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La ciudad de los prodigios, de Claudio Stassi

poridigios

No he leído nada de Eduardo Mendoza. El misterio de la cripta embrujada sorteó la lista de lecturas recomendadas de la egebé, La verdad sobre el caso Savolta no me atraía nada y el libro que da origen a la adaptación que hoy nos ocupa no me atraía mucho tampoco pues, por un lado, tenía ya por entonces un aura de clásico, de lectura obligada, de gran obra… y por otro, tiempo después, también supe de críticas de gente que la ponía a caer de un burro y de la cual comentaban que tenía la fama pero que no era la mejor novela del autor. Pero además, he mentido. Porque sí he leído algo de Mendoza: Sin noticias de Gurb. “Léelo. Te descojonarás. Te tirarás por el suelo. Te mearás de risa”, decían, en aquellos tiempos en los que la gente se meaba de risa. Lo leí. El humor es muy subjetivo, eso está claro y a mí ni puta gracia me hizo. Así que, con todos estos antecedentes, y por mucho que hubiera ganado el prestigioserrísimo Planeta, no me quedaban muchas ganas de emprender ningún asombroso viaje con Mendoza, ni reñir con gatos ni buscar aceituna…

Pero mira por dónde, que Planeta saca treinta cuatro años después un cómic adaptando la novela, y pienso, “hombre, esta es la mía. Si me gusta tal vez, y solo tal vez, me anime con la novela, y si no, pues al menos conoceré la historia y no habré perdido mucho tiempo”. Y eso hice, porque soy un hombre que cumple la palabra que se da a sí mismo a veces.

Primeras impresiones. El dibujo y el color. Sorprende que una ciudad tan llena de luz como Barcelona se tiña de una paleta de colores tan sombríos y oscuros en la mayoría de las viñetas, pero mola bastante. Marrones, azules oscuros, violetas… son los dominantes. Abundancia de primeros planos (bien visible la cicatriz de Onofre), pero también buenas vistas de la ciudad y una ambientación cojonuda de esta con un trazo de tono realista para edificios y personajes son lo que más me ha entusiasmado.

En cuanto a la historia, me ha recordado por momentos a la serie Peaky Blinders, por el vestuario y por la manera en la que un chaval que empieza repartiendo panfletos anarquistas, haciéndose con el control de una banda, manchándose las manos con sangre, timando a especuladores inmobiliarios… va escalando puestos en su carrera delictiva y financiera. Es como El padrino versión catalana. Y, sin duda, es La ciudad de los prodigios un relato del cambio. Del cambio de una ciudad desde los puntos de vista sociales, económicos, urbanísticos y laborales y del de nuestro prota, recién llegado de un pequeño pueblo de los Pirineos al barullo de una ciudad en plena ebullición y que está metida de lleno en los preparativos de la Expo Universal de 1888.

No sé cómo de fiel es la adaptación pero, a juzgar por las palabras de Claudio Stassi en la introducción (quien además de encargarse de la adaptación fue quien la sugirió entusiasmado cuando, “tras leer el original en unos días, volvió a leerlo como cuando estás comiendo un buen postre y, a pesar de estar lleno, quieres otro bocado”) me la juego a que no se ha desviado ni un ápice de lo esencial y, por otro lado, él mismo asegura que dio largos paseos por la ciudad para plasmar los pequeños detalles (lámparas, bares, monumentos, estilo arquitectónico) y que se documentó con fotos antiguas en Internet para poder mover los personajes por el tablero de juego que era la Barcelona del siglo XIX.

La ciudad de los prodigios es un cómic que sorprende por su gran dibujo y que atrapa por la forma en la que se cuenta el ascenso de un hombre en una época especialmente convulsa, repleta de metamorfosis e impregnada de costumbrismo y realidad social.

Sí, me ha torcido el culo el arte desplegado por Stassi y creo que a quien le guste la novela no debe perderse este gran traslado a las viñetas. Seguro que acabará tan hechizado por su técnica como lo he hecho yo.

Por Diego Palacios Marxuach

Hijo de puta, cabronazo, perro y agilipollado son palabras que encontrarás en sus reseñas. Aquí se publican opiniones de libros sinceras, pero nadie dijo que estas tuvieran que ser políticamente correctas. Autor de Valeria y El diablo da las llaves del cielo, odia los adjetivos superlativos y lee todo lo que incluya violencia, humor negro y perros. Con filia a los cómics y fobia a la novela mediática. Por lo demás, un chico normal, amigo de sus amigos y mierdas de esas.

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