
Fin, de David Monteagudo

De jóvenes, un grupo de antiguos amigos gustaba de divertirse y pasar algunos fines de semana en un refugio de montaña. Una bonita noche, mientras disfrutaban a la intemperie del lienzo estrellado, se prometieron volver a encontrarse en ese lugar 25 años más tarde, pasase lo que pasase. Transcurrido ese tiempo, ninguno mantiene el contacto con los otros y no se hubieran acordado de la promesa de no ser por Maribel, la más responsable del grupo.
Es mucho tiempo el que ha pasado desde la última vez que se vieron (prácticamente la mitad de sus vidas) y ni son lo que eran, ni lo que pretendían ser. Es por eso por lo que al principio la mayoría se muestra reacio a cumplir con tan antigua cita, pero tras el titubeo inicial acaban reuniéndose todos en el refugio. Todos menos Andrés, un chico reservado y devoto al que gastaron una broma de muy mal gusto y que acabó provocando la disolución del grupo.
La verdadera trama de la historia empieza la noche de su reencuentro. Es ya de madrugada y los protagonistas charlan animadamente después de la cena. Es entonces cuando la luz se va y cualquier objeto electrónico (móviles, relojes digitales, linternas…) deja de funcionar. Sin embargo, la claridad fuera del refugio es extraordinaria: las estrellas iluminan con más fuerza de la que ninguno de ellos es capaz de recordar. El grupo, las nueve personas (incluyendo las parejas de aquéllos que la tienen), pasan la noche como pueden, entre asustados y divertidos, sin sospechar siquiera, al menos por el momento, que están viviendo el principio del fin, el mismo fin que da título a la obra.

