
El Santuario del Diablo, de Marie Hermanson
El Santuario del Diablo me ha recordado mucho a Hitchcock, entre otros. La obsesión del mago del suspense con la idea del falso culpable (como refleja, por ejemplo en su película Falso culpable) o con la confusión de identidades –como es el caso del ya mítico señor Kaplan de mi admirada Con la muerte en los talones– eran asociaciones que no podía sacarme de la cabeza a medida que avanzaba en el libro. Y es que el tema de la confusión de identidades es algo que nos atrae y nos aterra al mismo tiempo. -¿Acaso no hemos pensado alguna vez cómo saldríamos del paso si nos acusaran de algo que no hemos hecho, con todas las pruebas incriminándonos en ese algo, y sin una coartada?- La mayoría de las veces se trata de una conspiración, de una encerrona que le han preparado al protagonista para cargarle algún muerto o quitárselo de en medio porque ha visto o descubierto cosas que no debía. Da igual lo que se que haya visto/oído/descubierto/o el muerto con el que deba de cargar; el mcguffin es lo de menos. Lo que nos importa es saber cómo va a resolver nuestro héroe la papeleta, si es que logra resolverla.
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