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Semblanza 13: J. G. Ballard

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Semblanza 13: J. G. Ballard


Creo en el poder de la imaginación para rediseñar el mundo, para liberar la verdad que vive dentro nuestro, para contener la noche, para trascender a la muerte, para encantar a las autopistas, para congraciar a los pájaros, para ganarnos la confianza de los locos.

ballardEl texto pertenece al credo publicado por Ballard en las revistas Science Fiction e Interzone en 1984, el mismo año que el público mayoritario descubrió la existencia del escritor británico gracias a la versión cinematográfica de su novela El imperio del sol, basada en la propia experiencia infantil de Ballard durante el tiempo que estuvo encerrado con su familia en un campo de concentración japonés durante la Segunda Guerra Mundial. La novela no fue bien acogida por muchos de sus lectores más asiduos aunque para él llegó a significar la siempre ansiada estabilidad económica que en ese momento, con más de cincuenta años, aún no había alcanzado. Y lo que es más importante, la escritura de la novela supuso la culminación de un proceso de cuarenta años, el tiempo que el autor empleó en exteriorizar aquella experiencia que marcó su vida y su obra para siempre.

Nacido en 1930 en Shangai, James Graham Ballard vio cómo su vida cambiaba (pertenecía a una familia rica) al caer la ciudad en manos japonesas cuando él tenía 7 años. Al llegar a Inglaterra en 1946 sintió rechazo hacia una sociedad que le era ajena. Probó diferentes trabajos y empezó a estudiar medicina con la intención de ser psiquiatra, pero abandonó el empeño tras dos años (que le influyeron mucho, especialmente la anatomía y el psicoanálisis). O más bien derivó ese empeño hacia la literatura; no son pocos los que hablan de él como el escritor que mejor demostró la validez de la ficción como método de análisis político y sociológico, entre otras virtudes por su capacidad de expresar la deriva psíquica del ser humano. Se casó con una periodista y se fueron a vivir a Shepperton, un suburbio londinense en el que tuvieron tres hijos antes de que Mary, su mujer, muriera en España (Alicante) a causa de una infección. Ballard nunca se mudó de aquella casa en Shepperton, a pesar de que era un viajero asiduo, sobre todo de las costas españolas. Murió en 2009 por culpa de un cáncer. Al final de su último libro, la autobiografía Milagros de vida (Mondadori, 2008), confesó públicamente su enfermedad con un tono que bien podría intercambiarse por el característico tono frío y aséptico de muchos de los personajes que creó. Personajes que muestran el lúcido y visionario mundo interior del autor, como si de una autopsia se tratase.

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Semblanza 12: Macedonio Fernández

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Semblanza 12: Macedonio Fernández

macedonio-fernandezDice Ricardo Piglia, uno de sus principales valedores actuales, que no podríamos imaginar a Borges, a Cortázar y a tantos otros escritores argentinos sin la existencia previa de Macedonio Fernández. El Universo o Realidad y yo nacimos en 19 de junio de 1874, dice el narrador o el propio Macedonio (esto sería difícil delimitarlo) en el libro Papeles de Recienvenido. Las biografías oficiales, no obstante, fijan su nacimiento unos días antes, el 1 de junio, en Buenos Aires. Se licenció en Derecho y publicó sus primeros poemas en periódicos y revistas literarias. Empezó a ejercer el cargo de fiscal en un juzgado federal y se casó y tuvo cuatro hijos con Elena de Obieta, que falleció en una intervención quirúrgica en 1920. Macedonio tenía 45 años. La pérdida de su mujer le dejó profundamente tocado. Abandonó la profesión y las amistades, y dejó a sus hijos al cargo de unos familiares para emprender una vida austera de pensiones y habitaciones prestadas. En 1927, varios autores, entre ellos Borges, proponen a Macedonio Fernández como candidato a presidente del país. Aunque no se tratase más que de una astracanada surrealista y no parece que en la cabeza del escritor estuviese llegar a gobernar la nación, sí que buscaba generar algún tipo de movimiento político. Quizás para él no fuera más que una manera de rescatar algo del espíritu utópico que tuviera Macedonio décadas antes, a finales de siglo, cuando fundó junto a unos amigos una comuna anarquista en una isla. De aquella intentona quedó un libro de poemas, La nueva argentina, una especie de programa utópico para una supuesta sociedad futura. En 1947, Macedonio se fue a vivir al barrio de Palermo con su hijo Adolfo de Obieta, el único que quedaba vivo: el hombre que dedicó buena parte de su vida a rescatar los textos de su padre, de ese fantasma porteño que iba de un lado a otro con su maleta llena cuadernos con obras eternas, inacabadas, inacabables. Murió en 1952 tras pasarse más de media vida tratando de eternizar el alma de su difunta mujer, tratando de escribirla para la posteridad.

