
Hay nombres que, al oírlos o verlos escritos, hacen que sepas lo que te vas a encontrar. Mejor o peor, uno nunca sabrá esas cosas de primeras, pero al menos va haciéndose una idea primitiva, casi sin ningún fundamente objetivo, que ponga en evidencia lo siguiente: cuando seguimos a un autor que nos gusta, leemos lo que escribe casi con una devoción ciega. Algo así – aunque aún me quedan algunas obras suyas – es lo que me sucede cuando veo que Javier Ruescas saca un libro nuevo. Y no son pocos. Me encantaría – y lo digo con cierta envidia – tener la capacidad de escribir que tiene el autor. Pero más allá de su nombre, Latidos se convirtió en una de mis lecturas porque ya había leído Pulsaciones que, para mí, fue una sorpresa increíble ya que unía en su forma – todo se desarrollaba como una conversación dentro de una aplicación – y en su contenido, todo un acierto para que los jóvenes de hoy en día entendieran que la literatura no se aleja demasiado de la realidad y puede, incluso, saber reflejarla a la perfección. Porque si se le puede atribuir algo al autor es haber sabido conectar al público joven – que siempre ha sido acusado de no tener interés por los libros – con la literatura. Pocas veces habré visto, en lo que llevo como redactor de reseñas, un autor que congregue a tal cantidad de adeptos de sus historias. Vuelve, junto a Francesc Miralles a traernos una historia de amor, pero sobre todo una historia sobre la vida y sus complicaciones. Porque no hay que olvidar que, cuando uno es joven, las preguntas se agolpan y pocas son las respuestas que se acercan.
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