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A propósito de las mujeres, de Natalia Ginzburg

a proposito de las mujeres

a proposito de las mujeresMujeres con sombrero y sin sombrero, jóvenes y viejas, con hijos que hacen preguntas molestas o amantes que llegan, te usan, saludan y se van… Cuentos en los que hablan, lloran, caminan las mujeres de Ginzburg.

Cuentos de mujeres, en definitiva. Eso es lo que me apetecía leer. Historias cortas bien escritas con escenas cotidianas, con trocitos de vida (slice of life que dicen por ahí) de personas (me daba igual que fueran niños, hombres o mujeres) en los que meter la cabeza durante un rato y fisgar y cotillear en ellas (pues leer al fin y al cabo es eso en la mayoría de los casos), en sus pensamientos, sus vivencias, sus alegrías y sus desgracias y sentir a la vez que sentían ellas.

En A propósito de las mujeres tenemos ocho cuentos breves y una reflexión, breve también,  de la autora, que abre el libro y lleva el mismo título que este y en la que afirma:

“Las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote: ese es su verdadero problema”

¿Es eso cierto? No lo sé, no soy mujer, pero me inclino a pensar que no. Lo que sí es cierto es que en los ocho relatos se nota ese tono triste y melancólico en los personajes y en sus devenires.

Son relatos de matrimonios de conveniencia, sin amor, de niños que no quieren a su madre y que incluso la temen, de traiciones grandes y pequeñas, de mujeres que no saben qué hacen con sus vidas ni qué quieren hacer con ellas, de infidelidades y también hay algo de crónica de una sociedad y de una época. Por ejemplo, en el cuento Las muchachas y en La madre, vemos el papel de la mujer en ambientes tan distintos como el campo y la ciudad respectivamente. Si en el primero la mujer no aspira más que a conocer varón con el que casarse y espera, espera y espera hasta que aparece (si es que lo hace), en el segundo la mujer (viuda) trabaja, deja a los hijos al cuidado de sus abuelos, hace (mal) la compra y por la noche sale a divertirse con la reprobración de su  padre, para el que su comportamiento es el de una “zorra”.

Como se dice en el prólogo, las historias que empezamos ya acabaron, el conflicto se instaló antes de que empezáramos a leer cada cuento. Porque es lo que ya he dicho. Fisgar unos trocitos de vida y pasar a los siguientes.

Ginzburg escribe con naturalidad, sin palabras ni recursos artificiosos pero cuidando a la vez la prosa, con fluidez, sencillez y casi sin descripciones. Hace que se avance con gusto en la lectura, es atractivo lo que cuenta y cómo lo cuenta a pesar de que, en la mayoría de las cosas, lo que nos cuenta no es precisamente agradable y, aunque no deja un malestar, sí que deja una sensación agridulce.

En ocasiones me recordaba a algunos cuentos de Manuel Rivas, sobre todo por algún final (pero esto es cosa mía, algo por completo subjetivo y puede que solo sea yo quien lo asocie así). Porque te quedas con ganas de seguir fisgando en esas vidas ajenas a ti y piensas que lo mismo podía haber acabado unas páginas después como unas páginas antes, y en ambos casos seguiríamos queriendo más.

A propósito de las mujeres es un pequeño gran conjunto de cuentos que se lee con mucho interés. Al contrario que en otros libros de cuentos en los que siempre unos destacan sobre otros, esta vez debo decir que todos me han dejado buen sabor por igual. Buen fondo y buena forma.

Un libro muy bien escrito sobre mujeres cuya lectura recomiendo tanto a hombres como a mujeres.

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Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg

Y eso fue lo que pasó

Y eso fue lo que pasóExistir y, en esa existencia, que te atraviese el dolor. Existir y, sin embargo, rozar un poco el desaliento, la muerte de las emociones o todo lo contrario, como si aquellos sentimientos que sentimos por los otros nos atravesaran como una espada que, dispuesta, nos parte en dos. Existir y, en ese ir y venir de respiración y latidos, observar cómo aquello que nos hacía vivir, que creíamos que nos daba la vida nos la quita, arrancándonos la piel a tiras o haciéndolo nosotros mismos, como seres que se autolesionan en un intento desesperado por controlar ese dolor que tanto aflige. Existir, y en esa existencia, el miedo a no seguir adelante, al abismo, a adelantar el paso y encontrarnos el precipicio. Somos seres que se acercan al vacío, que lo acarician, que sienten la anestesia que un dolor constante surte en el cuerpo, para poco tiempo después provocar una reacción que, en cadena, transforme lo que habíamos vivido cambiándolo de parte a parte. Y eso fue lo que pasó es lo que el dolor hace con la vida, o lo que la vida hace con el dolor. Amasarlo lentamente, moldeando sus extremidades, la cabeza, el armazón que protege su corazón, para evidenciar que la vida, en ocasiones, consigue que el dolor se vuelva físico, se transforme en lectura, se convierta en un estado que, más allá de la mente, recorra el cuerpo como un escalofrío que nos haga llegar a la conclusión de que la huida es sólo una reacción necesaria para sobrevivir.

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