Viaje a Ladakh, el pequeño Tíbet de Marta Torres Santo Domingo

Viaje a Ladakh, el pequeño TibetSi tuviese que ser fiel a los cánones, les diría de Viaje a Ladakh, el pequeño Tíbet es un libro de viajes, o una crónica, o en fin, ustedes ya me entienden. Pero no tengo por qué serlo, yo soy antes que otra cosa lector y puedo permitirme el lujo de hablar de las sensaciones que un libro me despierta, de lo que he vivido en él, y en ese sentido lo que tengo que decir para empezar a hablar de este libro es que es un viaje. Lo es en sí mismo, aunque evoca el que hizo Marta Torres Santo Domingo, aunque sin duda anima a repetirlo uno mismo y recorrer esos parajes, el libro es en sí mismo un viaje y como tal se disfruta.
En estas páginas siente uno que ha visitado uno de los parajes más singulares del planeta, y no solo desde un punto de vista geográfico, sino espiritual también, pero también aprende muchas cosas. Viaje a Ladakh, el pequeño Tibet no sólo contiene vivencias, reflexiones sobre el terreno e impresiones de los viajeros, también está plagado de referencias literarias y de explicaciones históricas. Los ojos de Marta Torres son los de una viajera curiosa y documentada, lo que convierte a la suya en una mirada excepcional para conocer un lugar, más uno de los que le es más querido.
Sin embargo no es una narración en un tono académico, es muy natural e igual que se detiene en la historia de un templo lo hace en un vestido que ve en un mercado o en unos calcetines que, por cierto, tienen mucha historia.
Sospecho de que los muchos paisajes, historias, personajes o Dioses que Marta nos presenta en su Viaje a Ladakh, el pequeño Tibet, siente un cariño especial por Dharmatala, uno de los dos santos que en el budismo tibetano se añaden a los 16 clásicos. Dharmatala es quien lleva los libros a los otros santos, quien alimenta su sabiduría y quien muestra la importancia que los libros tienen en la cultura tibetana. Para una bibliotecaria de raza como ella debe hacer resultado especialmente gratificante detenerse unas páginas en una figura como esta. Sin embargo uno de los momentos que yo no puedo dejar escapar es bien diferente. Decía que hay muchas referencias literarias en este libro, notas que ilustran la idea o el mensaje que la autora quiere transmitir, que añaden al viaje una dimensión que ninguna otra experiencia puede aportar, y una de ellas es una de esas obras que forman parte del patrimonio particular de todo lector, que en su momento le impresionan y que se quedan a vivir con él por siempre. En este caso se trata de Shalimar el payaso, la obra de Salman Rushdie, que para mí representa como muy pocas la sinrazón de los hombres y su capacidad para convertir el paraíso en un infierno. Descubrir esta referencia compartida con la autora ha sido para mí muy gratificante.
No puedo dejar de citar las ilustraciones, las fotografías que tan bien acompañan al texto y por supuesto resulta obligado decir algo, aunque sea por referencia, de la amabilidad de las gentes que pueblan el Tíbet, de su apacibilidad y su forma serena de sobrellevar las duras condiciones de vida y el exilio que a muchos les ha tocado padecer. Como decía Viaje a Ladakh, el pequeño Tibet es un viaje, y tras regresar de él, como tan a menudo sucede, una parte del viajero, aunque sea en forma de lector, se queda junto a ellos y su indeleble sonrisa.

Andrés Barrero
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@abarreror

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