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La Aguja, de Simon Spurrier y Jeff Stokely

la aguja

la agujaHace un tiempo leía bastante novela negra. Fue una época gloriosa en la que enlacé la novela negra americana con aquellas novelas de género procedentes de países nórdicos en las que se mostraban pueblecitos aparentemente apacibles en los que se cometían los crímenes más atroces. Luego llegarían los asiáticos, en especial los autores japoneses que, con su delicada contención, eran capaces de crear una mixtura entre lo poético y lo aterrador. Y después mi idilio con el género negro se fue extinguiendo poco a poco. Mi saturación era tal que, salvo en contadas ocasiones, veía semejanzas demasiado evidentes entre todas las historias. Los personajes protagonistas me parecían calcos descarados y los finales, probablemente debido a una capacidad deductiva suscitada a lo largo de innumerables lecturas, ya no me sorprendían. Pero entonces descubrí el género negro mezclado con ciencia ficción o fantasía. Un cóctel que añadía una nueva incógnita a la ecuación, mostrando sus propias reglas e introduciendo un elemento fantástico que llegado el momento conseguía sorprenderme. La Aguja es un cómic que encajaría a la perfección con la definición arriba descrita, sino fuera porque se queda corta para describir una obra de tal calibre.

La Aguja es como un termitero titánico en medio de un desierto radioactivo. Es una montaña de metal, cemento y cristal que se alza hacia los cielos hasta la planta cuarenta y uno. Es, además, una representación literal de la pirámide social. En las plantas más bajas vive hacinada la gente con pocos o nulos medios económicos, mientras en las plantas superiores se encuentran los políticos, los oligarcas y los poderosos con títulos nobiliarios que pasan de padres a hijos; como es el caso del barón que acaba de morir. A pocos días de que la nueva baronesa jure su cargo unos terribles asesinatos empiezan a sucederse. La encargada de resolver el caso será Shå: capitán de la Guardia de la Ciudad que vive en las plantas bajas y que además resulta ser una distorsionada. Shå no solo tendrá que desenmarañar un caso que se gestó treinta y tres años atrás, sino que también deberá enfrentarse a enemigos implacables, a una tregua con una tribu rival que parece abocada al fracaso y al racismo latente que se esconde en La Aguja.

Simon Spurrier nos presenta de esta forma una historia que aúna género negro y ciencia ficción pero que, al igual que el edificio puntiagudo que se alza en medio de un erial, presenta diferentes niveles de lectura. Y todos ellos están tan entretejidos que de forma imperceptible van calando en el lector. Sí, vamos a disfrutar con una historia de investigación. También vamos a disfrutar con los diferentes personajes: Shå es probablemente uno de los personajes de cómic más mordaz, canalla y gamberro, aunque de prístina honestidad y con un gran sentido por la justicia, que me haya echado a la cara en mucho tiempo. ¿Y Pag, la gárgola que vuela gracias a sus flatulencias? Un ser candoroso, valiente y repleto de ocurrencias. Claro, disfrutaremos con todo eso, pero también chocaremos de frente con la crítica social; esa que sin ambages analiza cómo tras la ilusoria fachada de sociedades perfectas se esconden las mayores desigualdades. Y, como si de un espejo en el que se refleja nuestro mundo se tratase, veremos claramente que el odio profesado a los distorsionados no difiere mucho del que en muchas ocasiones reciben refugiados que huyen de guerras cruzando el mar.

Con solo echar un vistazo raudo, con solo pasar unas pocas páginas del cómic, se percibe esa la línea suelta y suave, sobre todo en los rostros y en especial en las miradas. No cabe duda de que Jeff Stokely, el dibujante, ha sido influenciado por el manga y el anime; en especial por todo aquel arte que tiene que ver con Miyazaki pero, concretamente, y en referencia al estilo de la historia, con una obra en particular de Studio Ghibli: Nausicaä del Valle del Viento. Asimismo ocurre con Moebius, algo que se intuye en todos esos pasadizos y callejuelas atestados de cachivaches y personas pero que se muestra con más nitidez la primera vez que observamos a La Aguja, en toda su magnificencia, en la lejanía. Con todo, y a pesar de dichas influencias, el dibujo de Stokely evoluciona junto con la narración, mostrando en ocasiones una capacidad única para el detallismo (momentos que tienen que ver con tareas de investigación o de gran dramatismo) en contraposición con esas otras situaciones (normalmente repletas de acción) en las que importa más conjeturar que ver el todo. André May, añadiendo un color sublime, pone el broche final a un trabajo redondo.

La Aguja es un cómic publicado por Planeta Cómic que resulta una magnífica novela negra de ciencia ficción. A lo largo de toda la historia, y mediante flashbacks, se van mostrando las piezas del puzzle y las instrucciones para montarlo. A pesar de ello, no es hasta el final, y mediante un giro de guion tan impecable como inesperado, cuando se nos revela el fragmento clave que desentrañará todo el misterio.

La verdad, no recuerdo por qué empecé a leer cómics pero sí sé que si lo sigo haciendo es gracias a obras como La Aguja.

“Orgullosa se alza la aguja.”

Un comentario en “La Aguja, de Simon Spurrier y Jeff Stokely

  1. Parece un cómic muy interesante y el estilo del dibujante me recuerda mucho al genial Moebius. Lo que no me cuadra es el título (difícil de traducir desde luego), ya que el original se titula “The spire” y en español da pie a pensar que se trata de una aguja de coser y no de un “capitel” como debería ser, pero que es evidente que como título nadie lo entendería, tal vez tendrían que haber buscado otro que conectase más con el público. Por cierto que un capitel es un tejado terminado en punta como el de muchas iglesias.

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