Macedonio Fernández dejó una obra original y arriesgada que se adelantó a su tiempo. Hay que tener en cuenta que, sin caer en la pose de muchos autores, fue uno de esos narradores en los que la necesidad de escribir superaba la ambición por publicar, etapa a la que muchas veces llegaba empujado por los demás más que por su propia iniciativa. De ahí su escasa producción pública, y quizás, el hecho de que el relato oficial –el mito- haya preponderado siempre por encima de la propia obra, conformadora en parte de la vanguardia literaria argentina. Su primer libro fue No toda es vigilia la de los ojos abiertos, de tintes filosóficos y en donde aparece ya la pasión, uno de sus temas predilectos. Luego vendrían Papeles de Recienvenido y continuación de la Nada (Barataria, 2010), dos libros que fueron escritos de manera independiente pero publicados juntos en 1944, y que suponen una especie de tratado humorístico y filosófico. Después llegó Adriana Buenos Aires (Península, 1998), a la que el autor se refería con ironía como última novela mala, y la publicación en México de sus Poemas (Visor Libros, 1991). Y en 1967, quince años después de la muerte del autor, se publicó al fin la primera novela buena, su obra póstuma, y la más conocida: Museo de la Novela de la Eterna (Cátedra, 1995). Este libro tuvo una larga gestación, puesto que quería abarcarlo todo. El hijo de Macedonio, aquel con el que viviera sus últimos años, recuerda a su padre con apuntes de biología, economía, filosofía y todo tipo de materias mientras escribía aquel manuscrito de nunca acabar. El libro trata de ser un museo donde se conservan las experiencias, los sueños, los pensamientos. Es a la vez novela, diario, ensayo sobre el arte y hasta un plan de vida, en palabras de Piglia, guionista de un excelente documental sobre Macedonio. Museo de la… es una especie máquina de contar, de hacer novelas si se quiere: algo así como un software para fabricar ficciones que se adelantó al siglo XXI y a novelas en la línea de Rayuela de Cortázar o Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, aunque con características diferentes.

La relación entre Macedonio Fernández y Borges es curiosa. Macedonio fue amigo del padre de Borges y con el paso de los años, el propio Borges convirtió a Macedonio en su maestro literario e incluso reconoció que lo imitaba hasta el plagio devocionario. Macedonio aparece como personaje en distintos textos de Borges, que llegó a escribir el guión de una película, Invasión, en donde una serie de conspiradores planea asesinar al presidente. El protagonista de esa película bien puede verse como un doble de Macedonio, bigote, sombrero y poncho. Pero no es la única obra tras la que anda el fantasma de este escritor tan admirado como poco conocido, sobre todo fuera de Argentina. El propio Piglia cuenta que escribió su novela La ciudad ausente pensando en Macedonio Fernández. Posteriormente, a partir de esa novela, Gerardo Gandini compuso una ópera en la que un hombre construye una máquina para perpetuar el alma de su mujer, que se está muriendo. La máquina que a Macedonio le hubiera gustado tener y que nosotros, de alguna manera, podemos disfrutar gracias sus libros.

Leo Mares

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Semblanza 11: Flann O´Brien

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Semblanza 11: Flann O´Brien

Si hay un país que cuide y venere a sus escritores por encima de los demás, ese país es Irlanda. La literatura ha sido siempre uno de los opios de la patria de Joyce, el más conocido de una serie de poetas, dramaturgos y novelistas que han pasado a la historia gracias a sus libros. Uno de esos autores, menos popular fuera de Irlanda, es Flann O´Brien (Strabane, 1911), que a la sombra del propio Joyce, de Wilde, de Yeats o de Beckett, dejó una obra con un impulso creador evidente: el humor. En la mayor parte de las ocasiones mediante el uso de la sátira.

