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La catadora de Hitler, de V. S. Alexander

la catadora de Hitler

la catadora de HitlerCuando vi que se iba a publicar La catadora de Hitler, de V. S. Alexander, tuve un déjà vu. ¿Esa novela no se había salido en 2018? ¡Si ya me llamó la atención en su día, pero al final no la leí! Un compañero me sacó del error: esta novela no se publicó el año pasado, fue La catadora, de Rosella Postorino, que ganó el Premio Campiello y el Premio Rapallo, entre otros. Pero, vamos, seguro que yo no era la única que las confundía, pues ambas se inspiran en la vida de Margot Wölk, una de las catadoras del Führer. Así que, como La catadora de Postorino se me había escapado, me lancé a leer La catadora de Hitler de Alexander.

«¿Quién mató a Adolf Hitler?», esa la contundente frase con la que comienza esta novela, haciendo tambalear todo lo que creemos saber del fin del Führer. Y con ella, Magda Rittler (alter ego de Margot Wölk), ya anciana, inicia el relato sobre aquellos años de la Segunda Guerra Mundial en los que fue una de las catadoras de Hitler, quince mujeres que probaban la comida antes que él para que no muriera asesinado.

Quizá, a un nazi convencido le entusiasmaría arriesgar su vida a diario por su amado líder, pero ese no es el caso de la joven Magda Rittler. Desde el primer día ha cuestionado la participación de su país en la guerra y el régimen nazi en sí, y su discrepancia aumenta a medida que descubre las atrocidades que están cometiendo, pero que la mayoría del pueblo alemán desconoce. Hasta tal punto llega su rechazo hacia Hitler y todo lo que lo rodea que se une a la conspiración para acabar con él desde dentro de sus propias filas.

No cabe duda de que V. S. Alexander se ha documentado exhaustivamente. Nos lo hace ver a través de sus descripciones del día a día en el Berghof —el refugio alpino de Hitler, donde él y los suyos vivían en paz y prosperidad, lejos de la guerra que habían provocado—, la Guarida del Lobo —el cuartel general que el Führer tenía en Prusia Oriental—, el Bromberg-Ost —el campo de concentración para mujeres, recluidas por motivos políticos principalmente— o el búnker, y también a través de continuas referencias a episodios históricos e incluso integrando personajes reales en la trama, como es el caso del mismo Hitler y Eva Braun, de los que muestra peculiaridades de sus caracteres y hasta sus manías. Sin embargo, por muchos elementos de la vida real que aparecieran, no me abandonaba la sensación de que todo era un artificio: no me creía la historia. Y las excesivas explicaciones, subestimando en algunos momentos la comprensión del lector, no contribuyeron a mi suspensión de la incredulidad.

El autor, en las páginas finales, ya advierte que esto no es una clase de historia ni una biografía velada de Margot Wölk. Si bien es cierto que toma aspectos de su vida —su profesión de catadora, su historia de amor con uno de los oficiales, su estancia en un campo de concentración—, la mayoría de lo que se narra en La catadora de Hitler es invención. No: Margot Wölk nunca hablo con Hitler ni con Eva y mucho menos estuvo en el búnker, pero esas son las licencias literarias que se ha tomado V. S. Alexander para crear tensión narrativa y hablarnos de las penurias del pueblo alemán y de los hombres y mujeres que fueron obligados a trabajar para el gobierno nazi. Yo, la verdad, hubiera preferido menos tensión narrativa y más tensión emocional: meterme en la cabeza de Margot, imbuirme de su dilema moral; pero La catadora de Hitler no es esa clase de novelas. Los que solo busquen una lectura amena con trasfondo histórico para aprender algunas cosillas sobre aquel periodo, quizá sí queden plenamente satisfechos.

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