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La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy

la niña que amaba las cerillasSi usted me pidiera, sin ton ni son, que eligiera una novela (y sólo una) para recomendar a todo el mundo sin excepción antes de irme definitivamente a la mierda, yo siempre le hablaría de La niña que amaba las cerillas, del canadiense Gaetán Soucy; un libro que estos días pegajosos vuelvo a releer con avidez, asombro (infinito) y horror (intacto). Y que Faulkner me perdone, allá donde quiera que esté.

Si después usted me preguntara por qué elijo éste y no otro, yo le leería con fervor el primer párrafo, y luego quizá apostaría unas cañas sobre cuántas veces más lo leerá usted a lo largo del día, o incluso de la semana, o de los próximos meses. Sobre cuántas veces lo compartirá en sus redes sociales o en el grupo de whatsapp de su club de lectura. ¿Que no me cree? Hagamos la prueba entonces:

“Mi hermano y yo tuvimos que hacernos cargo del universo, pues una mañana, sin avisar, poco antes del alba, papá entregó su espíritu. Sus despojos crispados en un dolor del que sólo quedaba la corteza, sus decretos de súbito convertidos en polvo, todo eso yacía allí, en el cuarto desde el cuál papá todavía la víspera nos ordenaba todo. Mi hermano y yo necesitábamos órdenes para no borrarnos por trozos, era nuestro mortero. Sin papá nada sabíamos hacer. Apenas podíamos vacilar, existir, temer, sufrir”.

Después de esto que acaba usted de leer y que casi justifica una novela, yo le hablaría sobre todo del LENGUAJE (y permítame que me ponga así de baboso, que lo escriba con mayúsculas, como si estuviera chillando). Porque el lenguaje en literatura es esencial y determinante, es la materia de la que está hecha la literatura y blablablá pero, en este caso particular y único, no se trata solo de un estilo, de una forma de escribir (originalísima, desconcertante, terrible, arrebatadora y hasta divertida como ninguna, por otro lado), sino que se trata de algo mucho más importante, de algo que, en mi opinión,  justifica por sí mismo la propia Literatura, al acto de escribir y de leer lo que otra persona ha escrito, pues se trata de asistir a la creación de todo un universo nuevo “desde el lenguaje” (no desde la historia), “a través del lenguaje” y “utilizando sólo el lenguaje”. Se trata de mirar desde fuera a un lugar desconocido, donde no estamos ni usted ni yo, ni está nadie en realidad salvo esos dos pobres críos, esa niña que escribe y que cuenta nuestro mundo desde su particularísimo, imposible y deslumbrante diario (que tampoco es tal).

Porque, imagínese por un momento: usted es ella, ¿ok?, la niña (la secretaria, como se hace llamar, modificando o añadiendo de esta forma un nuevo sentido a esa palabra, a tantas y tantas palabras a lo largo de la novela) y ha vivido toda su vida sin salir de casa, subyugada junto a su hermano a la visión de un mundo acotado, definido por un padre diabólico y aterrador. Entonces, cuando éste muere de repente (que se suicida, vamos), usted y su hermanito toman la decisión de que uno de los dos debe salir al mundo (al suyo y al mío, no al de ellos) a buscar y comprar un ataúd para enterrar a su padre. Si, además, usted escribe en un diario su percepción de lo de fuera, la percepción que los de fuera parecen tener de lo de dentro, sus pensamientos y todo lo que ve y siente sobre lo que está pasando y sobre lo que ha conocido en todos estos años, lo que sale de ahí es una maravillosa e inolvidable (y horripilante y durísima y divertida y cómica y subyugante y sorprendente y misteriosa y oscura y luminosa y transformadora) novela.

Además, debo (necesito) añadir (le juro que nada me gustaría más ahora mismo que hacer un enorme spoiler de esto que debo y quiero añadir, porque estoy seguro que, aun así, usted correría de igual forma a buscar el libro, pero, no obstante, me morderé la lengua hasta sangrar por los ojos), quiero añadir, le decía, que el título del libro, la metáfora que esconde, los misterios que se van descubriendo y la horrible historia que se cuenta, todo lo que le acabo de explicar tiene su explicación (o una parte) al final de la novela. Ahí tiene usted un tesoro escondido (y nunca mejor dicho) −¡ups!− un secreto que hará que usted y yo nos queramos (casi) para siempre, y a Soucy y a La niña que amaba las cerillas, mucho más.

Por tanto, hágame caso, aunque sea una única vez: busque este libro y léalo sí o sí antes de palmarla, porque entonces habrá experimentado algo único. Habrá tenido en sus manos una creación irrepetible, se lo digo muy en serio. El libro lo publicó AKAL en España hace unos quince o veinte años (ojo, le aviso: suele ser difícil de encontrar) y también quisiera añadir aquí que, a pesar de haber leído algunas críticas a la misma, a mí la portada del libro me gusta mucho (y me consta, incluso, que hay diseños posteriores quizá menos “tenebrosos”).

Luego, cuando ya lo tenga en su poder, busque un lugar tranquilo donde disfrutarlo como se merece, puesto que no es un libro para leer en el metro, o en un simposio sobre las emociones del feto (que suele ser, por otro lado, un tema muy interesante). Y no intente entenderlo todo, porque eso no será posible. Además, ¿quién coño es capaz de tal cosa?

Sobre todo, disfrute al máximo de la novela (horrores y sorpresas, incluidos). Empápese bien de ella y de uno de los grandes sentidos que tiene esto de leer libros: conmoverse (con una formidable historia), deleitarse (con un estilo único y particular, a través de un lenguaje verdaderamente transformador), viajar (a otro sitio, que no tiene por qué ser otro lugar) y, a ser posible, cambiar.

Volveremos a leernos pronto, pero por si acaso ha decidido abandonarme temporalmente aquí, en la árida y ardiente Castilla, si ha sucumbido a esta humilde (y sincera) reseña, entonces, no olvide ponerse un poco de protección o procurarse una buena sombra. Porque este libro es único y aunque no es precisamente el sol cenital del trópico, este libro quema, y quema mucho. Arda usted, pues

¡Feliz verano!

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