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Ellos, de Francine du Plessix Gray

Ellos

EllosSi Ellos fuese una obra de ficción costaría creérsela, no sólo por la extraordinaria dimensión literaria de varios de sus personajes, especialmente Tatiana, la madre de la autora, sino por la extraordinaria profusión de vidas fantásticas, apasionantes, que coincidió en la familia Yacovleff-du Plessix-Liberman.
Es una historia familiar, Ellos hace referencia a los padres de la autora, la madre, el padre biológico prematura y heroicamente fallecido y el padre con el que creció, o al menos que le proporcionó una vida que vivir. Es una historia de rusos emigrados (salvo el padre biológico, el Conde du Plessix, francés) que transcurre entre Rusia, Francia y Estados Unidos y que, además de resultar apasionante por si misma, está tan bien contada, con tanto ritmo y detalle pero al tiempo con tanta honestidad, que resulta una experiencia literaria de primer orden. Como decía es difícil creer que en una única familia hayan confluido tantas vidas interesantes, pero una vez leído el libro lo que resulta imposible es no creerlo.
El repaso, tan sincero como emocionado, tan honesto y desgarrado como elegante, que Francine de Plessix, Frosinka, hace de las vidas de sus padres, sus tíos, sus abuelos y la suya propia, así como de la historia que les tocó vivir y los muchos personajes notables que por diferentes razones conocieron, es sinceramente apasionante de leer. Son personajes muy rusos cuando estaban en Rusia, más rusos cuando se exiliaron en Paris y terriblemente rusos cuando se fueron a vivir a Estados Unidos. Son personajes que sobrevivieron a una revolución, a una guerra mundial, a tragedias, hambre, penurias y éxito, pero que siempre fueron, mientras la edad se lo permitió, ellos mismos. Tanto cuando huyeron de la guerra con lo puesto como cuando se convirtieron por décadas en famosos e influyentes personajes del mundo de la moda (Tatiana fue una notable diseñadora de sombreros) o editorial (Alex fue director artístico de las revistas Condé Nast, además de pintor, fotógrafo y escultor). Pero no son sus logros ni sus amistades (Maiakovski, Christian Dior, Marlene Dietrich, Ives Sant Laurent y un largo etcétera) lo verdaderamente llamativo, sino ellos mismos, sus vidas y sus personalidades, inquietante la de Alex, arrolladora y torrencial la de Tatiana.
Antes de ser conocida por sus diseños de sombreros, Tatiana fue célebre por ser musa y pareja de Vladimir Maikovski, los poemas que este le dedicó le han hecho un hueco en la historia de la literatura, pero es el retrato de su hija el que verdaderamente hace que uno conozca y quiera a un personaje extremadamente complicado, torrencial, despótico en ocasiones, generoso hasta la inconsciencia en otras, superficial pero entrañable y, en fin, muy rusa. Una madre que delegaba en amistades las conversaciones complicadas con su hija (no se atrevió, por ejemplo, a decirle que su padre había muerto), que la hizo vivir con varias parejas de amigos hasta que se estabilizó en Nueva York, que parecía más interesada en fiestas que en sentimientos, pero que de alguna extraña manera, se hacía querer. Tal vez por su propia distancia con la vida o tal vez por esa ternura que albergaba, a menudo escondida, pero uno comprende perfectamente todos y cada uno de los sentimientos intensos y contradictorios que su hija pudiera albergar hacia ella. Creo que este breve texto que les copio, anecdótico si quieren, es suficientemente ilustrativo de la extraña personalidad de Tatiana:

Debían ser poco menos de las seis, porque mi madre llegó de Saks y abrió la puerta, mirándome, como otras veces cuando llegaba del trabajo, con esa mirada tímida e inquisitiva que significaba: «¿Pasa algo?». «¡Mama, tengo la regla!», exclamé. «Pero no sé qué hacer», añadí, «la mayoría de mis amigas usa compresas, algunas usan tampones, pero esa me da miedo, ¿tú… tú has… usado tampones alguna vez, debería probar yo…?». Mi madre me miró, inexpresiva, y dijo: «¡Ah, claro, yo ahí puedo meterme lo que sea, pelotas de tenis, lo que sea!». Y se quitó de en medio, mi pudorosa diosa rubia, con una mirada de puro terror.

