, siniestras y sugerentes me cubrieron como hace la nieve con las estatuas de piedra. Los conceptos indescifrables y las borrosas imágenes que me presentaron aquellos tipos, fotos tan llenas de filtros, me gotearon por la boca durante unas horas, quizá varios días y yo me relamía y me relamía. Una y otra vez. Fueron fragmentos de la vida y del hombre los que me cayeron, en definitiva, de aquella forma tan hermosa e indescifrable agujereándome la piel. ¡Y yo que quería ser escritor…! Qué broma pesada. E infinita.

Foster Wallace tenía razón con Gass y con La Suerte de Omensetter. Aquello era de lo mejor que podríamos leer en toda nuestra vida. Fue entonces cuando recordé (otra vez) en qué consiste la gran literatura. En qué consiste la vida. No. Lo del fondo y la forma, no. Lo de la forma como parte del fondo. Eso sí. ¡Qué suerte que tengo! O tuve. Ojalá usted también.

Nota final: Tras terminar la historia de La Suerte de Omensetter, Gass (ya más viejo que yo), le contará a usted muy brevemente otra historia más. Real esta vez. Trágica también, pero real. Podría llamarse “La historia de la suerte de La Suerte de Omensetter”, pero sería entrometerme en algo descomunal. Lea usted las dos (la novela y la nota final) y luego ya me dice. Y ahí ya, si no se cae usted de culo, es que debe seguir rellenando los malditos informes.

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