flann-obrienFlann O´Brien fue uno de los muchos seudónimos de Brian O´Nolan, su auténtico nombre (en aquella época, un funcionario no podía publicar en Irlanda con su propio nombre). Otros seudónimos que utilizó fueron Myles Na Gopaleen (en el Irish Times, en donde relató en su columna la vida cotidiana en Dublín a lo largo de treinta años), George Knowall (en The nationalist), Brother Barnabas o Count O’Blather. Estudió literatura celta en el University College de Dublín. Se conoce una anécdota que atribuye a O´Brien la autoría de una serie de cuentos eróticos escritos en gaélico y publicados en el periódico de la universidad, con lo que se burlaba así del desconocimiento del irlandés antiguo que tenían las autoridades universitarias, incapaces de comprenderlos y por tanto, de prohibirlos. A partir de 1935 trabajó de funcionario y fue cuatro años más tarde cuando publicó su primera novela, En Nadar-dos-pájaros: Borges, admirador de este libro, lo definió así:  Un estudiante de Dublín escribe una novela sobre un tabernero de Dublín que escribe una novela sobre los parroquianos de su taberna (entre quienes está el estudiante), que a su vez escriben novelas donde figuran el tabernero y el estudiante, y otros compositores de novelas sobre otros novelistas… Sus otras novelas (todas ellas publicadas en castellano por la editorial Nórdica) son La boca pobre (1941), La vida dura (1961), El archivo Dalkey (1964) y El tercer policía, publicada un año después de la muerte del autor.

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El planeta americano

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El planeta americano, de Vicente Verdú

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Si un extraterrestre nos visitara lo primero que tendría que hacer para comprender el mundo sería (intentar) comprender a los Estados Unidos. Conocer su origen, su cultura y su mentalidad sería una manera rápida de hacerse una idea global sobre el resto de la especie. Hace ya mucho tiempo, más de un siglo, que la (norte)americanización del planeta es un hecho, un objetivo declarado y financiado. Todos estamos intoxicados, para bien y para mal. La música, el cine y la industria del entretenimiento, la ropa, la comida rápida, los centros comerciales, Internet, los todoterreno, los reality shows, la ausencia de nombre en las camisetas de los futbolistas, la sobreabundancia de información en las etiquetas alimentarias, los repovasos de fábrica en los coches, la venta a plazos, la venta al por mayor, los descuentos en viajes comprados con antelación… La lista es interminable. La cultura norteamericana se expande a lo largo y ancho del mundo como si de la ampliación de una empresa se tratara. Y de eso se trata precisamente: el mundo como un negocio potencial, el dinero como eje de todas las relaciones, la rentabilidad como objetivo prioritario. Ésta es una de las claves para entender la mentalidad norteamericana y el actual estado de cosas.
No trata Verdú de presentar a los Estados Unidos como un país únicamente preocupado por conquistar nuevos mercados. Eso ya lo sabemos todos. Tampoco trata el libro de demonizar todo lo que tiene que ver con Estados Unidos per se, algo que sería poco inteligente y nada útil. Lo que pretende el autor es darle al lector la oportunidad de conocer por qué el estadounidense medio es como es, por qué son una sociedad ensimismada en su acontecimiento nacional, por qué a diferencia del poder cultural americano sobre Europa, la producción cultural europea no llega allí más allá de los circuitos universitarios, por qué más de la mitad de la población tiene una bandera nacional en su casa, por qué su vida pública se encuentra empapada de religiosidad, y tantos otros interrogantes que el autor analiza con la ventaja que dan los tres años vividos entre estadounidenses.

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Efectos

Efectos

Efectos, de Roberto Maydana

Efectos

Publicar un libro es algo muy especial para el autor. Y si hablamos del primer libro, la experiencia, como en todas las primeras veces, se convierte en irrepetible, un momento fundacional que es preciso disfrutar y celebrar como corresponde: se trata de un sueño cumplido y eso no se consigue todos los días. Roberto Maydana (Buenos Aires, 1982) lo ha logrado con Efectos, un libro de cuentos que suda ilusión en cada página, desde las dedicatorias iniciales hasta el texto que se incluye al final y que el autor utiliza para agradecer los cariños (e impulsos) prestados.

