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La vegetariana, de Han Kang

La vegetariana

La-vegetarianaHay libros que a medida que avanzas en ellos te van haciendo olvidar cómo se utiliza el lenguaje. Al principio no parece un problema serio. Una estructura sintáctica por allí, una perífrasis verbal por allá. Nada preocupante. Sin embargo, la cosa empeora gradualmente hasta darte cuenta del abismo que separa el habla que reside en tu boca y el habla que reside en la página. Eso me ha pasado con el libro del que quiero hablar hoy. Y es que la novela con la que Han Kang saltó a la fama internacional ha reconfigurado la idea de lo sutil que dormía en mi cabeza. Ha llevado la expresión escrita a un nuevo nivel, reduciendo el fuego cruzado de la revolución a sus elementos más básicos. En esta novela, hay un choque directo y radical contra el sistema, pero este enfrentamiento sucede a un nivel tan profundo que nunca llega a verbalizarse. Sin embargo, son estas raíces las que hacen crecer la gran transgresión que tiene lugar. En la superficie sólo vemos a una mujer que ha decidido dejar de comer carne. Pero es tal la fuerza de las palabras en manos de la autora, que desde la primera página he dudado si pertenecemos a la misma especie. Si su idea de lenguaje y mi idea de lenguaje comparten unos orígenes humanos comunes. La vegetariana es la gran revelación literaria del año y su gran mérito es hacerte tragar tus propias palabras sobre las ideas preconcebidas que puedes tener en torno a una novela.

La historia comienza cuando Yeonghye decide dejar de comer carne y las personas de su entorno interpretan el acto como la mayor de las ofensas. No entienden el por qué de su decisión ni las consecuencias de este acto. Les aterra de un modo que no pueden comprender cómo una persona previsible e insultantemente normal puede tomar una decisión tan inesperada y llevarla a cabo hasta sus últimas consecuencias. A través de tres narradores bien diferenciados vamos viendo la evolución hacia otra cosa que vive nuestra protagonista y la sutileza del cambio va allanando el camino hacia un final oscuro y muy perturbador. Son los relatos de estos tres personajes secundarios –el marido, su cuñado y su hermana- los que atestiguan el descenso de Yeonghye hacia un estado de la existencia que poco a poco se aleja de la idea de lo humano.

Algo que me ha hecho apartar los ojos de la página o aumentar en lo posible mi campo de visión es la corporalidad explícita que como todo en la novela va en aumento a medida que dejamos que la historia se desarrolle. El cuerpo está presente a tantos niveles que no es disparatado concebir el relato como una transcripción verbal de una pieza de danza. Onírica y lúgubre y en movimiento. El lenguaje corporal poco a poco va sustituyendo al habla de nuestra protagonista y será a través de sus gestos y su desnudez como empiece a entablar conversación con un mundo que sigue sin comprenderla. Y es que si la novela puede jactarse de algo es de defender como ninguna otra la reivindicación de nuestro propio cuerpo de un modo tajante. Desde el uso que le damos hasta la exposición y veneración que hacemos de él. Hay un control ejercido por el otro sobre nuestro propio cuerpo. En menor o mayor medida estamos expuesto a sus opiniones y decisiones. Y son éstas las que deciden el devenir de nuestra masa física, así como el continuidad o interrupción de nuestro contacto con el exterior. Es ese trozo que no nos pertenece el quiere recuperar para sí misma Yeonghye. Esta es la historia de cómo alguien quiere ponerle fin al expolio sufrido en sus propias carnes y cómo el mundo se opone rotundamente a ello. Rechazándola, convirtiéndola en una paria cuando los demás entienden que no pueden hacerle cambiar de parecer.

El no enfrentamiento. La pasividad llevada al extremo. La negación del acto. Incluso la suspensión del movimiento intencionado. Estas son las armas que la protagonista utiliza para dejar claro su posicionamiento. El acto de alterar su alimentación pasa de ser anecdótico, incitado por un sueño, a cobrar significado de forma gradual. ¿A qué me estoy enfrentando si decido dejar de comer carne? ¿Qué tecla estoy tocando para que el mundo se levante contra mí? La vegetariana pone sobre la mesa dichas preguntas usando toda esa levedad propia de la literatura asiática. Enciende la mecha de algo que no tiene nombre y nos deja contar segundo a segundo el tiempo que nos queda antes de que todo se desmorone.

La historia de Yeonghye acaba por ofrecernos nuevas preguntas y muy pocas respuestas. Y quizás es así como deban comportarse las grandes novelas de nuestro tiempo. La experiencia sin embargo queda latente dentro del lector. Acaba siendo testigo de un milagro y una tortura que suceden en el mismo cuerpo. Y aunque no pueda decir por qué, sabe que lo que acaba de presenciar es esencial en nuestra definición de lo humano. Decía John Berger que la relación entre lo indecible y lo sagrado es poderosa. No en vano he comenzado esta reseña hablando de mi incapacidad para articular un testimonio certero sobre la novela de Han Kang. Es aquello de lo que me veo incapaz de hablar lo que hace que estemos ante una de novela de cabecera. De lectura obligada y de relectura necesaria. Una novela que exige una reflexión profunda sobre nuestro papel como individuos en un momento de colectividades. Sobre la difícil elección entre tragar y merecer o cerrar la boca y no pertenecer.

 

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