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Nankin, de Zong Kai y Nicolas Meylaender

NankinEn la siniestra historia del siglo XX, hubo un tiempo y un lugar en el que la esvástica nazi se convirtió en la única esperanza de salvación para las víctimas del genocidio. Esto, lejos de ser una broma y sin dejar de ser una cruel ironía, es ante todo absolutamente cierto. El símbolo de la locura desatada en Europa tuvo así su contrapunto al otro lado del globo.

La conocida como Masacre de Nankin tuvo lugar durante la segunda guerra sino-japonesa y se extendió, desde el 13 de diciembre de 1937, a lo largo de seis semanas. En ese período, los habitantes de la ciudad china de Nankin fueron víctimas del horror más atroz que se pueda imaginar. Los crímenes de guerra cometidos por los japoneses en aquellas semanas son difíciles de creer, y aun así, pese a los numerosos testimonios de los acontecimientos, el gobierno nipón nunca ha dejado de quitarles hierro o, sencillamente, negarlos.

Naturalmente, existen otras versiones de la historia, una historia que, por otra parte, nos recuerda mucho al genocidio armenio, todavía hoy tema tabú en Turquía. Sin embargo, tanto si las cifras han sido infladas como si no, el calibre de la crueldad del ejército nipón es difícil de minimizar cuando uno ve las portadas de algunos diarios japoneses de la época. En una de las más conocidas, que en esta impresionante novela gráfica titulada Nankin aparece como de pasada, se narraba la competición entre dos generales del ejército por ver quién decapitaba más prisioneros chinos

Nankin no se recrea en los detalles más espeluznantes de aquella tragedia, si bien sí deja constancia de ellos. La colaboración entre el guionista Nicolas Meylaender y el ilustrador Zong Kai ha dado como fruto una historia sencilla pero poderosa. Kai utiliza únicamente cinco colores en sus ilustraciones: gris, negro y blanco como base, a los que añade el rojo para el recuerdo y el azul para el presente, con lo cual se transmite al lector una sensación de simplicidad en la narración y presentación de los hechos desnudos. En el guión, por su parte, destacan los frecuentes saltos en el tiempo, que nos sitúan tan pronto en el momento presente como en el de los hechos históricos. La historia que se nos narra es, pues, de lo más sencilla y está basada en personajes reales. Nos cuenta la búsqueda, emprendida por un abogado, de la memoria de la familia de Xin Shuqin, que hoy es una anciana y que de niña sufrió la tragedia en su propia carne.

Volviendo a la paradoja que abre esta reseña, bien vale hacer un paréntesis y detenerse en uno de los personajes secundarios de la obra, y principales en la Historia. En aquel diciembre de 1937, ante el avance de las tropas japonesas, la comunidad internacional de Nankin, en la que había numerosos hombres de negocios, diplomáticos y misioneros, presagiando lo que iba a suceder, abandonó la ciudad. John Rabe, ciudadano alemán y miembro del partido nazi, se vio incapaz de abandonar a su suerte a unos ciudadanos con los que había vivido más de 10 años y, junto con otros pocos extranjeros, decidió quedarse. Sus diarios de aquellos días son una de las principales fuentes de información sobre la masacre. Rabe estableció la conocida como Zona de Seguridad de Nankin, que abarcaba varios kilómetros cuadrados, y donde se proveyó de comida y refugio a decenas de miles de habitantes de la ciudad. Alemania y Japón eran aliados y, a pesar de que los japoneses no se andaban con remilgos diplomáticos (es decir, que Rabe se jugaba la vida con su gesto), el ejército de Japón no se atrevió a violar aquella zona de seguridad. El recuerdo de John Rabe es hoy venerado en la ciudad.

Como se nos dice en el epílogo, con Nankin, a través de la historia de Xin Shuqin, una entre decenas de miles, los autores han querido rendir un homenaje a las víctimas, recuperar la memoria de una masacre prácticamente desconocida en Occidente, así como exigir al gobierno de Japón una disculpa pública para la que nunca será demasiado tarde. Una obra pequeña pero imprescindible para recordarnos, por si aún hiciera falta en los tiempos que corren, los desastres de la guerra.

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