La vida cotidiana está llena de efectos que se observan a simple vista o que se pueden apreciar en los detalles más pequeños. El malhumor de un pasajero en el tren, la belleza de una mujer a cámara lenta, el desprecio hacia un vagabundo, todo lo que hacemos produce una serie de efectos infinitos. Esto es lo que trata de reflejar el autor en cuentos como Despedida, Gemelos, La mujer de las llamadas, Gabriela o Crónica de un miércoles cualquiera, el relato que abre el libro y que, de alguna manera, lo sintetiza. Roberto, que vive en España desde hace dos años, se declara lector y admirador de García Márquez, Vargas Llosa y Saramago, y confiesa que su auténtico sueño sería publicar una novela. Por el momento tenemos aquí sus cuentos, sus primeros pasos como escritor. Anécdotas y detalles que buscan formar parte de un todo entrelazado por las palabras, como el crucigrama que anuncia la portada. Como la vida misma.

Libros y Literatura

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Pangea

Pangea

Pangea, de Vicente Luis Mora

PangeaVivimos en un mundo nuevo, eso ya casi nadie lo niega. Un mundo en el que las nuevas tecnologías están cambiando la manera de relacionarnos con nuestro entorno y con el resto del planeta, tanto a nivel privado como público. Vicente Luis Mora analiza las consecuencias de este nuevo orden en la sociedad, en la literatura (en 2012 publicará un ensayo que profundiza en este ámbito concreto), en la moral, en el trabajo, en la justicia. Un libro necesario en el que la erudición no está reñida con la pedagogía y en el que el lector, tanto el iniciado en la materia (tecnológica) como el ignorante, encuentra una guía más que interesante para hacerse una idea de este mundo en el que vivimos, que poco se parece a la idea que muchos tenemos en la cabeza, la idea que algunos quieren vendernos usando, precisamente, entre otras cosas, esa tecnología y esas nuevas vías de comunicación de las que habla el autor en este libro.

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La mano invisible

La mano invisible

La mano invisible, de Isaac Rosa

La mano invisible

Dice José Luis Pardo, filósofo español, que el trabajo resulta inenarrable: hay muchas narraciones que transcurren total o parcialmente en lugares de trabajo, pero lo que estas narraciones relatan es algo que ocurre entre los personajes al margen de esa actividad laboral, y no esa actividad en cuanto tal… ¿Cómo contar algo allí donde no hay nadie, donde cada uno deja de ser alguien? Isaac Rosa parece haber aceptado el reto propuesto por Pardo. El resultado es esta mano invisible que maneja personajes sin nombre (los conocemos por su profesión) y con una característica común: no saben por qué hacen lo que hacen, más allá del dinero que ganan con ello. ¿Y qué es lo que hacen? Trabajar. Pero lo hacen de una manera peculiar (alguien los mira) que consigue que la lectura de gente trabajando no se convierta en lo que pudiera parecer: otro trabajo más. Todo lo contrario: el libro es ameno (salvo algún tramo contado, de acuerdo), lo que ya supone una virtud dada esa aparente imposibilidad de la que hablaba Pardo al principio de este párrafo.
Son muchos los oficios que se narran en la novela. Una limpiadora, un carnicero (cuidado los que no quieran convertirse en vegetarianos, conmigo casi lo logra), un albañil, una puta, una administrativa, un camarero, una telefonista. Todos trabajan en escena. Trabajan mucho. Y piensan. Y el autor pretende que el lector haga lo mismo: pensar, no sólo trabajar, y aquí reside precisamente, en mi opinión, una de las principales propuestas del libro. Pensar, visto lo visto, si es necesario abrir un debate social (profundo en tanto crítico y carente de partidismos políticos, a ser posible) sobre la idoneidad de nuestra organización laboral. Dice el narrador: Nunca ha entendido por qué hay que trabajar como mínimo ocho horas y no tres o cuatro, cuando lo comenta con conocidos la miran como a una niña pequeña que desafía con su lógica inocente el mundo duro de los adultos […] Ve desproporcionado el número de horas que entregamos de nuestras vidas para lo que obtenemos a cambio. La novela (social pero también política, aunque menos que otras del autor) nos recuerda que esta manera de organizarnos se ve sustentada por una moral que ensalza la laboriosidad y condena la ociosidad, una moral que empezó a implantarse con los obreros de las primeras sociedades industriales. Descansar sólo dos días o menos, someternos a los modos de producción de los dueños del trabajo, entregar a cambio de un sueldo nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestro cansancio, nuestra atención, nuestra inteligencia, nuestro talento, nuestras emociones, nuestra salud, nuestro dolor, nuestro malestar. Viva el trabajo, en definitiva.

