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Semblanza 04: Antonio Orejudo

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Semblanza 04: Antonio Orejudo

La historia de la (mejor) literatura española siempre ha estado ligada al humor, a pesar del poco prestigio que sigue despertando todo lo relacionado con la parte cómica de la existencia. Cervantes, Quevedo, Valle-Inclán, Wenceslao Fernández Flórez… hasta llegar a Eduardo Mendoza, esta es la tradición española en la que se enmarca Antonio Orejudo (Madrid, 1963), un autor que defiende el carácter lúdico de la literatura: la escritura y la lectura como un juego en el que parodiar las diversas tradiciones, tanto propias como ajenas. Tenemos una idea penitencial de la lectura: leer tiene que doler, dice el novelista madrileño, si un libro hace reír se devalúa. La pregunta es: ¿Por qué un autor divertido no puede aspirar a la excelencia?

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Confieso que hace años la literatura que más me gustaba, no sé por qué, tenía un tono demasiado trascendental y con tendencia al pesimismo menos alegre. Digamos que no le veía la seriedad a la comedia. Si no dolían, no eran libros indispensables. Con el paso del tiempo y las lecturas, me di cuenta de lo equivocado que estaba (el humor también puede doler), gracias a escritores como Orejudo, entre otros muchos. Licenciado en filología hispánica, trabaja como profesor en la Universidad de Almería, si bien su experiencia docente se ha desarrollado también en Estados Unidos. Ha publicado cuatro novelas: Fabulosas narraciones por historias (Lengua de Trapo, 1996, reeditada por Tusquets en 2007), Premio Tigre Juan;  Ventajas de viajar en tren (Alfaguara, 2000), Premio Andalucía de Novela; Reconstrucción (Tusquets, 2005) y Un momento de descanso (Tusquets, 2011). En Fabulosas narraciones por historias, Orejudo cuenta la historia de tres amigos que viven en la Residencia de Estudiantes en los años veinte. En sus páginas, repletas de sátira, nos cruzamos con Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset o José Antonio Primo de Rivera, todos ellos implicados en un plan oculto para fabricar una generación, la del 27. Con Reconstrucción, Orejudo da una vuelta de tuerca a la novela histórica ortodoxa, de manera que el narrador (que en este caso coincide con el autor) cuenta los hechos desde el presente en lugar de contarlos desde el pasado. Y en Un momento de descanso, publicada recientemente, el objetivo es la universidad española, en concreto el terreno de las humanidades, un campo que el novelista conoce a la perfección y que aquí se encarga de criticar, aunque en esta ocasión, quizás, con más desencanto que ironía.

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Semblanza 03: Juan Bonilla

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Semblanza 03: Juan Bonilla

Continúa nuestra serie de semblanzas, y en este caso es el propio autor quien se presenta:

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Me llamo Juan Bonilla/ y vivo a las afuera de
New York/ (para ser más exactos en Sevilla)/
Cuando era pequeño/ quería ser jugador/ del
equipo de mis sueños./ Aquí me veis de mayor,
jugando al fútbol tan solo/ en la pantalla del ordenador./
Así es la vida, hermano:/ te la pasas
contradiciendo/ lo que deseabas cuando enano.

Cuentista, poeta, novelista, traductor, articulista… Escritor. En concreto, uno de los mejores cuentistas españoles en la actualidad, gracias a relatos como Salto de altura, Las alegres comadrejas del windsurf, Las musarañas, La ruleta rusa, El terrorista pasivo, Metaliteratura o El lector de Perec, entre otros muchos repartidos a lo largo de cinco libros: El que apaga la luz (Pre-textos, 1995, 2009), La compañía de los solitarios (Pre-textos, 1999), La noche del Skylab (Seix Barral, 2000), El estadio de mármol (Seix Barral, 2005), Basado en  hechos reales (una “autología” de sus cuentos preferidos) y Tanta gente sola (Seix Barral, 2010).

