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Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo, de Chimamanda Ngozi Adichie

Querida Iljeawele cómo educar en el feminismo

Querida Iljeawele cómo educar en el feminismo—¿Tú eres feminista? —le pregunto.
Ella cambia el gesto y me contesta con rotundidad:
—No.
Yo sonrío, porque sé lo que me va a decir, y vuelvo a preguntar:
—¿Y eso por qué?
—Porque las mujeres tampoco son más que los hombres. Todos somos iguales.
—Entonces, tú no eres hembrista, pero sí feminista (o eso espero).
—¿Qué es eso de hembrista?
—Considerar que las mujeres son mejores que los hombres; igual que el machismo, pero a la inversa.
Me lo niega. Con la cabeza y con la palabra. «No, no, no… Eso es el feminismo, no me líes». Y me limito a decirle:
—Míralo en el diccionario.

Esto no es la primera vez que me pasa. Es asombroso que a estas alturas aún se desconozca el significado de la palabra y, sobre todo, que esté tan denostada que hasta las mujeres se apresuren a desmarcarse. Por eso, Querida Iljeawele. Cómo educar en el feminismo ha sido un soplo de aire fresco para mí. La próxima vez que tenga una conversación tan absurda como la anterior, ofreceré el libro de Chimamanda Ngozi Adichie, que lo explica mucho mejor que yo y con más conocimiento de causa.

Esta escritora nigeriana es conocida por sus charlas sobre el feminismo, quizá por eso una amiga que acababa de dar a luz le preguntó cómo educar a su hija para que fuera feminista. No era una explicación sencilla, ni criar a una feminista ni educar en sí lo es, pero Chimamanda Ngozi Adichie aceptó el encargo y le escribió una carta con quince sugerencias directas y prácticas, que derrochan sinceridad y cariño.

Chimamanda Ngozi Adichie huye de enfrentamientos y de polémicas para hacer oír su voz. Sus palabras calan porque son puro sentido común, aunque a veces este sea el menos común de los sentidos. Pone sobre la mesa ejemplos diarios de los errores que cometemos y que van construyendo poco a poco, y sin apenas darnos cuenta, la desigualdad entre hombres y mujeres: las frases hechas que inciden en la forma de ver la vida y aspiraciones de unos y otros, las diferencias de colores y juguetes, los roles de género sin ningún fundamento racional…

Rechaza los dogmas, pues considera que el feminismo depende del contexto y no de verdades absolutas. Tira abajo esas ideas que, pretendiendo ser feministas, pecan de hembristas (las mujeres no son moralmente mejores por el simple hecho de ser mujeres) o incluso de machistas (ser feminista y femenina no son características excluyentes). Y, en definitiva, traza lo que ella denomina mapa del feminismo, pero que a mí me parece un mapa para la vida. Directrices sensatas para educar en el respeto, hacia uno mismo y hacia los demás, hacia los orígenes y cultura propios y hacia los ajenos. Una tarea complicada de conseguir, visto cómo está el panorama, pero que siempre merecerá la pena intentar. Al fin y al cabo, solo busca un mundo más justo para hombres y mujeres. Con semejante recompensa, ¿quién no quiere ser feminista?

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