El hombre que llegó a ser rey, de Rudyard Kipling

El hombre que llegó a ser reyHe comenzado el Año de La Salvación, releyendo un relato. Sí, sólo uno, pero uno de extraordinaria factura, por supuesto que sí. Se trata de un texto clásico, muy conocido: El hombre que llegó a ser rey, del maestro de maestros Rudyard Kipling. Un relato que fue llevado al cine por John Huston y protagonizado magistralmente por Sean Connery y Michael Caine allá por mediados de los setenta. Pero además, como ocurre con otros clásicos, este también ha sido adaptado en varias ocasiones para su representación teatral y, a lo largo de más de un siglo, traducido y editado en innumerables formatos: en ediciones ilustradas, en forma de comic, en antologías clásicas, en recopilaciones de autor o de temática oriental, o como lo ha hecho esta vez la editorial Fórcola, con una edición muy especial y muy cuidada en la que se nos aporta un enorme valor añadido: primero y, principalmente, una traducción nueva y actualizada a cargo de Amelia Pérez de Villar (debo decir que la redefinición del título del cuento es un acierto en toda regla si nos atenemos, únicamente, a lo que nos cuenta el texto), en segundo lugar, un interesantísimo prólogo de carácter histórico y geográfico a cargo de Eduardo Martínez de Pisón, y, por último, un emotivo epílogo del conocido periodista y ensayista Ignacio Peyró. Todo ello, con la guinda de la incorporación entre sus páginas interiores de una serie de elementos gráficos que van desde curiosas fotografías de los poblados kafirs, de sus territorios o de miembros de una familia kafir, hasta ilustraciones de soldados del imperio británico en la India, o los posters y carteles clásicos de las películas que se rodaron en la segunda mitad de siglo XX y que convirtieron la época de la colonización de la India por parte del Imperio Británico en un contexto propicio para la épica y la historia de aventuras. Todo un lujo de edición, ya le digo.

No sería erróneo decir que Rudyard Kipling fue antes poeta que prosista, y que en sus versos está, probablemente, lo mejor y más emocionante de su literatura. Sin embargo, su extraordinaria imaginación y su enorme talento, sus vivencias por los territorios entonces fantásticos e inhóspitos de su país natal mezclado con sus reconocidos ideales en favor de la cruzada colonialista inglesa (él es hijo de un oficial del ejército destinado en la India) o su experiencia como periodista allí, hicieron que nos dejara otros tantos textos, narrativos esta vez, pero ingualmente inolvidables. Obras como Kim, El libro de la Selva o Capitanes Intrépidos son obras clásicas de la literatura inglesa, al igual que relatos como El hombre que llegó a ser rey o Al final del camino, que se han incluido para siempre dentro del canon clásico de este género y siendo el cuento del que hablamos hoy, una auténtica frontera en las lecturas de nuestra infancia.

Danny Dravot y Peachey Carnehan, los dos protagonistas de la historia, son suboficiales del ejército británico destinado en la India y un día, empujados por la locura y por la ambición desmedida del ser humano, por el eterno deseo de poder y de gloria (y quizá también por esa concepción opresora del mundo propia del colonizador), deciden partir hacia las desconocidas y fantasmagóricas tierras de Kafiristán, ya en terreno afgano, para una vez allí, y tras doblegar y persuadir a sus temibles habitantes, proclamarse reyes absolutos de las mismas.

Una vez que la disparatada empresa, aun con enormes dificultades y batallas pendientes, parece haber sido completada y ambos pueden decidir volver a casa con las alforjas llenas de oro y de piedras turquesas, Dravot, sin embargo, toma una decisión que cambiará el curso de la historia de los dos soldados: quiere casarse, tomar como esposa a una colona kafir, la más bella de todas si es posible, y crear allí su propio linaje, como un falso descendiente de Alejandro. Cuando la bella muchacha, asustada por las consecuencias que pueda tener su casamiento con un dios de su pueblo muerde a Danny Dravot en el cuello y se descubre que el dios no es tan dios si no más bien un pillo y un mentiroso buscavidas, la tragedia de los dos aventureros se precipita y la venganza por el engaño al que han sido sometidos los kafir se consuma.

El relato, de una extraordinaria pureza y con ese tono clásico y propio de las mejores narraciones orales, está salpicado de ironía, y las peripecias y aventuras que se nos narran nos trasladan a un mundo lejano y casi mitológico, donde casi todo puede ser posible.

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Pero, además, es curiosa la claridad con la que Kipling introduce en este texto y quizá de forma excepcional, muchas referencias a los rituales francmasones (de todos es sabido que fue uno de los masones más ilustres de la historia) y, de hecho, parece que el cuento podría estar basado en las aventuras de un masón americano llamado Josiah Harlan que se introdujo disfrazado (al igual que hacen los dos protagonistas en la ficción de Kipling) en aquellos territorios de la salvaje e inexplorada India de finales del siglo XIX y llegó a convertirse, según parece ser, en una especie de príncipe indio.

El deseo, el poder, la gloria, la opresión, la guerra, la aventura, el desafío, el ingenio, la mentira, la desgracia. Todo, como ocurre con las historias que nunca pasan de moda, está escrito aquí y, además, en una edición de auténtico lujo y hecha con gran amor por los libros. No se la pierda usted, se lo vuelvo a repetir, que de grandes aventuras (y libros) está falto el pueblo del Señor. Y feliz año.

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