Bonilla es un tipo al que parece apasionarle la literatura por encima de todas las cosas. Una de sus propuestas es la metaliteratura, entendida ésta como una literatura con meta, que vaya más allá de la propia ficción y que afecte a la vida de alguien. Dice uno de sus narradores: quizás no fuese más que el deseo de resistirme a la impotencia de la literatura por ser algo más que literatura, por convertirse en vida propia a partir de las experiencias, fantasías, recuerdos de un extraño que, por alguna razón milagrosa, nos conoce –o eso hemos sentido al leer algo suyo. Bonilla resiste con sus cuentos, con esas historias surgidas de vivencias reales y llevadas al extremo en la ficción.

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13´99 euros

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13´99 euros, de Frédéric Beigbeder

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La novela que arranca la ropa al mundo de la publicidad. Así definiría este libro siguiendo la sintaxis utilizada por el narrador, plagada de aforismos acordes con su condición de creativo publicitario. Y digo que le arranca la ropa porque Frédéric Beigbeder (Neuilly-sur-Seine, 1965) no le quita el vestido con delicadeza e ironía, sino que rasga la tela, frase a frase, hasta dejar al oficio –a una parte de él- en la más sátira de las desnudeces.

Cuenta la leyenda que Beigbeder (no confundir con Bilderberg, el famoso club de poderosos adinerados que supuestamente comanda el planeta) trabajó en una agencia de publicidad (esto parece cierto) y que un día, cansado, hastiado, rabioso, decidió escribir un libro que mostrara sin escrúpulos el mundo publicitario con un objetivo: que le despidiesen. Y eso es lo que hace Octave Parango, el narrador y protagonista de la novela, evidente alter ego del autor.

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Las arquitecturas del deseo

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Las arquitecturas del deseo, de José Antonio Marina

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Uno tiende a pensar que es menos consumista que los demás, que son otros los cautivos de la publicidad y de las modas. Marina nos hace ver, de una manera entretenida, como es habitual en sus investigaciones, que somos más parecidos de lo que a menudo nos gusta pensar. Somos humanos: deseamos lo que no tenemos. Y ahí es donde entra en juego la maquinaria de la satisfacción, la respuesta a todo lo que necesitamos: el consumo. La solución a todos nuestros deseos. El camino de la felicidad.

José Antonio Marina (Toledo, 1939), autor de numerosos ensayos, escritor-detective, filósofo, profesor y apasionado floricultor, se preocupa en esta ocasión por el deseo, un concepto filosófico y moral que en la actualidad se ha liberado de opresiones pretéritas y ha sido devorado por la publicidad, encargada de fabricar falsas necesidades que gracias a una complejo sistema se nos presentan como imprescindibles para nuestra felicidad. Vivimos en una sociedad en la que el consumo desmesurado ya no afecta exclusivamente a la economía, que ya no está encaminada a saciar las necesidades que existen sino a crear la demanda necesaria para saciar la oferta producida de antemano. El sistema ha contaminado al resto de relaciones sociales y modela nuestras vidas desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. En este contexto, la publicidad -y los medios- adquieren un papel relevante. Su función es simular una realidad falsa que fomenta sujetos deseantes, conscientes de sus carencias, abocarlos a la frustración y la envidia, para después ofrecerse como solución. El centro comercial como paraíso terrenal.

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Rafael Chirbes

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Rafael Chirbes

Sólo se me ocurre una razón por la que este señor no es tan leído como Muñoz Molina, Mendoza o Marsé, por citar tres autores conocidos y premiados de su misma generación: su apellido no empieza por M. Bromas aparte, no queda otro remedio que achacar el desconocimiento de Rafael Chirbes por parte de eso que llamaremos gran público a los variopintos y caprichosos senderos que conducen a la popularidad en el reino de las novedades, fuera de ese pequeño teatro que conocemos como mundillo literario, en donde Chirbes es un actor (re)conocido por más que se niegue a formar parte de la representación. Y también goza -lo que no deja de ser curioso- de un gran prestigio de crítica y público en Alemania, quizás por su particular manera de acercarse a la historia de un país: sin miramientos, más allá de siglas, sin ese partidismo generalizado que en la actualidad condena la gran mayoría de los debates políticos a la miseria de los intereses creados. Lo que es evidente es que si hablamos de sus libros (novelas, artículos, ensayos), de su manera de ver la escritura y la literatura, de su compromiso con el oficio que escogió, este valenciano (Tavernes de la Valldigna, 1948) no desmerece en nada a sus compañeros de añada.

