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El ala rota, de Kim y Antonio Altarriba

el ala rota

el ala rotaEn 2010 El arte de volar conseguía el Premio Nacional del Cómic, siendo este uno de los galardones de la larga lista de premios que cosechó desde su publicación en 2009.

En él se contaba la historia del padre del autor, Antonio Altarriba, y del cómic decía “…voy a contar la vida de mi padre con sus ojos pero desde mi perspectiva”.

Fue un libro triste porque lo que contaba lo era, porque además era verídico y porque las miradas al pasado siempre lo son. La vida le dio golpe tras golpe y solo pocas migajas de felicidad.

“A mi padre todo le salió mal. Quiso volar y se estrelló siempre”

Tanto le jodió la vida que acabó en una residencia de ancianos por voluntad propia y al final acabó suicidándose porque la muerte fue lo único que pudo elegir.

Cuando Altarriba presentó en 2011 El arte de volar en un pueblecito de Francia y una periodista le preguntó “¿Y su mamá?” comenzó el germen de El ala rota. No había sido justo con el tratamiento de su madre, pensó, y le debía una reparación.

Y fue así como Altarriba comprendió que era muy poco lo que sabía de Petra, su propia madre. Petra, cuya madre murió en el parto y cuyo padre, Damián, enamorado hasta las trancas, quiso matarla con una piedra (de ahí el nombre de Petra), y lo habría conseguido de no ser por su hermana. A consecuencia de ese intento de infanticidio, consiguió una invalidez que nadie que no fuera su padre y hermanos supo jamás (ni siquiera marido e hijo. ¿Es realmente posible no darse cuenta de que tu madre, tu esposa… no puede estirar el brazo izquierdo? Veremos que sí).

Unos cinco años (en la narración no se concreta) estuvo Petrita criándose en casa de sus tías porque su padre no le perdonaba el haber “matado” al amor de su vida, hasta que un día la pequeña se acercó al estanco de su padre y consiguió el “perdón”.

Triste fue también la vida de Petra, con la religión fuertemente incrustada en su ser y una existencia sacrificada y siempre al servicio de los demás. No deja de ser irónico que aquel que la quiso matar acabara al cuidado de ella, la única que se quedó a su lado sin esperar nada a cambio, pues los demás se habían hartado de él, siendo como era un maltratador y un alcohólico.

Petra estuvo siempre al servicio de los demás, insisto, porque además de servir en casa, servía fuera, a los vencedores de la guerra civil, los nuevos ricos, sin importarle para nada la política, –tema que se trata aquí en gran profundidad y de manera muy instructiva y amena, dando a entender que dentro de las propias filas de Franco había sectores favorables a la monarquía–  siendo además la casa en la que servía la del general Juan Bautista Sánchez Gallarza, en donde se celebraban banquetes y reuniones conspiracionistas.

La vida de nuestra protagonista irá narrándose al compás de todos los sucesos que marcaron el siglo XX, con buen tono y ritmo; puede decirse que asistir a la vida de Petra es hacerlo a la de España.

El ala rota viene a completar El arte de volar. Es una lectura necesaria, es y no es el otro punto de vista. A quién le gustó la primera, le gustará esta también pues es de alguna forma volver a leer una historia que recordamos, pero que es diferente a la vez. Ayuda además que el dibujante, Kim, siga en este proyecto continuista y que lo haga de forma extraordinaria y con su estilo inconfundible.

Ambos son dos cómics imprescindibles. Totalmente. Testimonios de la vida de un matrimonio y de un país, que no pueden faltar en la estantería.

Para acabar, añadir que es también como una de esas historias en las que se cuenta el pasado de alguien desde el momento actual, en donde se ve por todo lo que ha pasado la protagonista y cómo sus hijos o seres queridos, ignorantes de todo o parte, acuden a ese alguien. Como esas películas que al acabar te dan ganas de ser “mejor persona” y te arrepientes de algunas cosas o actitudes, aunque ese impulso se desvanece en un abrir y cerrar de ojos gracias a la maldita rutina.

Un cómic que además invita a la reflexión personal, a hacer caso a nuestros mayores, ya sean padres o abuelos, a escuchar sus historias, sus vidas, a las que seguramente no hayamos prestado toda la atención que merecen. ¿Quién sabe? Tal vez podamos sacar algún libro de ellos.

¡Un cómic golden!

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