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Cuchillo de palo, de César Pérez Gellida

cuchillo-de-palo¡Joder, Ramiro! ¡Jo-der! ¡Hay que joderse, hay que joderse y hay que rejoderse…! , como tú mismo dices. ¡Cómo eres! Cuando ya has dejado atrás toda la mierda que tuviste que pasar con Augusto Ledesma y luego un poco más con el secuestro de Margarita Zúñiga, vas tú solito y te tiras de cabeza a una piscina llena de fango y vete a saber qué más…  Mejor sería que te aplicaras uno de tus refranes, o mejor te digo uno que te va que ni pintado: Consejos vendo y para mí no tengo.

En fin. A Ramiro Sancho, nuestro inspector patrio más maltratado por la vida (que tiene sus cosas), amante del rugby, el refranero (¿el apellido Sancho será un homenaje al gran conocedor de refranes Sancho Panza?), la música, el buen comer y el recién descubierto geocaching, le han apartado temporalmente del servicio y decide celebrarlo sumergiéndose en una orgía sin fin de sexo, alcohol y drogas. Parece que ha descubierto en alguna parte de su anatomía un botón de autodestrucción y lo ha pulsado a conciencia, varias veces, no fuera a ser que no funcionara a la primera.

Vive en piso en el fin del mundo, en Pontevedra, porque ahí fue donde se le acabó la carretera. Un pisito de soltero que a cualquier mujer espantaría: alguna silla, un colchón en el suelo y un frigorífico vacío, salvo por alguna cerveza. Ideal, ¿verdad? A eso ha llegado Sancho, amigos.  A ese nivel. A la categoría de piltrafa. Y ha perdido peso. Bastante peso. Si no fuera por su barba pelirroja y la calva, tal vez ni le reconoceríais… Y para colmo, ha puesto tierra de por medio sin decir a nadie, ¡a nadie!, adónde demonios va y se ha deshecho de su móvil.

Así están las cosas cuando nos reencontramos con él. Parece que de tanto follar con la misma puta se ha encariñado de ella y por culpa de esas piernas abiertas van a venirle los nuevos problemas.

César Pérez Gellida aborda de forma minuciosa y detallada en Cuchillo de palo el espinoso asunto de las redes internacionales de trata de blancas y prostitución y para ello no duda en usar a Ramiro, usándolo como mejor sirva a sus propósitos. Hay que ser cabronazo después de todo por lo que ha pasado… (definitivamente el autor tiene algo contra los calvos, ya no hay duda…)

Pero no estamos asisitiendo únicamente a la debacle del excomulgado inspector. Simultáneamente veremos las divertidas peripecias de la Congregación de los Hombres Puros y sus luchas intestinas por el poder; y  de Erika, Ólafur y Uriel perseguidos y perseguidores todos a la vez.

Si hay algo que me gusta de las historias de Gellida es que en seguida te metes de lleno en ellas. Con dos frases ya tienes la intriga y ese deseo de querer saber más, de avanzar en resolver la incógnita del momento: “A esas alturas, colgado por los pies de la viga maestra, maniatado y amordazado, tenía la certeza de que iba a morir”. Una frase en este caso, no dos, es la mecha que marca el inicio.

Y si hay otra cosa que me encanta son los perfiles de los personajes. Cada uno tiene una historia personal tras ellos curradísima. Para presentar a un personaje muchos dan detalles sobre nacimiento, estudios, lugares, logros y poco más. Gellida no se limita a enseñarnos el currículum del personaje de turno por muy secundario que sea, no. Nos da tal cantidad de detalles objetivos trenzados con elementos subjetivos del propio personaje que parece que lleguemos a conocerlos como si siempre hubieran estado a nuestro lado. Los dota de cuerpo, son tangibles y tridimensionales y los hace interesantes aunque vayan a morir en la página siguiente.

Añadimos como ingredientes a la “coctelera” un estilo tan visual que parece cinematográfico (de hecho Gellida podría ser un cineasta metido a escritor; ¡si hasta nos pone banda sonora!), unos diálogos nada forzados sino, al contrario, totalmente fluidos y naturales, y algunos giros inesperados tenemos la receta de este Cuchillo de palo, segunda parte de su segunda trilogía Refranes, Canciones y rastros de sangre la cual comenzaba con Sarna con gusto.

No obstante, me gustaría decir que hay un truquito a mitad del libro que, y no presumo de dármelas de listillo ni nada por el estilo pero, no me lo he tragado en ningún momento. Es lo único en lo que para mí ha flojeado el libro. ¿Hubiera afectado en algo la omisión de ese truco? Yo diría que no, pero vaya, que tampoco es algo grave.

Una novela pulida, cuidada, muy bien documentada –eso es siempre marca importante de la casa–,  mimada, sin cabos sueltos, adictiva y dura también en algunos momentos, como la vida misma, aunque no seamos conscientes.

 Otro joyón más, y van cinco, de novela negra para El Calvo de Valladolid.

No sé cómo lo hace para escribir con tanta rapidez mamotretos (desde el cariño) que siempre rondan las 500 páginas, pero, por favor, que no pare y que haga todas las trilogías, tetralogías o pentalogías  que le den la gana, que aquí estaremos todos los gellidistas para recibirlas con los brazos abiertos.

Enorme.

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