rafael-chirbesHablamos de un modelo de autor diferente, poco habitual en los medios, en apariencia reacio a recibir los laureles que coronan a otros. Publicó su primer libro con casi cuarenta años. Carmen Martín Gaite fue su madrina literaria y su locutora, como él la llamaba, desde que leyó Mimoun (1988), la primera novela de un autor hasta entonces oculto en el mismo cajón en que reposaban ya manuscritos posteriormente publicados. Después de su debut vinieron cinco libros que bien pueden considerarse una de las mejores muestras quijotianas de esa corriente que busca mostrar la historia privada de las naciones, en este caso con la guerra civil y la posguerra españolas como paisaje: En la lucha final (1991), La buena letra (1992), Los disparos del cazador (1994), La larga marcha (1996) y La caída de Madrid (2000). Además de ficción, Chirbes recurre también al ensayo para expresar sus ideas y pasiones literarias, artísticas y políticas. En este sentido no es como la gran mayoría de los escritores, que recelan de cualquier debate político por miedo a una lectura partidista o a un descenso en las ventas de ejemplares. Buena muestra de ello son dos recopilaciones de artículos, conferencias y ensayos: El novelista perplejo (2002) y Por cuenta propia: leer y escribir (2010), dos libros necesarios por la frescura de su mirada, por lo poco habitual de su punto de vista, que no se casa con nadie y recela siempre de lo políticamente correcto. Con Crematorio (2007), su última novela, Chirbes nos regala una radiografía irónica, cruda y desencantada de la España actual a través de un constructor sin escrúpulos que simboliza la relación entre la destrucción física del paisaje y la devastación moral de la sociedad.

Si hay un tema recurrente en su obra, un impulso vital, es la crítica moral de una generación, la suya, que se traicionó a sí misma a raíz de la transición, periodo muy criticado por Chirbes (y por otros autores como Rafael Reig o Antonio Orejudo, aunque estos desde una perspectiva literaria más paródica y lúdica, respectivamente). Hay que cumplir –dice Chirbes– con la obligación de contar nuestro tiempo, meter el bisturí en lo que este tiempo aún no ha resuelto -o ha traicionado- de aquél, y en lo que tiene de específico. Y eso es lo que hace él, sin importarle a quien le pueda escocer, empeñado en llevar a la realidad aquello de que la revolución es pasar de la retórica a la verdad. En Los viejos amigos encontramos uno de los muchos ejemplos de este desencanto generacional. En torno a una cena entre antiguos compañeros, el lector se va encontrando con una serie de personajes que soñaron con cambiar el mundo pero que, llegado el momento, decidieron aplazarlo. Una publicitaria, una profesora, un pintor que trabaja de vigilante de un hotel, un novelista que vende apartamentos a los turistas, todos ellos suponen la constatación de unos tiempos, los que vivimos, en los que todo se ha derrumbado, corrompido o acomodado. Como diría Iniesta (el compositor, no el futbolista), Chirbes prefiere ser un indio antes que un importante abogado. Testigo de una época antes que síntoma de su decadencia. Escritor antes que esclavo.