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Semblanza 10: Gonzalo Suárez

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Semblanza 10: Gonzalo Suárez

Sucede en ocasiones que el número de veces que uno es alabado por sus compañeros de trabajo es inversamente proporcional a la repercusión que ese trabajo tiene, cuando, por lógica, debería de ocurrir todo lo contrario. El tema se complica si ese trabajo es considerado artístico y además te dedicas a más de una actividad al mismo tiempo, ya que suele toparse uno con la Iglesia, que en este caso es la envidia, siempre generalizada. Es lo que le ocurre a Gonzalo Suárez (1934), periodista, escritor y director de cine al que tantos colegas (escritores) citan como una irrupción que vitalizó el naturalismo y el realismo que adormecían la gran mayoría de la narrativa española de posguerra. Son muchos los que le dedican buenas palabras, desde Cortázar y Max Aub hasta Eduardo Mendoza y Javier Cercas. Sin embargo, la obra literaria de Gonzalo Suárez es (aún) menos conocida que la cinematográfica.

gonzalo-suarezNació en Oviedo un 30 de julio pero el inicio de la guerra civil le sorprende en Madrid con tan sólo dos años. No fue al colegio hasta que cumplió los diez. Fue su padre, catedrático de francés, quien se encargó de la educación del niño que tiempo después, convertido en un pequeño intelectual, comenzaría a estudiar Filosofía y Letras a la vez que escribía y protagonizaba distintas obras de teatro. Pero le asaltó otra pasión mayor a la dramaturgia, provocada por la contemplación de los maestros impresionistas: la pintura. Y por aquel entonces, si uno quería ser artista, ya fuera pintor o escritor, tenía que vivir en París. En 1958 regresa a España con su mujer. En Barcelona comienza su labor periodística con el seudónimo de Martin Girard. A pesar del notable éxito de las crónicas (deportivas y sociales), los reportajes y las entrevistas de su alter-ego, Suárez abandona el periodismo y comienza a publicar libros de ficción: las novelas De cuerpo presente (1963), El roedor de Fontinbrás (1965), una sátira del militarismo, Rocabruno bate a Ditirambo, o el libro de cuentos Trece veces Trece (1964), del que Vicente Aleixandre dijo: Todo es no siendo. ¡Qué vértigo al terminar! Una magnífica y certera manera de describirlo. En 1966, Suárez comienza su carrera como director de cine, labor que compaginará a partir de entonces con la literatura. Sobre esta dualidad, tantas veces convertida en pregunta, el autor prefiere valerse del humor: ese tema requiere un simposio de quince días al borde del mar. Ya en los años ochenta y noventa publica Gorila en Hollywood (1980), que toma como punto de partida real la experiencia que vivió el autor escribiendo un guión a cuatro manos con Sam Peckinpah, La reina roja (1981), El asesino triste (1994) o Ciudadano Sade (1999). Recientemente ha publicado dos nuevos libros: la novela El síndrome de Albatros, en Seix Barral), y una recopilación de todos sus cuentos, Las fuentes del Nilo en Alfaguara.

Gonzalo Suárez puede presumir y presume de haber creado un género: la Acción-Ficción. Él mismo lo describe: A mí no sólo me pasan las cosas que me pasan sino que también me ocurren las cosas que se me ocurren. A veces basta dejarse llevar por las palabras sin que la idea interrumpa el pensamiento. Es un género degenerado que permite ejercitar la imaginación y escribir con impúdica espontaneidad. Eduardo Mendoza sintetiza hablando de una realidad que él mismo iba creando a medida que la describía. En cualquier caso, la escritura de Gonzalo Suárez desvela su gusto por la sonoridad del lenguaje, y está impregnada de imágenes, igual que sus películas están en buena medida hechas de palabras. Leerlo es meterse en un mundo peculiar donde lo cotidiano se ignora y donde lo fantástico se mezcla con lo real. Leerlo es sentir el vértigo de lo inesperado, de lo que no es habitual. En una de las presentaciones de sus dos últimos libros, Juan José Millás, buen amigo del implicado, realizó una de las mejores preguntas que se le pueden hacer a un tipo como Suárez: Gonzalo, ¿te hubiera gustado ser normal? Por suerte para los lectores, nunca lo fue.

