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Morder el tiempo, de Esther Gómez Rodríguez

Morder el tiempoCuanta más poesía leo, más cuenta me doy de la dificultad de reseñarla. Llenar de palabras, por elogiosas que sean, por justificadas que estén, algo tan medido, tan cuidadosamente construido para que resulte al tiempo fuerte y delicado, hermoso, conmovedor como es un poemario, es una suerte se sobreenvoltorio innecesario. No de plástico, es cierto, de palabras, que tienen un curioso comportamiento: las del envoltorio son volátiles mientras que las del contenido, las de Esther Gómez Rodríguez bien pudieran durar más que aquel. Que el plástico. No puedo, sin embargo, leer algo como Morder el tiempo y no recomendarlo, mi responsabilidad es servir de altavoz a lo que merece ser oído, compartir el placer de la lectura. Así que aquí voy de nuevo, dispuesto a escribir un texto que hable de otro y lo mire desde abajo, consciente de que nada que yo escriba puede describir ni igualar lo que sentirá el lector al leer estos poemas y morder el tiempo, devorar la vida de la mano de esta joven poeta onubense.

Entenderán que en el vestido con el que trate de presentarles este poemario incluya retales del original, teniendo a mano versos como Son nuestros dedos un racimo de ríos/que buscan siempre el mar en otro cuerpo, sería absurdo no utilizarlos.

Y miren, así como la vida se cuela en los poemas, se transforma y rebosa por cada uno de sus versos, va a resultar difícil que la actualidad no se cuele en esta reseña. Lo digo porque, como casi todo el mundo, la escribo desde ese confinamiento voluntario necesario para combatir un virus cuyos síntomas más graves no se evidencian en los enfermos sino en las costumbres de todos. Y pienso que si hay algo que nos obliga, y debe ser así, a no tocarnos, a mantener las distancias, en definitiva a hacer de la vida menos vida, algo hay que hacer para compensar esa deshumanización profiláctica. Necesaria, repito. Y no se me ocurre mejor arma para devolverle a la vida esa esencia que la necesidad le resta que la poesía. Al menos la de morder el tiempo, que te abraza e ilumina como sólo las olas y la luz atlántica de la tierra de su autora pueden hacer.

Tú no sabes a qué huele la lástima en otros ojos
a qué sabe la mirada cómplice hacia los propios,
qué tacto tiene el fracaso;
nada sobre el sonido del miedo.

Les incluyo fragmentos de poemas porque quiero transmitirles la sensación que yo he sentido al leer a Esther Gómez Rodríguez, que tiene la capacidad de los nuevos poetas para construir imágenes impactantes, directas, llenas de fuerza al tiempo que tiene la musicalidad y la enjundia, si me lo permiten, de los poetas clásicos. Y hablo de sensaciones, no de métrica.

jamás temí al tiempo hasta que me miró desde otros ojos.

Aunque tengo por costumbre dejar reposar las lecturas, en esta ocasión no es así, escribo nada más terminar la lectura para transmitir con más frescura mis sensaciones para que, como dice la autora, no olvide mi olvido los límites de mi memoria. Porque las reseñas no son críticas literarias, no se trata de analizar los textos sino de compartir la experiencia personal de la lectura. Y la mía, como habrán notado, ha sido deslumbrante.

Cuando llegues apaga las estrellas,
quiero hacerlo a oscuras.

Tienen los poemas de Morder el tiempo sabor a mar. En ellos hay olas, arena, luz, pero no como elementos físicos sino como partes de la mirada de la autora. Ella no habla del mar como un escenario, lo incorpora a sus poemas como se trata aquello que se ama. Son luminosos los versos aunque no siempre sean transparentes porque sospecho que es como ella ve la vida. Transmiten intensidad las emociones porque así muerde ella su tiempo. No tienen los poetas la obligación de vivir como escriben, pero uno lee a Esther Gómez Rodríguez y le cuesta creer que haya otra cosa que vida, honestidad y talento en sus versos.

Les dejo con un poema, primero porque no hay forma mejor de terminar pero también porque con fragmentos no se puede saborear la poesía en lo que vale. Les dejo con un bocado de tiempo, saboréenlo:

He roto las esquelas del silencio
donde guardé las ganas de besarte;
he defraudado al eco del portazo
que aún sonaba herido en mi cabeza.

He muerto una vez más antes de verte,
jurándome tu olvido en el espejo;
he roto mis costuras con tus fotos,
el freno y las primeras marchas.

Y he mudado en ti todas mis pieles
como si de unos pétalos se tratase,
sabiéndome el final ya de memoria.

Tú te has dejado ir y en mí quedarte,
yo juro no volver y tú el regreso…
y otra vez el silencio tras el ruido.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

Por Andrés Barrero

Colaborador de Librosyliteratura desde 2011 y autor de la novela Todo el mundo odia a Yoko Ono, Lento y El nombre de Berta, pese a que se considera fundamentalmente escritor de cuentos. Y de Huelva. Cuando oye "peste, carbunco y rabia" sabe muy bien que contestar, pero su trochería predilecta para definirse es hacerlo como tolstoiano no practicante.

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