Leo Mares

 

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Autor Vs Escritor

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Autor Vs Escritor

Una cosa es ser escritor y otra muy distinta es ser autor. Son dos especies diferentes, opuestas, por más que una sea consecuencia ineludible de la otra. El escritor duda, corrige, tacha, desconfía: crea. El autor afirma, asegura, dogmatiza, se muestra seguro de lo que dice: vende. Mientras que uno es solitario y huraño, el otro es extrovertido y amable. A todo escritor se le presenta ¿la necesidad? de ser visible si quiere que alguien lea sus libros, y este es, y no otro, el deseo de todos los que publicamos: que nos lean (desconfiad de los fatuos que declaran lo contrario). La alternativa parece ser la tomada, entre otros, por Salinger, paradigma del escritor que se niega a ser autor, al menos de la manera habitual. Aunque alguien podría argumentar, quizás con razón en ciertos casos, que la decisión de eludir cualquier estrategia de publicidad, en un mundo que parece un campo de minas publicitarias, es ya una estrategia en sí misma.

dr-jekyll-y-mister-hydeSer autor conlleva una serie más o menos reconocible de tareas. Presentaciones  a las que la gran mayoría de los asistentes acuden por compromiso (algunos tratan de llevarse el libro gratis, especialmente si son editores, desconozco la razón), entrevistas en prensa, radio y televisión en donde se repiten las preguntas y las respuestas; charlas y mesas redondas en donde se defiende con seguridad e incluso vehemencia un discurso casi siempre dogmático; asistencia a cenas, fiestas, entregas de premios y cualquier reunión en la que uno pueda generar contactos (deben llamarse así porque accionan la luz que te otorga la visibilidad). Y todo con el objetivo de que la gente lea lo que escribimos.

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Julio Ramón Ribeyro

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Julio Ramón Ribeyro

 

No son buenos tiempos para los fumadores. Ribeyro lo llevaría mal, muy mal. Le encantaba escribir, beber, pero le gustaba más fumar. En uno de sus cuentos, Sólo para fumadores (Menoscuarto, 2009), el narrador (el propio autor, pues el relato es en gran medida autobiográfico) repasa su vida a través de su relación con los cigarrillos. Entre otros cita a André Gidé, quien en sus diarios dijo aquello de que escribir era un acto complementario al placer de fumar. Sin duda Ribeyro sintió esta frase como suya durante toda su vida, y no la olvidó, ni siquiera cuando supo que sería el cigarrillo el que lo apagase a él.

 

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Nació en Lima en el verano de 1929, pero fueron varias las ciudades por las que el escritor paseó su triste y delgada figura. París, Madrid, Munich o Amberes vieron pasear ese pesimismo resignado que tantas veces parece desmedido, cuando no impostado (aunque, quizás, justificado por su salud enfermiza). Lo dice él mismo, quizás soy de aquellos que no pueden vivir sin un pozo de angustia. Esa angustia resulta en ocasiones fugaz y paralizante, como la que uno siente cuando tiene resaca, lo que tiene sentido, ya que Ribeyro era un bebedor asiduo, además de, dicho sea de paso, un nulo previsor económico. Ese carácter solitario y taciturno es sin duda uno de los motivos por los que su obra no es tan (re)conocida como la de sus explosivos contemporáneos, entre los que figuraban Vargas Llosa y Bryce Echenique, con quienes compartió amistad durante sus estancias en la capital francesa. Otro motivo de esa menor popularidad puede ser su predilección por el cuento, género en el que alcanza sus cotas más altas como escritor, dejando a un lado sus inclasificables Prosas apartidas (1975-1978), que él calificaba como pedazos de otras obras, de cuentos, de novelas, de diarios, y que son una magnífica muestra del talento del peruano.

 

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El lector y sus circunstancias

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El lector y sus circunstancias

Existen tantos tipos de lectores como lectores hay en el mundo. Lo dijo Borges en una ocasión, y no andaba desencaminado, como no podía ser de otra forma tratándose, posiblemente, de uno de los miembros más acérrimos que ha dado esa especie (¿en extinción?) conocida como lector. Una especie que desarrolla su actividad bajo múltiples circunstancias y en torno a una amplia serie de prejuicios. Algunos de estos aspectos pertenecen al campo de la sociología literaria, materia en la que me confieso un ignorante, pero no se trata de obtener respuestas sino de compartir preguntas: ¿Por qué escogemos un libro y no otro? ¿Qué nos hace decidirnos? ¿Cuándo, cómo y dónde leemos? ¿Cómo influyen estas variables en la lectura y valoración de una obra? ¿Influyen realmente?