Leo Mares

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Semblanza 09: Philip K. Dick

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Semblanza 09: Philip K. Dick

Ir al encuentro de uno mismo y preguntarse quién es el que se acerca. La frase es de Emmanuel Carrère, autor de una peculiar e interesante biografía de nuestro protagonista, y puede servir para acercarse a lo que Dick sintió durante toda su vida, desde que Jane, su hermana melliza, murió un mes después de nacer. Sus padres también grabaron el nombre de Philip en la lápida, con la fecha de nacimiento, un guión y un espacio en blanco que se llenaría 53 años más tarde, tras una existencia marcada por los problemas mentales y la inquietante sensación de que era su hermana quien estaba viva, mientras que los demás, incluido él mismo, estaban muertos.

philip-dickPhilip Kindred Dick nació en Chicago en 1928. Sus padres se divorciaron cuando tenía cinco años (luego él mismo seguiría la tradición hasta en cinco ocasiones). Philip se quedó con la madre y los dos se trasladaron a Washginton, aunque pronto regresaron a Berkeley, en donde Dick estudió y trabajó en una tienda de discos, una de sus grandes pasiones. A menudo se enorgullecía de su conocimiento de la música clásica, incluso dicen que era capaz de adivinar el nombre de una pieza, una sinfonía o una ópera con tan sólo escuchar los primeros acordes. Publicó su primer cuento con 24 años, en 1952. Pronto se hizo en hueco en diversas revistas pulp. Once años más tarde ganó el Premio Hugo gracias a la novela El hombre del castillo, lo que le permitió obtener el reconocimiento del mundo de la ciencia-ficción, aunque no sirviera para mejorar su economía. A lo largo de su vida escribió centenares de cuentos (cinco volúmenes en Ediciones Minotauro) y más de treinta novelas. La más conocida de ellas es, sin duda, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, historia en la que se basó Blade Runner, la mítica película de Ridley Scott cuyo estreno en 1982 Dick no llegó a disfrutar. Pero hay muchas otras novelas, además de los cuentos, que merecen una lectura: Ubik, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía o La penúltima verdad, mi preferida. En ella, gran parte de la población mundial vive en tanques subterráneos fabricando robots y armas para la guerra final que se lleva a cabo en la superficie. Pero la guerra hace años que terminó, no es más que un simulacro creado por un grupo de poderosos para mantener una ficción que los humanos toman como realidad. ¿Os suena?

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Semblanza 07: Pascual Serrano

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Semblanza 07: Pascual Serrano

Durante muchos años pensé que los Reyes Magos existían. De igual manera, más adelante, la ingenuidad me llevó a creer que la prensa, la radio y la televisión servían para informarse. El objetivo de la obra de Pascual Serrano (Valencia, 1964) es demostrar que son los padres quienes compran los regalos y se beben los tres vasos de leche antes de irse a la cama, mientras los niños, mediatizados por la ilusión, sueñan que están informados. La tarea que se propone el autor valenciano es tan sencilla en su enunciación como complicada en su cumplimiento, y sobre todo, en su expansión. Difícilmente van a promocionar los medios a alguien que se dedica a desenmascararlos y a dejar en evidencia que la libertad de expresión es hoy en día tan real como Melchor, Gaspar y Baltasar.

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Licenciado en periodismo, Pascual Serrano ha desarrollado el oficio en numerosos países, especialmente en Sudamérica (México, Cuba, Venezuela, Honduras, Nicaragua) y en Asia (Líbano, Jordania). En 1996 fundó Rebelión, una publicación digital que funciona como diario alternativo a los grandes medios de comunicación. En su web personal, Serrano publica periódicamente una sección que llama Perlas informativas, en la que recopila anécdotas, manipulaciones y engaños aparecidos en los medios de comunicación en el último mes. Darse una vuelta por allí resulta divertido y pedagógico, cuando no indignante. En cuanto a los libros publicados, además de dos volúmenes en los que recopila esas perlas, nombraré primero Medios violentos. Palabras e imágenes para el odio y la guerra (El viejo topo, 2008), en donde se trata de demostrar la implicación de los medios en el fomento del odio, la xenofobia y el culto a la violencia; y ¿El mejor de los mundos? Un paseo crítico por lo que llaman democracia (Icaria, 2011), título, como todos los demás, que deja pocas dudas en cuanto a su contenido.

