Moby Dick

Moby Dick, de Herman Melville

Moby DickLa luz nos llega a veces de los lugares más insospechados. En el siglo XIX, por ejemplo, había que buscarla en el fondo del mar. Concretamente del aceite que se obtenía de las ballenas y que servía, entre otros productos, para proveernos de lámparas y velas. El mar era entonces, en parte sigue siendo, ese espacio del mundo ingobernable por el hombre, hipnotizante y bello pero profundamente oscuro e inestable. Herman Melville que, probablemente más por necesidad que por espíritu, se aventuró en varias travesías a bordo de un ballenero, se embarcaría tiempo después y ya en tierra firme en esta otra empresa que habría de durar cerca de dos años y que llevó el título de Moby Dick. La luz, en su caso, era el conocimiento.

El resultado es esta novela inmensa que recupera Sexto Piso en una maravillosa edición brillantemente ilustrada por el artista mexicano Gabriel Pacheco y con una nueva traducción a cargo de Andrés Barba. Una perfecta oportunidad para los que, como yo, aún tuvierais su lectura como una de las más grandes cuentas pendientes con la literatura.

Su historia, ya lo sabréis, es la de Ahab y su promesa de venganza con el colosal leviatán. A él lo conocemos de la mano de Ismael tiempo después de que este se presente con uno de los inicios más famosos de la literatura, “llamadme Ismael”, y embarque con su reciente y pintoresco amigo Queequeg como parte de su tripulación. Pero el capitán del Pequod solo ve su dolor. Que es ese vacío allí donde antes estaba la pierna que le arrancó Moby Dick. Su luz, por tanto, lo que le guía, es su rencor. O la oscuridad.

Una historia de aventuras. El relato de una persecución por el mar y de una obsesión, la de Ahab, en el que, al otro extremo, se sitúa la imponente ballena blanca, ese animal al que su narrador nos va desgranando poco a poco en un estudio minuciosamente biológico, allí donde su lectura se vuelve a veces más complicada, como si también se tratara de su propia obsesión. Y es que, lo que al lector le puede resultar un poco molesto, casi como si entorpeciera el ritmo de la narrativa, es, en realidad, parte de su grandeza. A la novela de Melville hay que verla en su conjunto y como tal resulta impresionante. Porque no hay nada que quede al margen de este clásico que a veces se vuelve indomable, como el animal que lo protagoniza. Todo lo que era, que aún es, mundo está en Moby Dick. Desde un punto de vista antropológico, sociológico, cultural, político, biológico, ético, religioso, ideológico y moral. Una obra de grandes y pequeñas lecturas, como esa que nos habla de peces agarrados y peces sueltos, una radiografía perfecta de los usos y costumbres de la época, del mar y del trabajo en los balleneros que refleja una ardua labor de fondo que va más allá de lo puramente literario, pero que también es profunda y esencialmente literaria. Porque su narrativa nos mece entre sus aguas, a veces bruscas, a veces mansas, y nos conduce con la misma fascinación que Ismael, y la misma pasión que Ahab hasta su final.

Así las cosas, todo lo que se pueda decir parece poco y es más que probable que ya esté escrito. Sobre Moby Dick habrá que volver después. No es suficiente una sola lectura y en un único sentido. Porque algunas novelas no terminan con su punto final. Una obra ambiciosa, magistral y sublime, que busca arrojar luz, ya lo he dicho, como las ballenas en el siglo XIX. Y lo consigue.

4 comentarios en «Moby Dick»

  1. Es un libro enorme, lleno de lecturas, lleno, como dices, de luz y oscuridad. Me encanta esta edición y me dan ganas de no haberlo leído para hacerlo por primera vez con ella…

    Responder
  2. Herman Melville fundió en Moby Dick una maravillosa trama novelesca -la obsesiva necesidad de venganza del capitán Ahab- con un cansino tratado enciclopédico sobre cetología, que va enseñando en forma de capítulos los días tranquilos del Pequod, el barco ballenero que persigue al Leviatán con aspecto de cachalote albino. Así, Melville, lector compulsivo desde joven, más obsesionado que el mismo Ahab, perseguiría y leería todo lo habido hasta la fecha sobre cetáceos, y en su afán de escribir una obra maestra -para lo que se retiró dos años al campo- volcaría en el libro todo el saber acumulado sobre las ballenas: historia, especies, tipos, características, anatomía, hábitat, arte, citas, costumbres, mitos, su caza, su despiece, su transformación, su carne, su aceite, sus huesos… así como de los barcos balleneros, su estructura, organización, tripulación, herramientas, etc. etc. Como dice J. M. Valverde en el prólogo a la edición de Austral “…hay que dejarse llevar por la voz del autor en estas larguísimas “variaciones Goldberg” sobre tema ballenero”.
    El resultado es una obra formada en un 30 % de un intenso y atractivo relato novelado, principalmente en boca de un marinero principiante al que podemos llamar Ismael; y un 70% del libro que conformaría la “Ballenapedia”. La propuesta no sería entendida hasta años después de la muerte de Melville. Tras su publicación en 1851 el fracaso comercial fue inminente. Los lectores no resultaron ser los “fisiólogos sensatos” que esperaba el autor; probablemente a estos les hubiera bastado una versión acotada a la acción para ser felizmente “bautizados en nombre del diablo”. En mi caso, como lector, he “agarrado” menos capítulos de los que he dejado “sueltos”.
    http://noninaclasicosdeaventura.blogspot.com.es/2015/04/11-moby-dick-herman-melville.html

    Responder

Deja un comentario