hopperEn sus Diarios, Gombrovicz habla, entre otras cosas, de la relación entre lector y escritor, lo que ha sido engendrado a fuerza de sufrimiento total y absoluto se recibe muy parcialmente, entre una llamada telefónica y una chuleta de cerdo. Y llama la atención sobre los diversos factores, ajenos a la estética y a la teoría literarias, que afectan a la lectura. Más allá de sufrimientos total y absolutamente exagerados, el escritor polaco llama a una puerta que pocas veces se abre, seguramente debido a su aparente vulgaridad. Pero tras la apariencia se esconde en ocasiones la sencilla verdad que no alcanzan a explicar sesudos análisis literarios o mercantiles, dependiendo de si uno es escritor o editor. El escritor se preocupa más de los personajes, de la estructura, del comienzo, del final. Al editor le importa más el argumento, las localizaciones, las (obscenas) fajas que informan de los ejemplares vendidos en otros países o de tal o cual frase escrita por autores con tirón mediático. Pero qué le preocupa al lector a la hora de escoger: ¿La estructura? ¿La portada? ¿El texto de la contraportada? ¿La recomendación de un amigo? ¿Una reseña? ¿El género? ¿El autor? Y cómo, cuándo y dónde va a leer ese libro: ¿Por la noche, en la cama, antes de dormir? ¿En el autobús, por la mañana? ¿En la biblioteca? ¿En un sillón orejero? ¿En la playa? ¿En un banco del parque? ¿Bajo el sol o a la luz de un flexo? ¿En papel o en una pantalla? Y dejamos a un lado las circunstancias que giran en torno al estado de ánimo que tiene el lector en el momento de la lectura, que cambian dentro de un mismo libro.

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Las puertas de lo posible

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Las puertas de lo posible, de José María Merino

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Todos hemos soñado alguna vez con viajar al futuro. La literatura es una de las maneras de llevar a cabo ese sueño. En este caso el capitán de la nave es José María Merino, uno de los popes del cuento español. El Dr. Couto, responsable del prólogo y personaje conocido ya por otros libros del autor leonés, encargó a Merino que tradujese al relato literario las impresiones cotidianas que se conservan del viaje al futuro que se realizó en 2001 a bordo de un cronomóvil de la universidad de “Cthuhu”. El resultado es un mundo futurista que critica los desmanes presentes, ya sean políticos, religiosos, ecológicos o humanos, y homenajea a maestros del género como Huxley, Asimov, Clarke o H.G.Wells. Un mundo que quizás encuentren los que anden por aquí dentro de quinientos o seiscientos años. Nosotros, por el momento, tenemos que conformarnos con imaginarlo junto a uno de los mejores cuentistas vivos. No es poco.

Hablamos de una existencia en la que Marte o Luna están habitados, un mundo con robots en el que no hay playas naturales, los ríos corren por tuberías, las televisiones están incluidas en las paredes y en telecascos portátiles, se crean animales mezclando especies (lubina con delfín, hiena con murciélago), casi todo el planeta tiene un aspecto desértico. Y lo que es peor: la gente ya no lee libros.

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Pequeñas resistencias 5

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Pequeñas resistencias 5, de VV.AA.

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Hace ocho años alguien pensó en editar una antología del nuevo cuento (en) español. El libro incluía un manifiesto que definía el relato corto como una ventana en el tiempo, un hueco de asombro y reflexión por donde mirar entre los barrotes de las horas programadas. Hoy, después de ocho años y cuatro libros, ya podemos leer el quinto volumen de estas “Pequeñas resistencias” que han convertido a Páginas de Espuma, y a varios escritores, en referencia nacional si hablamos de cuentos. Ocho años durante los cuales el género parece haber dado un paso adelante en busca de un reconocimiento y una popularidad alcanzadas hace tiempo más allá de las fronteras de nuestra Quijotia. Ocho años en los que no han parado de abrirse ventanas en el tiempo, como este libro se encarga de demostrar.