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Semblanza 06: Miguel Brieva

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Semblanza 06: Miguel Brieva

Hay muchas maneras de mostrar disconformidad con aquello que nos rodea, con la manera en que todo está organizado, con una sociedad que nosotros mismos hemos contribuido a crear. La manera de Brieva, lúcida e irreverente, aún confía en la capacidad subversiva del arte, de la imagen y la palabra, y lo hace a través del comic y el humor gráfico. Su obra nos recuerda lo que muchas veces pretendemos olvidar, aquello que no siempre nos gusta descubrir de los demás, y por tanto, de nosotros mismos, de la manera en que vivimos y nos relacionamos unos con otros.

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Miguel Brieva (Sevilla, 1974), dibujante y escritor, comenzó a publicar auoeditando diversos fancines. En 2007, Mondadori, a través del sello Reservoir Books, publicó Bienvenido al mundo: Enciclopedia General Clismón, lo que supuso un gran descubrimiento dentro de un género en alza. En 2008 aparece DINERO. Revista de Poética Financiera e Intercambio Espiritual, un volumen que reúne los cinco números publicados de uno de aquellos fancines con los que Brieva debutara. Y en 2009 se publicó el que hasta ahora es su último libro, El otro mundo, en donde se recopilan diversos trabajos aparecidos en distintos medios. Colaborador de El País, La Vanguardia, El Jueves, Cinemanía o Rolling Stone, entre otras publicaciones, una de las obsesiones de Brieva es Disney y todo el imperio y los valores que expande esa marca, cuyo objetivo no es otro que la etapa en la que el ser humano es más influenciable: la infancia. Otros de sus temas más recurrentes son Dios, el nazismo, la publicidad o los superhéroes, siempre con esa mirada cómica y certera que parece ver lo que los demás sólo somos capaces de atisbar.

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Semblanza 05: Witold Gombrowicz

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Semblanza 05: Witold Gombrowicz

Cada escritor tiene unas obsesiones y éstas se reflejan en sus libros. En el caso de Gombrowicz (Maloszyce, Polonia, 1904) su principal obsesión fue la lucha contra lo establecido, contra la forma dada, contra el discurso impuesto: El hombre debe ser dueño de las formas que adopta, no esclavo de ellas. Que la forma no deforme, en definitiva. Que todo aquello que nos rodea y moldea no desfigure nuestra individualidad hasta el punto de no poder distinguirla de otras individualidades. Y el símbolo de esa lucha lo situó el escritor polaco en la inmadurez, término que para él carecía de cualquier connotación negativa. La inmadurez como madurez: ésta es una de las enseñanzas más interesantes que el lector puede encontrar en su obra. Por lo que tiene de liberadora.

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Witold Gombrowicz nació en Polonia y allí se educó y vivió hasta una semana antes de la invasión nazi en el verano de 1939. Se marchó en el transatlántico Chrobrsy rumbo a Argentina. Su intención era pasar allí unas tres semanas, pero cambió de planes. Se quedó veinticuatro años. En 1963 se instaló en Berlín becado por la Fundación Ford, por entonces sospechosa (hoy sabemos que era cierto) de recibir financiación de la CIA, encargada durante aquellos años de captar a aquellos intelectuales que pudieran servir para luchar contra el comunismo. Pero esa es otra historia, y desconozco si Gombrowicz supo entonces dónde se metía, aunque sería consciente de la situación política y cultural de una época marcada por la paranoia de la guerra fría y la obsesión de ambos bloques por la propaganda y el espionaje. Allí, en Alemania, donde nunca se sintió a gusto, permaneció un año y luego se marchó a Vence, localidad cercana a Niza en la que murió en 1969, dos años después de recibir el Premio Internacional de Literatura, que aumentó su visibilidad y la cantidad de lectores, además de proporcionarle un alivio económico, como tantas veces, quizá demasiado tarde.
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