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The private eye, de Brian K. Vaughan, Marcos Martín y Muntsa Vicente

The private eye

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El rey Midas del noveno arte, Brian K. Vaughan (Y, el último hombre, Paper Girls, Los leones de Bagdad) ideó una historia de anticipación que, en algún que otro momento, ya hemos vivido: el desparrame y entrega a terceros de nuestros datos personales volcados en internet. Un tema que nos seguimos tomando como si fueran historietas de ciencia ficción o conspiraciones, pero que en realidad se ha introducido de tal modo en nuestras vidas que nadie (al menos de allí donde llega el wifi) está a salvo de aquello que haya visitado o compartido en internet. Y es que es ahí, en la nube o cualquier red social, donde hemos dejado nuestras huellas y, según a quien interese, puede utilizarlas en nuestra contra. Es nuestro pequeño gran cofre de los secretos. Visitamos páginas que nadie pensaría que llegásemos a visitar; subimos fotos que delatan dónde, con quiénes y en qué momento hemos estado; nos registramos y redactamos nuestro historial laboral, académico y actualizamos nuestros datos personales en cada página que entramos; nos mensajeamos con terceros a espaldas de segundos; guardamos intimidades que no confesaríamos ni al párroco de nuestro pueblo en el día del Juicio Final. Y todo, ¿por qué? Porque creemos que es seguro y PRIVADO. Así, con letras bien grandes. Pero, ¿en realidad lo es?

El argumento de este cómic va a poner de manifiesto ese momento preciso en el que la nube de internet, que todo lo conserva, explota y convierte en público todo el contenido que era privado. Esto va a llevar a la destrucción de familias que parecían ejemplares (esos historiales de páginas de dudoso contenido hacen aguas las relaciones de pareja); aumento del desempleo al tener los empresarios conocimiento de lo que ocultan sus empleados; saber que quien se sienta a tu lado en el metro ocultaba fotografías y vídeos imputables en su ordenador… Es el ¿futuro?, no muy lejano, pero futuro al fin y al cabo. Nuestra generación es en este relato la de los viejos cascarrabias que echan pestes de los tiempos modernos que viven los nuevos jóvenes. En este caso, y he aquí la originalidad del cómic, las nuevas generaciones desconocen las redes sociales, los iPhone, las televisiones inteligentes y el afán por compartir hasta el más mínimo detalle de nuestra vida en internet. Básicamente, no existe internet. Se ha producido una vuelta de tuerca en la forma de comunicarnos entre nosotros, en la idea de mostrar nuestra identidad a los demás. Las máscaras y los disfraces ocultan las apariencias; los nombres son pseudónimos; la privacidad y el anonimato gobierna en las calles y en la vida de la gente.

Esto es solo el contexto donde Vaughan desarrolla una historia que bebe del más genuino pulp, con detectives privados, identidades secretas y un reguero de asesinatos que servirán de pista para ir tras el malo de la peli. Todo con un ritmo trepidante, una narración ágil e inteligente propia de este guionista y que, como ya hiciera en la fabulosa Los leones de Bagdad, para tratar un relato adulto no necesita emplear vocabulario soez ni escenas de sexo, que hacen el efecto contrario: convertirlo en un guion adolescente.

Se va a servir para ello de un equipazo de artistas españoles que hacen de este cómic algo aún más atractivo. Los dibujos son de Marcos Martín, que muestra un paisaje urbano futurista y un desfile de figurines con disfraces y máscaras imposibles, realzando la ambientación que mejor le va al cómic. Por su parte, la colorista Muntsa Vicente llenará las páginas con una muy viva paleta de colores, otorgando los matices necesarios para apreciar los atardeceres, las escenas nocturnas o las diurnas, acompañando el ritmo que marca el guion.

En algunas viñetas, para el lector de ciencia ficción, será más que reconocible algunas referencias a obras del género, en especial, a mi modo de verlo, las que dedica a Fahrenheit 451, de Bradbury, con esas pantallas de televisión a pared completa de las casas, casi idiotizando al espectador. Como ya escribiera el maestro en su novela, aquí, en el cómic de Vaughan, también se produce un acontecimiento que cambió por completo la forma de vida de la gente. No existía una imposición del gobierno que mandase a la gente a desarrollar su vida del modo que lo hacemos actualmente, es decir, nadie nos obligó a entregar toda nuestra información personal a las redes. Lo hicimos, primero como un juego y, poco a poco, se convirtió en toda nuestra vida. No hubo obligación, quizá sí un engaño a modo de cebo. Con el tiempo, lo que era un juego se convirtió, ya sí, en un trámite de obligado cumplimiento. Nos han impuesto registrarnos en cualquier página que necesitamos visitar, sobre todo las de metabúsquedas de empleo, por poner un ejemplo. Esta vida, dicen, a muchos les hace feliz. Es más, no podrían vivir sin publicar fotos o cualquier otra cosa en sus cuentas personales. Creen que controlan tanto aquello que quieren compartir públicamente como lo que mantienen en privado. Hasta que ocurra el diluvio que se denuncia en The private eye.

Un cómic muy necesario, inteligente y divertido y que, si no lo sabes, el propio autor lo publicó para su lectura en internet a través de una plataforma de pago voluntario. Dado el éxito, la editorial Gigamesh apostó por la publicación en papel en una cuidada edición, manteniendo el formato de lectura horizontal original. Y como dicen en muchas páginas de internet de recomendaciones a modo de resumen, te gustará si te gusta la ciencia ficción, las historietas pulp y las novelas distópicas de anticipación.

√ Acepto las condiciones placenteras que supone la lectura de este cómic.

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