En aquella primera antología estaban, entre otros, Bonilla, Castán, Olgoso, Martínez de Pisón, Benítez Reyes, Zapata, todos excelentes cuentistas que en la actualidad gozan de un merecido prestigio en la distancia corta. Ese es el camino que esperan continuar los cuarenta autores (diez más que en la primera) que han sido escogidos por Andrés Neuman para representar a aquellos que hayan publicado un libro de cuentos desde el 2001. La muestra de seleccionados abarca, como corresponde, varios estilos y generaciones, desde autores nacidos en los años sesenta y setenta, como Sáez de Ibarra, Manuel Moyano, Ibán Zaldúa, Jokin Muñoz, Javier Mije, Pilar Adón, Jesús Ortega, Elvira Navarro, Irene Jiménez, Jon Bilbao, Oscar Esquivias, Miguel Ángel Muñoz, hasta los más jóvenes, como Daniel Gascón, Cristina Fernández Morales o Matías Candeira. Del prólogo se encarga en esta ocasión Eloy Tizón, otro referente. Y como si se tratara de un DVD, el libro incluye un interesante apéndice de cuarenta páginas en el que los antologados responden a seis preguntas en torno a sus gustos, sus influencias o la manera en que abordan la tarea de escribir sus cuentos.

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Premios literarios 2010

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Premios literarios 2010

Unos, los optimistas, dirán que un año más; otros, más pesimistas, dirán que un año menos. El caso es que 2010 llega a su fin y queremos repasar los premios otorgados por editoriales e instituciones a lo largo de estos doce meses que están a punto de pasar página.

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El más madrugador, como siempre, fue el Nadal (Destino), el premio que supone un regalo de Reyes para el elegido y que en esta edición eliminó la habitual figura del finalista. La epifanía la vivió Clara Sánchez con Lo que esconde tu nombre, una novela sobre la memoria y la culpa y la manera en que afectan al presente. El Premio Herralde, otorgado por Anagrama, fue este año para el colombiano Antonio Ungar y el complejo juego literario que proponen en sus Tres ataúdes blancos. También para el otro lado del charco voló el Alfaguara gracias al chileno Hernán Rivera Letelier, que nos cuenta en El arte de la resurrección la vida de un desarraigado que predica el fin del mundo. Y para cerrar el trío de sudamericanos premiados tenemos al argentino Guillermo Saccomanno. Su libro, El oficinista, dejó impresionado al jurado del Premio Seix Barral, dotado con la nada despreciable cifra de treinta mil euros.

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El león ruso

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El león ruso: centenario de la muerte de Tolstoi

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Son varias las flechas lanzadas para definir qué es un clásico. Lo que es evidente es que el tiempo, la crítica y los lectores se han encargado de aupar a esa categoría al creador de Guerra y Paz, Ana Karenina o La muerte de Ivan Illich. Leon Nikolaievich Tolstoi murió hace cien años en su Rusia natal pero sus libros se mantienen hoy vivos en todo el mundo, al alcance de aquellos que quieran acercarse a uno de los grandes de la literatura decimonónica.

Nacido en 1928 en Yasnaia Poliana, hijo de conde y princesa, pronto quedó huérfano y al cuidado de dos tías paternas que confiaron su educación a preceptores franceses y alemanes, claves, junto a los posteriores viajes por Europa, en la formación del futuro escritor. De la experiencia en el ejército surgen sus primeras ficciones, Sebastopol (1855-56) y Los cosacos (1863). Años después vendrían sus dos novelas más populares: Guerra y Paz (1865-69), una precisa radiografía del alma humana, al tiempo que una referencia a la hora de estudiar las guerras napoleónicas, y Ana Karenina (1875-1877), un completo cuadro sobre los valores sociales y las consecuencias de su quebrantamiento: la respuesta filosófica y aristocrática de Tolstoi a la provinciana y soñadora Emma Bovary de Flaubert.

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