Las mismas razones que le confieren a Tatiana un potencial literaria inagotable, debieron hacer la convivencia con ella extraordinariamente complicada, independientemente del tiempo que llevara en un lugar o del éxito que lograra, fue una eterna inadaptada, y no porque viviese décadas en Estados Unidos sin aprender más inglés que el puramente utilitario (y no por falta de capacidad sino porque no lo consideraba un idioma elegante y le agotaba escucharlo), sino porque en cualquier lugar fuera de Rusia, Tatiana no era extranjera sino extraterrestre.
Alexander Liberman, otro de los Ellos destacados, marido de Tatiana, es probablemente el personaje más antagónico que uno pueda imaginar a Tatiana, taimado, arribista, sereno (excepto cuando dejaba de serlo) y frío pero también encantador y entrañable. Un personaje tan digno de admiración como de compasión. Pero aquí de lo que se trata no es de la persona, sino del personaje, y tanto las contradicciones como los logros de Alex le convierten en un personaje de biografía tan literaria como la de Tatiana, aunque por razones bien diferentes. Y la combinación de ambos es extrañamente eficaz, y es algo que se puede aplicar tanto a la narración como a su vida en común.
Entre las muchas vidas que desfilan por Ellos no podemos olvidar la de la propia autora, resulta admirable la honestidad de la que hace gala en un texto por momentos emocionado, similar a un ajuste de cuentas en otro, desgarrado las más de las veces, traumatizado en otras como en lo que se refiere a su padre biológico. Francine du Plessix quiere contarlo todo y quiere contarlo bien porque no es sólo escritora, no es solo amiga, hija, nieta, sobrina, esposa o madre de quienes aparecen en sus páginas, sino que es, por decirlo con sus palabras: Ahora que todos se han marchado y yo soy la única guardiana de su memoria, el peso del recuerdo y de la información recae sobre mí, para que lo comparta o lo oculte. Qué doloroso y agridulce es estar finalmente sola, a cargo de todo.
La vida de los abuelos, especialmente la del tío Sasha Yacovleff (les aconsejo que le pregunten al señor Google por su obra si no la conocen), artista y aventurero, resultan apasionantes, pero permítanme que les deje con una de mis historias preferidas, la de la tía Sandra en la ópera de San Petersburgo. Quienes la vieron salir de la ópera después de la actuación se refirieron a su belleza, dijeron que estaba tan extraordinariamente hermosa que parecía una aparición que flotaba en una nube. Fíjense cómo lo cuenta la autora «Yo acababa de cantar Aida en San Petersburgo, fue después de una terrible tormenta de nieve», me contaba, «y me vestí deprisa para ir a una grand bal; y mientras esperaba mi coche, mi acompañante me hizo reir de tal manera que me hice pis encima, la nieve que tenía a mis pies se derritió y unas nubes de vapor se alzaron a mi alrededor». La tía Sandra, allí de pie con su vestido de gala, a orillas del congelado río Nevá, de repente envuelta como una profetisa en una columna de humo. Mágico. Tengo para mí que, aunque no sea más que una anécdota de interés muy accesorio en el libro, de alguna manera es una buena forma de resumir las sensaciones que me provoca, sus personajes simplemente vivieron, fueron ellos mismos en medio de unas circunstancias extraordinarias, y eso les confiere un potencial literario que hace que merezca la pena, y mucho, pasar estas más de setecientas páginas en su compañía. Una familia capaz de explorar territorios inexplorados, pintar obras de arte, vivir aventuras extraordinarias, inspirar a poetas, triunfar en el mundo editorial, vestir a las personalidades más influyentes de su tiempo (Tatiana lo hizo durante décadas con su mismo primer sueldo, no porque no lo gustara el dinero sino porque hablar de él no era elegante y le resultaba detestable hacer algo como pedir un aumento), en fin, una familia capaz de transformar la orina en una mística nube de humo, mágico vehículo de la belleza, sin duda merece ser leída.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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