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De padres e hijos

De padres e hijos

De padres e hijos, de Jeffrey Brown

De padres e hijos

Un niño con su padre contemplando un esqueleto de dinosaurio. Probablemente Jeffrey Brown no sepa lo pertinente y aguda que resulta para mí la portada de su libro. Y es que a nadie se le escapa la idea que representa un dinosaurio en un libro que habla, entre otras cosas, de la ausencia de Dios.

 Como todos los veranos, el pasado agosto mi mujer, mis niños y yo pasamos unos días con una parte de la familia que tiene profundas convicciones religiosas. Un día, mi hijo, de ocho años, a la típica pregunta de tú que quieres ser de mayor, les respondió que paleontólogo, algo que le hace verdadera ilusión y que tiene muy claro desde los cuatro años. Pues bien, por mucho que yo quiera a mi familia, tengo que confesar que me sentí algo decepcionado al ver cómo intentaron disuadirle de esa idea, aduciendo que no vale la pena ocuparse de huesos y cosas tan antiguas, y que hay que mirar hacia delante. Miro la portada de esta novela gráfica y me veo en ella, orgulloso de tener un hijo de convicciones tan inquebrantables como la misma fe.

Todos somos hijos, y la mayoría de nosotros somos o seremos padres. Y durante un buen trecho de nuestras vidas jugaremos ambos papeles a la vez. Tomando como puntos de partida la pérdida de la fe y la creencia innata del niño en un ser superior, De padres e hijos nos muestra las relaciones entre esas tres generaciones, que son también las tres edades del hombre. El abuelo, pastor de la iglesia; el nieto, confundido ante las frases contradictorias que oye de unos y otros sobre las grandes cuestiones de la vida; y en medio, Jeffrey, haciendo malabarismos, como tantos padres, para que su hijo sepa en el futuro decidir por sí mismo sobre esas cuestiones.

 Para un creyente, descubrir que ha perdido la fe resulta menos traumático de lo que podría esperarse. Naturalmente, le asalta a uno cierta sensación de culpa, pero la misma pérdida de fe se encarga bien pronto de poner remedio a dichos remordimientos. Más complicado resulta explicarnos a nuestros hasta ayer correligionarios. Serán inevitables la conmiseración y el reproche velado. Para más inri, nunca mejor dicho, Jeffrey Brown se crió en Grand Rapids, Michigan, donde, según nos dice, hay una iglesia en cada esquina, y es además hijo de un pastor de la iglesia. No obstante, si la religión es de verdad el pilar central de la vida de quienes ahora nos miran con incomprensión, el respeto a nuestra decisión debería acabar imponiéndose entre ellos. Así sucedió al final en el caso de Jeffrey Brown, y así sucedió conmigo, si bien, a diferencia de él, yo nunca he dejado de ser creyente. Simplemente, un día me di cuenta de que los ritos, las ceremonias y las epifanías colectivas no significaban nada para mí, y que, para que la relación entre Dios y yo siguiera funcionando, era imprescindible que nos dejaran en paz a los dos.

 Pero observemos de nuevo la portada. El estilo sencillo y desenfadado del retrato, que nos recuerda a otras novelas gráficas de memorias, como las de Alison Bechdel o Sarah Glidden, nos indica bien a las claras que las profundas cuestiones que aborda el libro son tratadas de manera accesible, ligera y amena. Brown, no obstante, va más allá y, lejos de querer convencernos de la Nada, consigue, a través de una serie de viñetas y episodios basados en recuerdos personales, divertirnos y emocionarnos al tiempo que nos ofrece dos retratos impecables: la confusión del niño en un universo cuyas reglas no entiende, y el desamparo (¿temporal?) del adulto en un mundo sin Dios.

Para ello se sirve de escenas algo irreverentes, pero muy bien traídas, que reflejan la incomprensión, por parte del niño, del papel que juega Dios en nuestras vidas, y el curioso modo en que la mente infantil interpreta las metáforas que empleamos los mayores para explicarles el mundo. Así, en una escena tenemos al pequeño Jeffrey sentado en la taza del wáter, rogando a Dios y prometiéndole que, si le ayuda a salir de ese apuro, será un niño bueno. Yo le pedía a Dios que el profesor no me preguntara. En otra nos encontramos con un Jeffrey que aguza el oído y se esfuerza por oír la voz de Jesús en su corazón. Y Jesús grita y grita, pero aurículas y ventrículos impiden que su voz llegue a los oídos de Jeffrey.

Y con Dios o sin él, la vida sigue, los padres pierden la memoria, los niños pierden la vergüenza, y los padres que somos hijos perdemos certidumbres. En suma, De padres e hijos es un emotivo retrato de un padre que intenta ser buena persona, buen padre, buen hijo, buen marido y buen vecino, y que, el día que finalmente lo consiga, no sabrá a quién darle las gracias.

 

 

 

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